30 de agosto de 2010

¿De dónde dicen que viene?

por Martín Mora
de su libro El parpadear de ícaro. Fondo Editorial Tierra Adentro. México: 1997. Pág. 43-45.


Resulta curiosa la manera en que somos capaces de construir explicaciones acerca de lo que se nos ocurre. Doblemente simpática es la manera en que buscamos refutarlas cuando nos desagradan. Voy al grano. En pasados días, caminando por calles del centro tapatío, un amigo y yo advertíamos por enésima vez el penetrante tufo a drenaje que ya caracteriza a esa zona de Guadalajara. Decíamos que, aunque parecía un hecho ofensivo el comentarlo públicamente, resultaba muy molesto para los peatones porque no habían logrado insensibilizarse al olor como sí lo habían hecho ya los residentes del rumbo. Surgieron las hipótesis sobre el origen de la pestilencia: que se debía al entubamiento del río San Juan de Dios, que el insuficiente calibre de los caños no permitía la corriente ni la ventilación, que la circulación de desperdicios orgánicos de todo tipo provocaba azolvamientos, que el calor y la fermentación producían gas metano y que éste podría resultar explosivo, que los drenajes eran (lo descubrió en Vuelta Fernando del Paso) gasoductos, que las migalas, etcétera.

Una semana más tarde, luego de una cafetera iluminación, propondría una explicación sospechosamente encuadrable dentro del espectro de la inteligencia y la torpeza ejidales: el olor a podrido es como una metáfora sobre la identidad tapatía. Explico. El nombre de la ciudad se asienta en una palabra árabe, que, según un arquitecto amigo mío, quiere decir algo así como río que corre entre excrementos o río repleto de heces. Es decir, un apelativo bastante alejado de la pudorosa traducción oficial que habla del río que corre entre las piedras.

En efecto, la denominación española que emulaba a la ciudad de España, cuna del conquistador, marcó sensiblemente el ánimo y la identidad que se han forjado bajo tal accidente heráldico. La personalidad de la ciudad, descrita parcial y deshilvanadamente como corresponde a las conjeturas, se ubica dentro de la copropraxia, de la analidad que tanto les place escudriñar a ciertos psicoanalistas: 1) existe una tendencia a la manipulación monetaria: la ciudad se identifica como polo comercial y de servicios; 2) lo mismo se derrocha que se ahorra: la gente se va de lengua y de dinero al tiempo que esconde los sentimientos tras la apariencia del respeto: “ciudad amable”; 3) se oscila en lo moral entre la rigidez y el cinismo: la moral pública y la práctica privada pocas veces coinciden; 4) la prosperidad está asociada a lo escatológico: visitadísimos negocios de comida instalados entre aguas negras y en mercados malolientes, el eterno problema de qué hacer con la basura, el dinero que corre entre las aguas que pueden lavarlo; 5) el rumor sirve como comunicación soterrada: la gente conjetura sobre cualquier tema con la misma entusiasmada sospecha paranoide del politólogo Carlos Ramírez; 6) aparece una forma de identidad bipolar en donde los extremos se tocan: la recia y viril imagen del charro junto a la ganada fama homosexual abierta y de clóset; etcétera. En suma, una cercanísima relación entre las heces, la moral, el agua estancada, la vida doble, el festejo escatológico, la indolencia, la buena fe, la potencia económica y, lo más grave, cierta miseria de los afectos. Sin embargo, esta corta explicación no busca ser retrato fiel ni premisa. Es una simple argumentación que recibirá, es probable, una refutación igualmente personal y tirada de los cabellos.


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Gracias al doctor Mora, a.k.a. Plektopoi, por dejarnos piratear sus letras.

13 de agosto de 2010

Presentación en sociedad

Porque nadie lo pidió, pero por fin nos dieron chance:


Presentación en sociedad de este su blog
DIÁLOGOS ACÁ: Apuntes para una psicología pop
por el Departamento de Asuntos Sin Importancia

en la Semana Cultural de la Facultad de Psicología,
Universidad Autónoma de Querétaro

MIÉRCOLES 18 DE AGOSTO DE 2010. 12:30 hrs.
Aula HUGO GUTIÉRREZ VEGA

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Gracias a Monx por hacernos este huequito en la agenda de la semana cultural.

10 de julio de 2010

Recetas de la cocina de la torre de marfil

por Pablo Fernández Christlieb


En conclusión, el mundo no se arregla con recetas de cocina. Y eso es lo único que ha salido últimamente de las torres de marfil de las universidades, en donde se ha logrado aislar limpiamente a la práctica de la teoría y a los asuntos de la materia de los asuntos del espíritu. En efecto, en las universidades están puestas en departamentos separados, por una parte, las ciencias naturales, y por la otra, las que se pueden llamar algo así como ciencias críticas; las ciencias naturales serían aquel modo de conocimiento que descansa en las técnicas, es decir, todo aquello que tiene que ver con hacer algo, mientras que las ciencias críticas serían siempre unas filosofías, es decir, todo aquello que se refiere al acto de pensar.

Descargar texto completo en PDF

Esta misma conferencia dictada en ITESO, en febrero de 2011.



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Gracias  a Jahir por enviarnos el texto íntegro.

Foto de Lirba Cano.

18 de junio de 2010

La forma de los miércoles, un viernes

Hoy nos visitó Pablo Fernández Christlieb en Barcelona. Además del buen rato que pasamos con él esta mañana, y de su amable colaboración con un par de proyectos que requieren de su voz y sus ideas, nos dejó su último libro:



LA FORMA DE LOS MIÉRCOLES. Cómo disfrutar lo que pasa inadvertido.
México: Editoras Los Miércoles, 2009.

Se trata de una recopilación de ensayitos publicados a lo largo de diez años en la sección de cultura del periódico El Financiero. Aquí la presentación:

Cincuenta ensayos para los miércoles
por Pablo Fernández Christlieb (p. 11-14)

Uno no se la pasa maldiciendo los lunes y esperando el viernes, o sea que entonces hoy es más o menos miércoles, común y corriente, como de costumbre. Siempre que se dice que era un día cualquiera, era miércoles, porque ese día no pasa nada. Ninguna revolución ha comenzado en miércoles, nadie se enamora en miércoles; tampoco las pesadillas se sueñan ese día. Lo único que comienza en miércoles es la cuaresma. No es día para estrenar ropa. Los cines y los supermercados se ponen al dos por uno a ver si pega, ya que, como dicen, es un día flojo, donde todo el mundo nada más va a sus asuntos y se regresa, y así, la gente que anda por las calles es bastante normalita, como si los famosos y los exquisitos no existieran los miércoles. Es un día de paso. Las gallinas ponen, pero huevos bofos, de ésos que sólo sirven para hacerse tibios.


Es un día de en medio, como de transbordo, en el que nadie se esmera; nadie finge ni posa ni tiene ínfulas, ni tampoco se azota ni desbarra ni le da por confesiones vergonzosas en miércoles: todo eso se deja para días más cruciales, más espectaculares. Y en efecto, nadie que quiera parecer interesante va a decir que su día preferido es el miércoles: elegirán, por ejemplo, el sábado, que es cuando se supone que pasan las cosas aventuradas de la vida, porque preferir los miércoles equivale a preferir el mediodía a la medianoche, lo de siempre a lo de actualidad, la ropa de diario y de calle a la de salir y de domingo, que ahora se usa en viernes. Las canciones de radio a las de culto. Las pláticas de pasillo a las conferencias de Carlos Fuentes. La trastienda en vez de la marquesina, la puerta de servicio en vez de la principal. Cazares con Miguelitos en vez de canapés con anchoas; encontrar asiento en el metro que boleto en Bellas Artes; las comidas corridas en lugar del buffet turístico. No irle al América sino a un equipo de media tabla. No ser el niño del cumpleaños sino sólo el amiguito. Los miércoles no son el momento de las grandes causas ni de las luminarias, no es el día de los emprendedores ni de las catástrofes. La emoción más grande que puede caber en un miércoles es saber que uno va a estrenar jabón a la hora de bañarse.

Es el tiempo de las cosas sin chiste. Pero lo único que sobrevive en este mundo es lo que pasa inadvertido, y, ciertamente, los gestos y los actos y las obras a los que nadie hace caso mientras los hace son con lo que se van haciendo desapercibidamente los miércoles: vestirse más o menos como ayer, ordenar el portafolios de cierto modo, mirar que ese edificio está bonito, utilizar el tiempo de la cola del banco para pensar en algún conocido lejano que es buena persona o leer detenidamente una sección del periódico que quién sabe por qué le gusta a uno. Es a través de los miércoles como uno se va construyendo, no su curriculum vitae ni su autobiografía, sino sus costumbres, ésas que nunca lo abandonarán, porque son esas "ningunidades" las que se van instalando como estilo de vida, como forma de ser, hasta llegar el momento en que uno está hecho del material de los miércoles, eso que no se presume pero que sí da cobijo y protección, y no podría decir que incluso le gusta porque eso ya es mucho meditar para un día cualquiera.


Lo que no sobresale es lo que se arraiga, como la receta de la sopa de fideos o la habilidad para amarrarse las agujetas, y, así, lo que sucede los miércoles es lo que va depositándose mota a mota a lo largo del tiempo, como si fuera el polvo de la historia que se va acumulando hasta que, contra todos los pronósticos, se convierte en la parte más firme de la vida, porque los miércoles se hacen con las cosas que llevan siglos haciéndose, y, por lo tanto, ahí está lo más duradero de la sociedad a la que pertenecemos, esa forma de ser que siempre hemos sido, y es que las costumbres, las actitudes, las mentalidades están hechas de las cosas que se hacen los miércoles. Por eso el alma de los miércoles luego va y se aparece cualquier día.

Y cuando uno se cansa de los demás días, siempre un poco ficticios, quedan los miércoles. Donde no pasa nada es donde se queda todo. Lo que menos cambia es lo que mejor defendemos. Mientras que el gran secreto que se busca en los momentos estelares, como los jueves de barra libre hasta la madrugada y otras epopeyas, consiste en que al final no había ningún secreto, y uno termina por desencantarse de ellos, en los miércoles, en cambio, en donde parece que no hay ningún misterio, puede descubrirse que ahí está guardado el dato curioso de lo que ultimadamente somos. Y resulta que tenemos pensamientos de miércoles, sentimientos de miércoles.


Y libros de miércoles. Un miércoles no es tanto un día como una forma de ser que está instalada en nuestra sociedad y en nosotros, que por lo común no se nota porque uno cree que las sensaciones e ideas propias de los miércoles son nada más como pequeños deslices, errores chiquititos que comete la mente cuando se distrae sin querer pero que ni caso que hacerles.

[...] La forma de los miércoles es el título que se le pone a lo que podría llamarse mentalidad de diario y de siempre, porque "diario" siempre cae en miércoles.

Y sí, en última instancia los miércoles tienen la forma de la vida, que ni se toma en cuenta ni se sabe cómo pasa, pero que cierto día uno advertirá que ahí estaba lo que valía la pena, pero ya para entonces será domingo después de la comida.

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Muchas gracias a Pablo por los libros, los que nos dejó hoy, los que nos ha dado antes. Por dedicarnos tantas horas de este viernes. Por su gentileza.

Fotos de Lirba Cano.

8 de mayo de 2010

El peligro de una sola historia



La novelista Chimamanda Adichie habla sobre los riesgos de la Historia única que se cuenta repetidamente acerca de los países, las "culturas", que culminan en estereotipos que limitan nuestra comprensión tanto de los pueblos como de los individuos, e invita a escuchar y reconocer distintas historias. ¿Qué es a fin de cuentas la "identidad"?

30 de abril de 2010

Masculino/Femenino - Producción/Seducción

por JESÚS IBÁÑEZ (1928-1992)
de su libro Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid: Siglo XXI, 1994. Págs. 64-66.


Si en el inconsciente no hay hombres ni mujeres, habrá que buscarlos en el imaginario social. Veremos cómo, lo masculino produce lo femenino, lo femenino seduce lo masculino.

La razón masculina tiene forma de razón (a/b). Esto es: de relación entre una mayoría dominante (numerador) y una minoría oprimida (denominador). Es una razón que no admite diferencias, sino ordenadas. Separa a los objetos (las mujeres) de los sujetos (los hombres), y pone a los hombres encima de las mujeres. Separa, entre los objetos, a las mujeres consumibles de las negociables (castas, cuya penetración sería un incesto), y pone a las negociables encima de las consumibles. Separa, entre los sujetos, los humanos (que deben cumplir la ley) de los divinos (que, para acceder a la divinidad, deben transgredirla) y pone a los divinos encima de los humanos.

Es una razón negativa, que organiza prohibiendo.

Lo que está prohibido --en el intercambio de sujetos-- es: la relación reflexiva (masturbación), la relación simétrica (amistad), las relaciones transitivas inmediatas por semejanza (homosexualidad) o por contigüidad (incesto). Lo mismo ocurre en los sistemas de intercambio de objetos o de mensajes. La función secundaria de las prohibiciones es positiva: así se ensancha el círculo social. Pero la función primaria es negativa: exterminar todo lo que no se deja intercambiar --lo que no circula--, lo sólido, lo que no se deja reducir a valor de uso o a valor de cambio (económico, semántico o libidinal). Lo que no sirve a nadie ni para nada. Lo impresentable: que, por eso, tiene que ser representado.

La dominación de las mujeres por los hombres es la matriz de todas las dominaciones: la primera y la más intensa. La mujer es el primer objeto producido. Y la producción es una actividad masculina.


Las mujeres --biológicas-- han sido feminizadas --socialmente--: transformadas en sexo dominado. Convertidas --anulando su subjetividad-- en reposo del guerrero. A través de los tiempos, la razón masculina (a/b) ha producido distintas aplicaciones: activo/pasivo, en Grecia; divino/demoníaco, en la Edad Media; razonable/irrazonable, en la Edad Moderna. Encarnan la razón las clases dominantes: varones, blancos, propietarios, heterosexuales, adultos, cuerdos, sanos, urbanos... Encarnan la sinrazón las clases dominadas: mujeres, personas de color, proletarios, homosexuales, niños, locos, enfermos, rurales... Como antes lo encarnaban, lo activo y lo pasivo, lo divino y lo demoníaco. Las ciencias sociales, las sociologías y las psicologías, son dispositivos de aplicación de esta razón falocrática. Siempre se trata de reducir lo irrazonable, lo que no se somete a la razón, el resto de la división a/b. Lo que no deja reducir a valor, lo que no vale.

Llamamos con el mismo nombre (hombre) al conjungo (especie) y al sexo masculino. La relación hombre/mujer encarna la razón a/b. Sólo los hombres son válidos: las mujeres, los homosexuales y los niños son inválidos o minusválidos (por eso son llamados con otro nombre). Son los restos de la división. Las mujeres son arrojadas al denominador: designadas como sexo sometido. Los homosexuales son expulsados de la realidad: son resto no reconocido. Los niños son recluidos en el limbo infántico --sin habla--, en espera del cielo apofántico: sometidos a un compás de espera (que, para las niñas, será eterno).

Las mujeres que no son sometidas constituyen restos de la división (como lo que no se deja someter en cada mujer: el inconsciente). La prostituta tiene valor de uso, pero no tiene valor de cambio (tiene valor de cambio económico y libidinal, pero no tiene valor de cambio semántico). La bruja está fuera de la esfera del valor: es el resto absoluto.

La rebelión masculina es luciferina. Lucifer dijo: no serviré (a nadie, para nada). Es un desafío frontal al poder: le costó el infierno. Muchas feministas sigue la vía de Lucifer: arriesgan el mismo destino.

Hay un feminismo converso: el de las mujeres que quieren ser iguales a los hombres --como las del PSOE-- (acceder al numerador de la razón). Hay un feminismo perverso: el de las mujeres que quieren dar la vuelta a la tortilla --como las reivindicativas del MC-- (invertir el numerador y denominador). Hay un feminismo subversivo: el de las mujeres que quieren abolir la dominación --como las anarquistas-- (borrar la barra que separa el numerador del denominador). Hay un feminismo reversivo: el de las mujeres que hacen girar esa barra hasta hacerla estallar.

(Los mismos tipos se encuentran entre los homosexuales: vergozante, marica, revolucionario o travestido).


Sólo el feminismo reversivo es seductor. Los otros son --en mayor o menor medida-- productivos. Intentan revalorizar a las mujeres. La estrategia de la producción es el deseo, la estrategia de la seducción es el desafío: desafiar a los machos a ser más machos.

Como ya vio Anaximandro, todo lo producido ha de ser destruido: todo lo que aparece debe desaparecer (dispersarse en las apariencias). La producción es acumulativa e irreversible, se inscribe en una economía restringida: avanza por la flecha histórica del tiempo, continúa --evolutivamente-- o discontinuamente --revolucionariamente--. La figura de su avance es la espiral dialéctica. La seducción no es acumulativa y reversible, se inscribe en una economía generalizada: es una perpetua oscilación del caos al orden. Su figura es el círculo vicioso. Es un desafío a la flecha histórica del tiempo hasta hacerla alcanzar el límite. La rebelión productiva es un enfrentamiento con el poder masculino. La rebelión seductora es un sobresometimiento al poder. Las rebeliones frontales refuerzan el poder: la conversa (que suplica al poder que sea menos poder) lo reforma, la perversa (que intenta que el poder sea otro poder) lo invierte, la subversiva (que exige al poder que no sea poder) lo revoluciona. La reversiva (que desafía al poder a que sea más poder) pone al poder en una tesitura imposible: pues le obliga a exacerbarse hasta extinguir la relación por exterminio de los términos. Ningún poder falocrático resiste a Cicciolina. Ningún poder político resiste al terrorismo. Son cánceres, pues aplican el paso de la metáfora a la metástasis.

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Fotos 1 y 3: Chac; 2: Lirba Cano.

23 de abril de 2010

La gorra en México: psicología social y lucha de clases

por Marco Antonio González
de su libro Voyeurismo psicosocial a la mexicana (en prensa)


Dedicado a Don Nacho Trelles.




I.- El mexicano actual y la gorra.

Sin duda el título de este artículo le pudiera parecer al desprevenido lector, absurdo o sin sentido pero, a decir verdad, el reflexionar en torno al uso generalizado de la gorra entre nuestros compatriotas pudiera llevarnos a encontrar graves síntomas de pérdida de identidad nacional y, aunque usted no lo crea, la reproducción simbólica de las clases sociales en el sentido que le daba Althusser.

La gorra es desde hace más o menos una década, un atuendo ampliamente difundido entre los mexicanos. El uso incontrolado de esta indumentaria, pasa desapercibido para la mayoría de la personas quienes no reflexionan en el absurdo, y mucho menos en el peligro, que este beisbolero atuendo representa.

II.- Diversos uso de la gorra.

La gorra que se usa en México sigue el prototipo de las que utilizan los peloteros de grandes ligas en los Estados Unidos. Su uso original está destinado a la práctica de un deporte que se juega en verano y su objetivo es evitar, con ayuda de la visera, que los traicioneros rayos del sol faciliten la proliferación de hits y errores en el terreno de juego.

Mi pregunta es ¿qué tiene que ver el espíritu original de la gorra, con el uso que se le da ahora?.

Ustedes, aunque no reparen en ello, han sido testigos de personas que entran al cine o que manejan sus camiones o vehículos con la gorra puesta. Es más, hay jóvenes que asisten o practican algún deporte y usan el atuendo referido ¡pero con la visera hacia atrás!, asemejando su función al que las madres, de hace treinta años, le daban a sus medias de nailon para dominar los “pelos necios” de sus vástagos mientras dormían.

Meditando un poco sobre los porqués de su uso, podemos concluir que por lo menos existen tres fuertes razones: una, la más obvia, para ocultar la falta de aseo del cuero cabelludo, encontrando una salida fodonga que evite el recomendable peinado; la segunda es para hacerse pasar por una persona moderna y globalizada y la tercera y última es para marcar claras diferencias entre las clases sociales.

III.- Implicaciones psicosociales del uso de la gorra.

Abordando las tres razones ocultas señaladas en el párrafo anterior, en las que por supuesto hemos obviado su uso legítimo para ayudar a atajar todo tipo de batazos en el terreno de juego, podemos encontrar lo siguiente:

a) El uso de la gorra es una manifestación de fuerte depresión e inseguridad. Desde una perspectiva psicoanalítica es un hecho conocido que el descuidar la propia imagen personal (como usar el mismo pantalón por semanas, dejarse crecer la barba y dormir con la gorra puesta como si fuera una extensión de la cabeza) es el preámbulo depresivo de la esquizofrenia.

b) El uso de la gorra es el resultado de un proceso inconsciente de transculturización. Es un hecho incontestable que si alguien le pide a usted que imagine a un "gringo", se lo representará güero, pecoso, mascando chicle y con gorra. La penetración de esta imagen y su transnacionalización está teniendo éxito en nuestro país. No resulta nada simpático, sino más bien triste, ver a cualquier nacional con una gorrita que dice: USA o Steelers, ya que hay una negación entre la cara del portador de ese tocado y el mensaje que se transmite a la altura de la frente. ¡Más respeto a nuestras raíces, por favor!.

Tal como los charros mexicanos modificaron y mejoraron el tradicional sombrero zaragozano, así se requiere que la insulsa y por demás antiestética gorra sea modificada para dar paso a un auténtico atuendo nacionalista. Se me ocurre que, ya que no se puede prohibir autoritariamente su uso, se comiencen a desarrollar prototipos autóctonos de la gorra: quizá con plumas alrededor cual penacho de Moctezuma o con alas tipo sombrero de charro.

c) La gorra como elemento de la lucha de clases. Cuando comenzó a generalizarse su uso, la gorra de producción nacional seguía un modelo un tanto grotesco: la parte de atrás estaba hecha de una incómoda red de plástico, mientras que el frente era amplio y cuadrado con mensajes de algún taller mecánico. Los agujeritos de atrás no embonaban con los broches llenos de rebabas. Estas gorras se siguen usando actualmente entre los trabajadores y jóvenes de las clases populares. Las gorras de tela tipo COMEX son modelos mejorados que se utilizan en ese estrato social.

Los clasemedieros por lo regular utilizan modelos menos feos, quizá comprados en algún tianguis o en la Plaza Meave, y que contienen el escudo de su equipo favorito de futbol soccer o de americano. Regularmente lo utilizan los fines de semana para ir a desayunar y procuran que haga juego con sus pans-pijama con el que se acostaron el día anterior.

Los que tienen dinero no usan cualquier gorra. La utilizan de piel o de algún material llamativo. Son gorras con medidas específicas y con mecanismos de ajuste que pueden llevar un zipper o alguna correa de piel. Seguramente la compraron en otro país, en su visita al MOMA en Nueva York o en el Museo del Prado en Madrid. La utilizan para ir al gimnasio o para asistir a algún partido de la Copa Davis.

La gorra es, pues, un elemento para identificar la clase social de la que uno procede: Sin embargo, independientemente de la persona que la porte, ya sea Adal Ramones o cualquier otro sujeto con menor salario, las consideraciones hechas anteriormente son aplicables: ambos personajes son víctimas de la transculturación y del sinsentido de usar la gorra cuando no se requiere, ya sea dentro de un set de televisión o dentro de un sala cinematográfica.

IV.- El gorronismo mexicano

Quizá la masificación en la utilización de la gorra se derive de la premisa cultural “A la gorra ni quien le corra” en el sentido que le da al término el fallecido psicólogo social Rogelio Díaz Guerrero: es decir hay refranes, dichos y dicharachos que explican la forma de ser del mexicano.

Nuestros compatriotas se sienten identificados con la frase y actúan en consecuencia. No hay mexicano que no sea gorrón o que no considere a los gorrones cuando está preparando algún festejo social. “Son cincuenta invitados más veinte gorrones, en total 70, los que vendrán a la fiesta de Panchito” escuché decir la semana pasada a mi tía Elsa quien preparaba la primera comunión de mi primito.

Son muchas las versiones sobre el origen de la palabra gorrón: una apela a la imagen del mendigo que pone en el suelo la gorra para limosnear, otra sostiene que la palabra se generó en los soldados españoles de principios del siglo pasado que utilizaban gorras y que se sentían con el derecho a comer en cualquier taberna sin pagar, y una última versión sostiene que el término se popularizó cuando un invitado a una fiesta en México fue cuestionado del porqué trajo a su compadre y contestó: “este viene como mi gorra, no va a comer”.

La confusión recae en que ser gorrón no necesariamente implica usar gorra. Según sabias fuentes consultadas la palabra correcta es gorrión y no gorrón (no sé qué hubiese dicho al respecto don Arrigo Cohen). Los gorriones operan de la siguiente forma: no piden permiso para entrar en algún lugar para alimentarse, comen hasta saciarse y ya con la panza llena, inmediatamente se van.

Quizá apelando a esta versión lingüística, sin dejar a un lado las implicaciones psicosociales y políticas presentadas, se podría lograr que los mexicanos dejaran de identificarse como gorrones, se aceptaran como gorriones y rechacen usar tan absurdo, antiestético, ideologizador y fachoso atuendo.


Don Nacho, pionero en el uso de la gorra que caracteriza al proletariado identificado con el Cruz Azul.

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Agradecemos al profesor Marco por rolar su texto por este blog.


16 de abril de 2010

La función de la psicología política

por Pablo Fernández Christlieb
publicado en Boletín de la AVEPSO. 1986. Volumen IX. Número 1.

I

Cualquier acontecimiento de la realidad, sea objetivo o subjetivo, conductual, cognoscitivo, intelectual o vivencial, pasa a formar parte de la experiencia social sólo cuando es capaz de encarnar en una palabra, gesto, marca, objeto, etc., mediante el cual se preserva y generaliza, esto, es cuando se estabiliza en un símbolo y, por lo tanto, forma parte de la comunicación de una colectividad.

Por acontecimiento se entiende: todo objeto de experiencia posible.

Los acontecimientos que por sus propiedades inherentes, así como por las propiedades de los símbolos en uso, son susceptibles de comunicación, se pueden considerar –atendiendo a su potencial- como comunicables.

Concretamente, el sentido común, los contenidos de la conciencia cotidiana, representan el acumulado de acontecimientos que son perfectamente comunicables, es decir perfectamente expresables, comprensibles, interpretables, reconstruibles.

En principio, por lógica, se puede hablar, asimismo, de una serie de acontecimientos que son, por el contrario, incomunicables: son todos aquellos para los cuales no hay símbolos que lo identifiquen, o incluso símbolos que los recreen, o más aún, símbolos que los provoquen. En general, son incomunicables todos los acontecimientos que no caben dentro del sentido común, por “extraños, ilógicos, irrealistas” o cualquier otro esoterismo.


II

En todo caso, y a todos los niveles, el desarrollo de las relaciones humanas, desde la aparición del lenguaje y la conciencia, pasando por los sistemas normativos diversos, hasta las grandes creaciones de la ilustración como, por ejemplo, la universalidad, la libertad o la individualidad, son actos simbólicos, frutos de la comunicación, que en sí mismo se hicieron comunicables.

El axioma que se desprende es: lo que es comunicable enriquece a la sociedad, la desarrolla. Por lo opuesto, puede argumentarse que la preservación del poder y sus derivaciones, por ejemplo el consenso conformista, se basan en la ocultación (v. gr. Canetti, 1961; Textos Situacionistas, 1963), o sea, en el manejo de lo incomunicable...


Descargar texto completo en PDF

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Gracias a Jahir por transcribir y compartir este texto.

1 de abril de 2010

Guerra contra el narco: hara kiri a la mexicana

por Horacio Espinosa

Cerca del final de la segunda guerra mundial, ocurrió un hecho extraordinario: en el desembarco de las tropas estadounidenses en el archipiélago de Okinawa muchos de los ciudadanos japoneses, prefirieron suicidarse antes que ser capturados por las tropas invasoras. Esto ocurrió de muchas maneras, algunos se hicieron detonar junto con su familia con granadas, los padres dispararon a sus familias antes de darse muerte, otros miles se arrojaron por alguno de los acantilados isleños, otros se hicieron el tradicional hara-kiri, entre muchos más escabrosos métodos que sirvieron para manchar con sangre las aguas de los mares de la China Oriental que rodean estos terruños.

Los soldados estadounidenses cuando presenciaron este espectáculo del horror -entre cien mil y doscientos mil nipones murieron en esta batalla- no daban crédito a lo que constataban sus ojos. Durante mucho tiempo esto fue considerado un acto de heroísmo por parte de la población de las islas. La verdad distaba mucho de eso. El genial escritor Kenzaburo Oé relata en “Notas de Okinawa” cómo las tropas japonesas habían adiestrado a la población para darse muerte antes que caer en manos de “los demonios de ojos azules”; para lograr eso había todo un plan para que los padres y abuelos fueran matando a todos los miembros de la familia, se entregaron granadas para ser usadas en cuanto fueran avistadas las tropas enemigas. Todo antes que ser deshonrados por manos extranjeras.

Lo jodido de todo aquello, es que la gente de Okinawa no era considerada “japonesa” y hasta la fecha siguen siendo discriminados por “parecerse a los chinos” al ser de “tez oscura”. Lo jodidamente absurdo de todo aquello es que Okinawa se volvió un sitio ocupado por bases estadounidenses en el 30% de su territorio y todo con la complacencia de Tokio. Así, la tragedia de Okinawa se transformó en teatro del absurdo: tantos muertos por un “ideal de honor” que nunca existió, tantos muertos “por la patria” para terminar pactando con el enemigo, tantos muertos que sirvieron tan sólo para oscuros intereses, tantos muertos que tan solo sirvieron para morirse. Algo así esta empezando a ocurrir en México respecto al narcotráfico.


Una de las prioridades del presidente electo Felipe Calderón ha sido la de recrudecer la llamada “Guerra contra las drogas”: el saldo desde que asumió la presidencia en el 2006 hasta julio de 2009, es de más de cuatro mil muertes (1), y recientemente se abrió un nuevo y tétrico escenario en el país a raíz de los primeros atentados en la historia del país que tuvieron como objetivo blancos civiles. Estos atentados aparentemente planificados por narcotraficantes, aunque en circunstancias bastante extrañas, han dejado más de una decena de muertos y alrededor de cien heridos. La denominada “opinión pública” se encuentra desconcertada. Lo más extraño es que casi ningún sector de esta “opinión pública” cuestione la “guerra contra las drogas” del señor Calderón y tan sólo se centren en descargar su enojo en contra de los narcotraficantes (2).

Por otra parte, diversas autoridades de diferentes signos políticos, han mencionado en distintas ocasiones que, a pesar de los muertos, no va a haber “un paso atrás” en el combate contra narcotráfico; en pocas palabras: mantener la guerra es más importante que detener la muerte de gente inocente. Esto es intolerable y lo es todavía más si le agregamos que, por un lado, esta “guerra” está perdida de antemano y por otro, esta “guerra” no es “nuestra guerra”.

Vayamos paso por paso, ¿por qué esta “guerra” está perdida de antemano? Simplemente porque no está dirigida en contra de las causas que originan el conflicto. El narcotráfico, recordémoslo, se vuelve un problema público debido al recrudecimiento de la prohibición en los Estados Unidos, del consumo de estupefacientes por parte de las políticas conservadoras del presidente Nixon durante los años setenta. Es decir, la causante del negocio ilegal de drogas es su prohibición: aquí se encuentra el origen de la consecuente persecución policíaca de narcotraficantes, el combate entre cárteles de la droga para asegurarse el negocio, la corrupción de autoridades, y lo más nefasto, la muerte de inocentes. Esto que es tan obvio se encuentra terriblemente obviado por la mayoría. En mi opinión, sin una reconsideración del narcotráfico como un efecto de la prohibición de las drogas, es imposible conseguir una afortunada solución al problema de la criminalidad derivada de la ilegalidad de este negocio.

En pocas palabras, seguirán habiendo muertes inocentes si no se considera una vía para la progresiva legalización del consumo e intercambio comercial de las drogas. Si no es así, esta “guerra” se encuentra pérdida de antemano.


Así como las familias japonesas fueron incitadas enviados a inmolarse por intereses que no eran los propios sino los de una monarquía, en el México contemporáneo las víctimas inocentes en este juego de policías contra ladrones son civiles y soldados caídos en representación de unos intereses que no son los propios. Por un lado, la “guerra contra la droga” no es de nuestro incumbencia como mexicanos en tanto que la mayor parte de los consumidores, a quienes supuestamente se les “protege” de la droga, son estadounidenses; tampoco es de nuestro incumbencia como ciudadanos en tanto la moral pública que el Estado enarbola para justificar la lucha contra “las drogas” se basa en la idea (falaz) de que los cuerpos de los ciudadanos deben estar bajo la tutela del Estado y por lo tanto “indicarnos” que es lo que podemos o no, consumir ; pero incluso, y de forma aún más elemental, tampoco es nuestra “guerra” como seres biológicos en tanto es ilógico sacrificar la propia vida con tal de que algunos sujetos -con voluntad propia- dejen de consumir ciertas sustancias.

En suma, que a todas luces es rídículo el sacrificio en vidas humanas a cambio de seguir manteniendo como ilegal la circulación de unas determinadas sustancias químicas que, además, son menos letales que las balas que se usan para combatirlas. Ya no se trata de la máxima estaliniana de “el fin justifica los medios” sino ¡aún peor! En el caso de “la guerra contra el narco” ¡ni el fin ni los medios son legítimos!

De hecho, si no es legítimo ni razonable pensar que el Estado mexicano moviliza una gran cantidad de ejército y policía, gastando millones y millones de pesos, con tal de que algunas personas dejen de consumir drogas, es necesario preguntarse ¿cuáles son las verdaderas razones de mantener en la ilegalidad el consumo de estupefacientes?, las razones sobran a este y al otro lado de la frontera: en México, las autoridades obtienen una gran cantidad de dinero debido a la corrupción; y en EUA, la industria armamentística recibe otro tanto por la venta de armas a cárteles y ejércitos mexicanos así como colombianos.

En este sentido, Gustavo de Greiff, ex Fiscal General de la Nación en Colombia, ex-embajador del mismo país en México y actualmente investigador en el Colegio de México, asegura que con la legalización de las drogas, más que producir un aumento en el número de consumidores se terminaría con “la violencia, la corrupción y la desestructuración progresiva de la sociedad que el narcotráfico trae consigo” (3). De hecho, así ocurrió al término de la Ley Seca en Estados Unidos: los cárteles que traficaban con alcohol se extinguieron a la par que la corrupción y violencia que ellos acarreaban.

El ex-fiscal afirma, incluso, que la mayoría de los gobernantes latinoamericanos están convencidos de que la legalización es la única vía para terminar con el narcotráfico:

Yo converso con muchos políticos y muchos me dicen que tengo razón, que esa es la única solución, pero que no se atreven a decirlo públicamente porque serían acusados de contactos con el narcotráfico, como me ocurrió a mí”

Ante tal panorama, nos encontramos como ciudadanos mexicanos en la misma situación que los habitantes de la Okinawa en la Segunda Guerra Mundial, obligados a colaborar en una guerra que está perdida y en la cual nadie cree: ni nosotros, ni las autoridades cuando se sinceran. Entonces, ¿por qué seguir sumando nuestro nombre a una guerra que no tiene fin?, por mi parte yo no sumo el mío y rechazo la granada que me intentan pasar, la misma granada que les fue dada a los padres de familia de Okinawa para que asesinaran a sus familias en nombre de un ideal falso, la misma granada que mató a civiles mexicanos por una causa no era la suya, la misma granada eterna que seguirá estallando, una y otra vez, hasta que sabiamente se asuma que sólo la legalización podrá sacarnos, a tiempo, de vivir en un país donde reine el terror.

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(1) RAMOS ÁVALOS, Jorge; Poniendo los muertos: Las drogas tienen en jaque a México”, en Univisión Online [www.univision.com]; Noticias: 28 de julio de 2008. Vínculo permanente: http://www.univision.com/content/content.jhtml?chid=3&schid=160&secid=3117&cid=1614222&pagenum=1

:(2) Periodistas de El Universal; “Por ahora, el gobierno de Felipe Calderón ha salido librado del ataque narcoterrorista en Morelia”, en Columna: Bajo Reserva, de El Universal (Diario), sección: Opinión; México, DF; 28 de septiembre de 2008. Edición digital: www.eluniversal.com.mx. Vínculo permanente: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/73924.html

:(3) BOTEY PASCUAL, María; “Hacia una legalización de las drogas: Una plática con Gustavo de Greiff”, en The Narco News Bulletin; Issue 25, 14 de noviembre de 2002; [edición digital]: www.narconews.com. Vínculo permanente: http://www.narconews.com/Issue25/articulo537.html

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Imágenes de Teresa Margolles.

Cartón de Helguera.

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19 de marzo de 2010

Sobre memoria colectiva

notas y reflexiones de una mesa redonda
por Lethy Hernández

El pasado martes 2 de marzo, asistí a una mesa redonda sobre la memoria colectiva que tuvo lugar en el auditorio Dr. Luis Lara Tapia de la Facultad de Psicología- UNAM.

La verdad estuvo un poco tediosa, sin embargo, a partir de los casos que los ponentes leyeron, pude sacar unas cuantas conclusiones , que probablemente ya hayas escuchado o pensado, pero que igual me gustaría compartir con quienquiera leerlas y discutirlas con quien quiera hacerlo y por supuesto complementarlas si tienes algo más que decir al respecto.

No te fastidio más y te dejo con lo interesante...

La memoria colectiva es un constructo cultural y simbólico que se transmite a partir de la narrativa.

La propuesta de los ponentes, fue mostrar cómo la memoria colectiva se va conformando de los hechos relevantes que impactan a un grupo y cómo se ve afectada la cultura de este grupo.

Por otro lado, resulta interesante que estos hechos se guardan en los rituales y costumbres grupales, los cuales, mantienen vivos estos hechos y llenan de sentido al grupo que los practica, es por ese sentido que el grupo se sensibiliza y toma ese hecho como parte de su identidad, pero no su identidad como persona sino como parte del grupo.

Por mencionar un ejemplo, el Grito de Independencia el 16 de septiembre; la gente se reúne en el zócalo, en casa de algún familiar, en algún bar, y sin importar la situación económica, social, educativa, deportiva, en fin, sin importar el contexto en el que nos encontremos como país, gritamos orgullosamente “Viva México” de pronto se olvida el presente y nos sentimos felices por algo que ocurrió hace 200 años, nos sentimos orgullosos de ser mexicanos. Nos sentimos triunfantes como nación. Y que vivan todos esos personajes simbólicos: Miguel Hidalgo, Morelos, Allende y Josefa y todos los demás, ¡qué vivan! De pronto, al día siguiente todo el orgullo, regocijo y gloria desaparecen, y nos vuelve ese enfado de pueblo traicionado, a echarle la culpa a los gachupines, a los políticos corruptos y cínicos que nos despojan de todo y esos malvados medios de comunicación, emboban a “nuestros niños” y que mala onda de los polis que aceptan mordida. Así, de las 23:59 horas del día 16 de septiembre a las 12:00 desaparece nuestro orgullo mexicano y se esconde tras nuestra apática, nefasta y sumisa actitud, ese curita que nos mantiene a salvo de la dura realidad. Y así seguimos viendo a los malos del cuento, a nuestros opresores y bandidos personales. Preferimos seguir así, dormidos, sumisos, manejables que aceptar que en realidad los culpables no son solo ellos… pero… ¡Qué responsabilidad!

Con ese ejemplo regreso a la ultima parte de la conferencia, el peligro que puede implicar la memoria colectiva. El ejemplo anterior fue un recuerdo colectivo glorioso para la sociedad actual (porque así nos lo enseñaron) pero ¿Qué pasa cuando ese recuerdo es uno de los pocos gloriosos de nuestro grupo? Antes y después de este hay una serie de recuerdos de fracaso y apatía. Antes; una conquista, que perdimos ante un ejército español, además de unos varios siglos bajo su control. Después, la independencia resulta no tan gloriosa, y causa dolor y pena grupal, luego, otros cuantos siglos de opresión ejercida por una serie de presidentes lo suficientemente inteligentes para engañar a un pueblo lo suficientemente débil para creerles que los llevarían a la gloria y progreso. Y ahora, ¿no resulta lógico comprender a este dolido y magullado pueblo cuando el 17 de septiembre olvida su orgullo mexicano? Claro es comprensible, ¡pobrecitos! ¿Para que pelear si siempre es lo mismo?

Es ahí donde sería muy conveniente el olvido colectivo, pero resulta que tampoco puede ser tan bueno, porque el olvido nos puede llevar a la ignorancia colectiva, el no recordar nos insensibiliza y hace caer en lo mesmo una y otra vez, como olvidar las causas de la independencia nos ha llevado a olvidar que fueron entre otras cosas la desigualdad e injusticia y la lucha por los derechos humanos lo que nos llevo a pelear, porque cuando no se tiene dignidad, ¿qué más podemos perder? Y que justamente eso entre otras cosas estamos viviendo ahora, pero que más da si tengo mi tele y mi pensión del GDF o mi salario mínimo, ¡no puedo perder eso! Aunque viva pagándoles hasta el papel de baño a los diputados y yo no tenga ni pa´ tortillas, porque ya le subieron a la canasta básica, además, nosotros los pobre seremos los primeritos en el cielo, ¿qué no? Pobre de la Guzmán, tanto dinero y la pobrecita con esa vida, afortunado yo que pobre, pobre pero ¿feliz? La dignidad me importa un bledo mientras no me muera de hambre y tenga con que olvidarme de mi patética realidad.

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Gracias a Lethy por compartir sus reflexiones a través de Diálogos Acá.

Fotos de Lirba Cano, la nieve sobre Barcelona.

19 de febrero de 2010

La inteligencia

por Pablo Fernández Christlieb,
publicado originalmente en Gaceta en Konstruxión, Num. 2-2006, Fac. de Psicología UNAM, Salón okupado 9.

Se necesita ser muy bruto para seguir viviendo con alguien que no lo quiera a uno. Hay algo de idiota en las envidias de los intelectuales a ver quién es el más inteligente. Adjetivos como menso se aplican a los que cometen imprudencias, indiscreciones y faltas de tacto. Quien se gana un infarto cosechando éxitos está imbécil. El que sistemáticamente sea infeliz ha de ser medio güey. Existe un acuerdo respecto a que los sangrones, los creídos y los prepotentes son unos babosos. Todos estos tarados pueden haber sacado puro diez en la escuela, pero eso no les quita lo tonto.

Es curioso que la cultura tenga más sinónimos para la tontería que para la inteligencia, lo cual parece significar que, en rigor, la inteligencia no existe, pero la falta de inteligencia sí. Y la mayor falta de inteligencia del siglo ha sido la de los científicos de la mente, quienes, para saber qué era, la sacaron, como si fuera pila de reloj, del paquete de la vida, y se pusieron a medirla: dicen que mide 100, aunque no saben cien qué: 100 de inteligencia, contestan los muy mensos, y hay que ser bastante bruto para creerles, cosa que ha sido la norma en todo el siglo; por eso a los niños modernos los saturan de cursos activos que les fuerzan el cerebro hasta dar la talla, y si después de eso la riegan en su vida por todas partes queda el consuelo de que tienen un I.Q. de 116. Pero una pila de reloj no da la hora.

Ciertamente la única definición correcta de inteligencia es no ser tonto. La inteligencia consiste en no regarla, en que la vida le salga bien a uno en la medida de lo posible, esto es, en que, con lo que uno tiene, con su cara y su cerebro y otros defectos, y en las circunstancias en las que se encuentre, y dándole un buen margen al azar, pueda ir acomodando las ilusiones, los recuerdos, las amistades, las desgracias, los talentos y los contratiempos para sacar lo más decoroso que se pueda hacer con eso. La inteligencia es un cierto arreglo entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se puede. En última instancia, la inteligencia es una disposición para embellecer la vida.

Antes del siglo 20 no había nociones de inteligencia, y se hablaba más bien de personas “prudentes” o “discretas”. Las personas “inteligentes” aparecen cuando se hacen necesarias sus habilidades técnicas para obtener resultados contabilizables en el progreso, independientemente de si en el resto de la vida son unos mentecatos, y por ello se puede aislar a la inteligencia de cuestiones como la ética, los sentimientos, la estética, y de valores como la felicidad. La definición tonta de inteligencia solamente atiende a la habilidad de manipular palabras, números o cosas, y por eso un edificio que prende solo la calefacción o un coche que avisa que se le acabó el aceite ya son inteligentes; por eso las computadoras parecen tan inteligentes, aunque no sean capaces de entender un chiste, y quien no entiende un chiste es regüey aquí y en China. La computación es la inteligencia de los tontos.


Inteligencia no significa computar, sino inteligir, entender los factores sutiles de la vida y saberse mover con ellos; así que resulta menos tonto quien no se va con la finita de que querer ser inteligente es resolver acertijos varios, y en cambio mete consideraciones éticas y estéticas, afectivas y valorativas a la hora de hacer las cosas, en la inteligencia de que la vida viene toda junta, y de que si no mete todo junto, algo le va a salir horrible, y será por menso.

La sociedad nunca había tenido tanta inteligencia como ahora pero nunca había sido tan idiota, porque creyó que hasta le mente era un aparatito de la Hewlett Packard, y la imbecilidad se le nota en que quiere arreglar sus problemas con más inteligencia de la suya. Nunca había habido tanto tonto de alto cociente intelectual. Lo malo es que la estupidez se convierte en una realidad colectiva; de manera que se vuelve muy difícil para cualquiera no atontarse, según consta en el hecho de que a todo mundo se le va enchuecando la vida y por más que le haga no halla ni cómo enderezarla, y, sin embargo, permanece la obligación de ser inteligente con la tonteria de que se dispone, lo cual alcanza, hoy en día, al parecer, para echarle escepticismo, paciencia y humor a las idioteces propias y a las ajenas, y luego hacer lo que se pueda.

Actualmente la cara de la inteligencia no es la del ceño fruncido y concentrado, sino la del que sonríe de algo y no quiere decir de qué.

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Gracias a Olmo Navarrete por enviarnos este texto.

Fotos de Lirba Cano.

7 de febrero de 2010

Novelas y niños

extraído del libro de ROLAND BARTHES (1970), Mitologías.
Madrid: Paidós, 1999. Págs. 57-59.



Si uno creyera en Elle, que hace poco congregó en una misma fotografía a setenta mujeres novelistas, la escritora constituye una especie zoológica notable: da a luz, mezclados, novelas y niños. Se anuncia, por ejemplo: Jacqueline Lenoir (dos hijas, una novela)- Marina Grey (un hijo, una novela); Nicole Dutreil (dos hijos, cuatro novelas), etcétera.

¿Qué quiere decir esto?: escribir es una conducta gloriosa, pero atrevida; el escritor es un “artista”, se le reconoce cierto derecho a la bohemia. Como en líneas generales está encargado, al menos en la Francia de Elle, de dar a la sociedad las razones de su buena conciencia, hace falta pagar bien sus servicios: tácitamente se le concede el derecho de llevar una vida un tanto particular. Pero cuidado: que las mujeres no crean que pueden aprovechar ese pacto sin someterse primero a la condición eterna de la femineidad. Las mujeres están sobre la tierra para dar hijos a los hombres; que escriban cuanto quieran, que adornen su condición, pero, sobre todo, que no escapen de ella: que su destino bíblico no sea turbado por la promoción que les han concedido y que inmediatamente paguen con el tributo de su maternidad esa bohemia agregada naturalmente a la vida de escritor.



Sean atrevidas, libres; jueguen a ser hombre, escriban como él; pero jamás se alejen de su lado; vivan bajo su mirada, con sus niños compensen sus novelas;avancen en su carrera, pero vuelvan en seguida a su condición. Una novela, un niño, un poco de feminismo, un poco de vida conyugal; atemos la aventura del arte a las sólidas estacas del hogar. Uno y otro se beneficiarán enormemente con ese vaivén. En materia de mitos, la ayuda mutua se practica siempre con provecho.

Por ejemplo, la musa trasladará su sublimidad a las humildes funciones hogareñas; y en compensación, como agradecimiento por ese acto generoso, el mito de la natalidad otorga a la musa, a veces de reputación un tanto ligera, la garantía de respetabilidad, la apariencia conmovedora de una guardería de niños. Todo es inmejorable en el mejor de los mundos —el de Elle: que la mujer tenga confianza porque puede acceder perfectamente, como los hombres, al nivel superior de la creación. Pero que el hombre quede tranquilo: no por eso se quedará sin mujer; ella, por naturaleza, no dejará de ser una progenitora disponible. Elle representa con soltura una escena a lo Moliere; dice sí por un lado y no por el otro, se desvive por no contrariar a nadie; como Don Juan entre sus dos lugareñas, Elle dice a las mujeres: ustedes valen tanto como los hombres; y a los hombres: su mujer siempre será sólo una mujer.



El hombre, en una primera instancia, parece ausente de ese doble nacimiento; niños y novelas parecen venir tan solos unos como las otras, pertenecer sólo a la madre; a poco, y a fuerza de ver setenta veces obras y chicos en un mismo paréntesis, se podría llegar a creer que todos son fruto de imaginación y de ensueño, productos milagrosos de una partenogénesis ideal que daría a la mujer, en un acto, las alegrías y goces balzacianos de la creación y las tiernas alegrías de la maternidad. Pero ¿dónde está el hombre en este cuadro familiar? En ninguna parte y en todas, como un cielo, un horizonte, una autoridad que, a la vez, determina y encierra una condición. Tal es el mundo de Elle: allí las mujeres siempre constituyen una especie homogénea, un cuerpo constituido, celoso de sus privilegios y aún más enamorado de sus servidumbres; el hombre nunca está en el interior de ese mundo, la femineidad es pura, libre, pujante; pero el hombre está alrededor, en todas partes, presiona en todos los sentidos, hace existir; desde la eternidad es la ausencia creadora, como el dios racineano. Mundo sin hombres, pero totalmente constituido por la mirada del hombre, el universo femenino de Elle es exactamente igual al gineceo.

En toda la actitud de Elle existe un doble movimiento: cerrar el gineceo primero, y entonces, sólo entonces, liberar a la mujer dentro de él. Amén, trabajen, escriban, sean mujeres de negocios o de letras, pero recuerden siempre que el hombre existe y que ustedes no están hechas como él. El orden de ustedes es ubre a condición de que dependa del suyo; la libertad de ustedes es un lujo, sólo es posible si de antemano reconocen las obligaciones que les impone su naturaleza. Escriban, si quieren, y todas nos sentiremos orgullosos de ello; pero no por eso olviden de hacer niños, pues corresponde al destino de ustedes. Moral jesuíta: acomoden a su favor la moral de su propia condición, pero nunca duden del dogma sobre el que se funda.


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Gracias a Frank por la recomendación del libro del que hemos extraído este texto.

24 de enero de 2010

Tequila Sunrise & Social Action

por Camilo Aedo, Yann Bona, Raúl García, Víctor Hernández, Marcela Olivera y Héctor Robledo en Athenea Digital no. 7, primavera 2005.


Más allá de la koiné

La casa era agradable. Desprendía uno de esos aromas familiares que uno nunca acaba recordando dónde fue la primera vez que lo olió. Una invitación para aquellos a quienes les gusta la acción social.

Vaya par de idiotas habrán montado una fiesta como ésta ―pensó la primera vez que leyó la invitación.

Aún así, algo intranquilo y curioso, Mak decidió asomarse por si era cierto aquello que decían. O más bien, ver que es lo que toda esa gente reunida iba a hacer allí. Cierto es que no iban sólo a tomar tequila (desafortunadamente).


Había mucha gente y parece que algunos ya estaban más animados que otros. Tendría que ponerse a tono. La verdad es que no sabía cómo abordar a la prima. Parece que todo el mundo estaba haciendo méritos para seducirla. La última vez que la vio fue en la distinción entre movimiento y acción. Pues el movimiento como un acto reflejo no se suele considerar como acción. Así que, ¿qué es lo que la hace acción y qué es lo que la hace llamarse social?, ¿cuáles fueron sus padres y a qué se dedica ahora? Se moría de ganas por preguntárselo pero antes tenía que examinar el territorio. Ver quién estaba en la fiesta y cómo iba a presentarse. Le llevaría algún tiempo emborracharse así que pensó que mientras estaba sobrio, le daría vueltas a algo que Ricoeur le confesó a medias sobre ella y el texto:


La historia narrada dice el quién de la acción. La identidad del quien no es, pues ella misma es más que una identidad narrativa. Sin el recurso de la narración, el problema de la identidad personal está, en efecto, condenado a una antinomia sin solución: o bien se piensa un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados, o bien se sostiene que este sujeto no es sino una ilusión sustancialista.

El mundo del texto es una trascendencia en la inmanencia del texto, un fuera intencionado por un dentro.

Los textos abren mundos posibles, nos proyectan más allá de las condiciones que pretendían describir y de las condiciones en los que surgieron.


Por cierto, Ricoeur aún no había aparecido entre las decenas de piernas y brazos que se tambaleaban agitándose al ritmo de la música.

Pasar de sobrio a ebrio era toda una transformación. Como si el gesto de alzar el vaso y llevarlo hasta la comisura de los labios fuera algo repetido una y otra vez en la historia de miles de adoradores etílicos. Uno se siente repitiendo la misma acción que en fiestas anteriores. Deleuze nos hablaría de una transformación incorporal al hablar del paso de pasajeros a rehenes en un avión dada la acción de un pirata del aire. O más que acción física, acción verbal. La declaración de alguien que proclama que esto es un secuestro. Un acto de habla, a la Austin, que transforma incorporalmente a los pasajeros en rehenes. No se sabe hasta que punto el alcohol puede considerarse un actante, algo que acciona algo para que alguien pase a ser alguien ebrio. ¿Una transformación corporal? Quizás.

Mak tenía que aclarar o aterrizar todo esto en un plano más concreto para poder hablar con la prima. Aunque quizás en la fiesta encontrara a otras personas que también la conozcan y puedan intercambiar opiniones y licores. Por lo pronto podía verse a Shütz bailoteando distendido mientras removía su trago con un mezclador con forma de paragüitas. Incluso pudo verse cómo Max Weber llegó a la fiesta.



Like a virgin

Max Weber llegó a la fiesta con cierto escepticismo. Adusto y discreto se dirigió a la barra y pidió un Johny Walker etiqueta negra que empezó a degustar lánguidamente.

Qué tal Max ―le dijo Alfred Schütz, que ya disfrutaba de su piña colada mientras movía su cuerpecillo al ritmo del mambo number five―. Pensé que no vendrías.

―Sí, lo sé, pero ya ves ―contestaba Weber acariciándose la barba blanca―. El llamado de la acción siempre me ha cautivado. La verdad es que sigo extrañándola mucho.

Schütz miró hacia la puerta de soslayo.

Tremenda tipa la tal acción ―dijo como recordando viejos agravios―. Yo también quiero ver si le puedo hacer algo, espero que aparezca pronto. Mientras tanto bailo un poco.

La música resonaba con fuerza, había globos de colores en las paredes y un cuadro de Mark Ryden al pie de la escalera.

¿Sabes? Yo me resisto a pensarla fuera de alguna racionalidad ―dijo Max Weber interrumpiendo la indolencia de Schütz―. No sé que es lo que estuvo mal, mira que lo he pensado. ¿Acaso la acción se aburrió por haberla tratado así? Primero con arreglo a fines, luego con arreglo a valores ―continuaba recapitulando Weber―. La acción propiamente afectiva para mí está claro. Y la acción que podríamos llamar tradicional, es decir los hábitos, las costumbres, incluso tuve el cuidado de diferenciarla de la simple conducta reactiva. ¿Te acuerdas Alfred? Aquella de tan mala reputación.

Schütz había dejado de bailar y fruncía el ceño.

Sí; la verdad es que lo único que le admiro a Durkheim, (por cierto, ¿no sabes si vendrá a la fiesta?), es haberla tratado con aquel magistral menosprecio y con aquella simplicidad tan especialiv. Claro que la acción siguió haciendo de las suyas, ya sabes cómo es.

Pero tampoco es necesario que seas tan rudo Alfred, pareces resentido con ella ―afirmó Max, mientras daba otro trago a su whisky con deliberada lentitud.

Yo creo que lo que la acción no me perdona a mí es haberla llevado a la vida cotidiana, haberla querido involucrar en las experiencias del sentido común, y claro, haberle presentado al hombre olvidado.

Sí Alfred. Creo que exageraste.

Le decía: mira querida, tú estás emparentada con las pre-interpretaciones del mundo; tú eres hermana de las construcciones de sentido común. Sí, déjate llevar por la experienciav.

Weber escuchaba con media sonrisa y miraba a Schütz por encima del hombro.

Me lo imagino Alfred, pero fíjate ―y su voz obtuvo un tono más grave― yo le llegué a conceder (porque entendí que era preciso hacerlo así) el privilegio de apoyarse en procesos reflexivos y de relacionarla con determinada significación de los resultados. Recuerdo que una vez le dije, con toda solemnidad: acción, tú serás la orientación subjetivamente comprensible de la conducta, el sentido será tu brújula. Y desde entonces no la he visto más.vi

¡Desgraciada! ―murmuró Schütz, y casi al instante levantó la mano sonriendo para saludar a Giddens que pasaba del otro lado del salón luciendo un gorrito de spider-man en la cabeza. Anthony Giddens también había tenido experiencias interesantes con la acción, pero tampoco la dominaba. Sus amigos lo habían rescatado de una crisis alcohólica después de fracasar con la absurda empresa de asignarle su apellido a un par de pequeñas acciones secundarias.

Oye Max, ¡vamos a ver qué nos cuenta Anthony! ―dijo Schütz mientras comenzaba a bailotear de nuevo.

Max Weber suspiró con cierto desdén.

¿Con ese mentecato? ―preguntó.

Sí hombre, ¡vamos! ―exhortó Schütz mirando con impaciencia el rostro de Weber.

Está bien, pero no me pidas que hable mucho.

Para ese instante ya sonaba en el ambiente Like a virgin de Madonna. El salón se llenaba de voces y exclamaciones pero no todos los presentes se conocían entre sí. Por ejemplo, alguien tenía curiosidad por un sujeto llamado Talcott Parsons y un tal voluntarismo, lo cual generaba ciertas expectativas y alguna mirada indiscreta. Había humo de pipa y en el comedor, junto a los canapés y las croquetas, dos hombres se besaban. La gente se sentía bien, pero a la vez, muchos anticipaban inevitablemente una sensación de incompletud y de nostalgia.

¡Zopenco! ―le gritó cariñosamente Vattimo a Jürgen Habermas.

¡Hola mequetrefe! ―contestó el alemán con alegría.


Un desconocido comentaba de su último congreso en Londres. Al fondo del recinto se podía ver, ya muy anciano, a Wilhelm Wundt, apoyado en su bastón, con sus ojillos muy abiertos. En el techo se encendían luces verdes, rojas y amarillas. Al fin ya en el otro extremo de la sala, Weber y Schütz saludaron a Giddens.

¡Hola muchacho! Veo que has mejorado bastante ―dijo Schütz con cierto aire de mofa en sus palabras.

Max Weber miraba hacia otro lado. Giddens arqueó los labios en un gesto de aprobación un poco tímida. Movió la cabeza afirmativamente y balbuceó:

Sí, ahora estoy más tranquilo.

¿Quieres decir que ya abandonaste tus preferencias por la estructura?

¡Yo nunca he tenido preferencias por la estructura ―replicó Giddens con sorprendente energía― ¡Y tú deberías saberlo!

Vamos viejo, no te pongas así ―dijo Schütz que otra vez ya no bailaba.

Lo que yo decía era que cualquier investigación en ciencias sociales habrá de preocuparse por la relación entre acción y estructura; y que en ningún caso, óyelo bien, en ningún caso, la estructura determina la acción; claro que viceversa tampoco. Y afirmé también ―continuaba Giddens que al hablar miraba hacia arriba con los ojos fijos― que todo análisis social tendría que partir de las prácticas sociales recurrentes. Ya sabes, no absolutizar ni la experiencia del actor individual ni la existencia de cualquier forma de totalidad social sino las prácticas sociales ordenadas en tiempo y espacio, ¿me explico? Se trata de atender las prácticas sociales; se trata ―y su voz parecía más eufórica― de establecer una teoría de la relación entre acción y estructura, imbricadas, intrincadas en toda actividad humana.

Me voy a mear ―dijo Max Weber.


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