29 de diciembre de 2011

Metáforas y refranes en lo cotidiano

por Jesús Janacua Benites






El auténtico conocimiento sociológico se 
nos revela a través de la experiencia inmediata, 
en las interacciones de todos los días.
A. Coulon (2005: 17)

“Para hablar se necesitan dos” y “al buen entendedor pocas palabras”. Parece ser que con estos dos refranes populares se explica perfectamente la interacción social en la vida cotidiana, entendiendo a ésta última como la conciben Berger y Luckmann (2001), como aquella de todos los días, la que comparto con los otros en mis actividades diarias, rutinarias, aquella donde me vuelvo asequible para el otro en un sinfín de intercambios de subjetividades, aquella donde mis planes, se intersectan con los planes de los otros.

En la vida cotidiana, cuando nos encontramos en situación de interacción cara a cara, intercambiando subjetividades con el otro, o lo que es lo mismo, platicando de lo lindo con nuestros amigos y conocidos, hacemos ciertos usos de la lengua que nos ayudan a acentuar o reforzar lo que estamos diciendo o haciendo en determinados momentos de la interacción. Dichos usos lingüísticos, que permanecen en el imaginario social como refranes y metáforas, ayudan además a mantener la interacción en el sentido de hacerla lo menos aburrida posible.

Y es que en nuestra interacción social cotidiana, parecen existir ciertos temas tabúes (como la muerte, el sexo o la deshonra) de los que no está muy bien permitido hablar directamente, y hablar de ellos de manera directa significa transgredir las reglas de la interacción.

Por Goffman (2000) sabemos que causar rubor, vergüenza o pena ajena por un desatinado comentario como ofender a algún presente, es interactivamente impertinente y califica de “contraventor social” a aquel que lo hace.

Lo que tratamos de decir es que en nuestras interacciones hay mecanismos, o como Goffman (1991) los llamó: “recursos seguros de la interacción”, a los que se puede apelar cuando se tiene que decir o hacer algo que dentro de la interacción no está permitido; parece algo mágico, puesto que estos mecanismos permiten “ofender sin ofender”.

Uno de estos recursos seguros es “la definición no seria de la situación”. Con este recurso, lo que se pretende es decir algo cuyo impacto es fuerte, pero aminorando el impacto, se traduce en un “no es para tanto”.

El refrán es uno de los subterfugios de la definición no seria de la situación que permite hablar de lo prohibido sin que esto transgreda las reglas. Así, en cuanto a la muerte por ejemplo, podemos decir que le tocó bailar con la huesuda a una persona que acaba de fallecer, o que colgó los tenis o que estiró la pata o que le cayó el chahuistle o que chupó faros o que se lo llevó la tiznada.

Para hablar de la deshonra, sin que sea ofensivo para la persona aludida, podemos decir que peló gallo, por no decir que huyó (idea que además trae a colación la cobardía), que le gusta andarse por las ramas por no decir que le gusta andar perdiendo el tiempo sin ir a lo más importante o que le busca tres pies al gato, cuando en realidad sabe que tiene cuatro o que no toma el toro por los cuernos.

Por lo demás, podemos decir que lo agarraron con las manos en la masa para hablar de una persona que fue sorprendida en una situación poco honrosa o podemos decir también que alguien habla sin pelos en la lengua para dar a entender que no escatima en “decir las cosas como son.”

Fernández Christlieb (2011) nos dice que se piensa y se comunica a través de metáforas, sobre todo en cuanto a las sensaciones, de las cuales parece no haber equivalente real en el lenguaje. Si hay una prueba de la arbitrariedad del signo lingüístico, es esta. Es decir, parece no haber un equivalente entre la sensación y el lenguaje o ¿cómo se le hace para explicar cómo se siente el hambre, a qué sabe una manzana o qué se siente estar enamorado? Esto parece ser lingüísticamente imposible, sino es apelando a la metáfora.

Sabemos, de antemano que no hay referentes lingüísticos para hablar de las sensaciones y por eso cuando nos preguntan "¿cómo te sientes?" nuestra respuesta es sencillamente "bien" y por eso también decimos algunas veces que el lenguaje no alcanza para decirle a alguien cuánto lo queremos y de esta manera nos vemos en la necesidad de apelar a las metáforas para explicar lo que sentimos. Así, no es extraño que un enamorado diga me trae arrastrando la cobija para hablar de lo que siente por su amada, o sentí mariposas en el estómago cuando tratamos de explicar lo que sentimos cuando vimos por vez primera a la que hoy es nuestra novia.

Las metáforas son también muy socorridas en la vida cotidiana, en cuanto a hablar de sabores se refiere. Entonces podemos decir que la carne de iguana sabe como a pollo, o que la pera sabe como a manzana, o que cuando te cortas sientes como que te quemas, o que el hambre se siente bien feo y que cuando te asustas sientes como que se te suben los pies a la cabeza.

Así, podemos notar que en la vida cotidiana lo que vale es darse a entender y que los refranes y las metáforas se insertan en un continuum de intercambios verbales que son válidos sólo en un contexto y para algunos hablantes, ya que es mediante el lenguaje que los hablantes se subjetivan al otro y entonces existen en una comunión donde la palabra es el punto de encuentro.


Referencias
Berger P. y Luckmann T. (2001) La construcción social de la realidad. Argentina: Amorrortu.
Coulon, A. (2005) La etnometodología. España: Cátedra.
Fernández, C. P (2011) Lo que se siente pensar o la cultura como psicología. México: Taurus.
Goffman, E. (1991) Los momentos y sus hombres. España: Paidós.
Goffman, E. (2000) "Rubor y organización social" en Sociologías de la situación. España: La piqueta

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Fotografía de Lirba Cano.

16 de diciembre de 2011

La conversación: la otra comunicación de masas

por Pablo Fernández Christlieb




El siglo está agonizando
Y el testamento que va a dejar
Es un orden que quiere ocultar
El preciso compás del azar.
L.E. Aute

El instinto de conversación.
La cantidad de tonterías que se dicen en la sociedad es inconmensurable: se cuentan fehacientemente anécdotas de dudosa veracidad, se dice lo que se le hubiera dicho pero no se le dijo a quien se le tenía que decir, se habla con familiaridad de desconocidos, se hacen afirmaciones tan perspicaces como “está lloviendo”, y falsificaciones tan desparpajadas como “claro que sí me acuerdo de ti”, se tejen historias reales de fantasmas entre escépticos y, conversando, los ateos planean primeras comuniones. Quizá no sea tan sorprendente la cantidad de tonterías que se dicen, como la cantidad de veces que se repiten; podría aseverarse que la gente se reúne expresamente para decir otra vez lo que ya todo mundo sabe: Chistes repetidos por el mismo cuentista y reídos por la misma audiencia, recuerdos intrascendentes de infancia y juventud ya sabidos hasta el cansancio- documentados con fotos por si cupiera duda-, las mismas anécdotas, la eterna tía representando su eterna necedad, etc. pareciera que la consigna es dejar bien claro que cada vez nos veamos sea exactamente la primera.

El meollo de las conversaciones informales son puras tonterías, y sin embargo, es para eso que la busca por todos los medios reunirse, e inventa pretextos, no importa cuan torpes mientras funcionen, para entablar conversaciones. Las estrategias para inaugurarlas o ingresar en ellas son variadas: celebraciones in celébrales tales como un examen profesional o unos quince años, despedidas o recibimos de quien sabe qué empleado de quién sabe qué departamento, asistencia a salas de espera de dentistas, sincronizaciones inconfesadas de vecinos para ir a la miscelánea, o la costumbre de visitar parientes los domingos; o bien subir al lavadero sin ropa que lavar, convocar juntas de negocios, militancias de ultra izquierda o conspiraciones contra la moral; todo con tal de platicar, y mientras tanto , se aprovechan pleitos callejeros, pasos de bomberos, inundaciones, para hacer uno que otro comentario. De hecho existen lugares ad hoc, sumamente socorridos y redituables, para que la gente platique: cafés, restaurantes o bares donde no es el hambre lo que congrega, sino el instinto de conversación, casi identificable al de conservación.

La sociedad conversadora.
La sociedad, así vista, no parece del todo razonable; la idea de una sociedad eficiente donde sólo se dice lo necesario, sin desperdiciar tiempo en información inútil, parece fallar frente al hecho que de en vísperas de fin de siglo haya preferencia por decir tonterías. Se puede argumentar que en medio de la llamada comunicación de masas, las masas se comunican conversando; ésta es la verdadera comunicación de masas, porque ésta es, todavía, una sociedad conversadora. La tecnocracia podrá encontrar discutible esta idea. No obstante, parece ser correcta. En efecto, todo el conocimiento, opinión, sentido común, que marca las pautas de una cultura y constituye el pensamiento de una época, y que por lo tanto ejerce presión social y en última instancia legitima o deslegitima gobiernos, pasa por la conversación. Para que una idea tenga validez social, no basta que sea transmitida por televisión, sino que haya sido tema de conversación; y más aún, no importa lo que se transmitió efectivamente, sino lo que se platica de ello. Cuando un diputado o una ama de casa hablan de “clases sociales” o “recuerdos inconscientes”, no significa que leyeron El Capital o la Interpretación de los Sueños, porque Marx y Freud no son los que escribieron, son lo que se dice de ellos; lo mismo sucede con las noticias del periódico. En suma, la sociedad se hizo platicando; de la misma manera que hay un aparato productivo, hay, como dicen Berger y Luckmann, un aparato conversacional de la sociedad.

La prevalencia y ubicuidad de la conversación concebida como fascinante intercambio de tonterías ya sabidas, implica que debe cumplir funciones sociales importantes. Efectivamente,.su primera función es mantener la comunicación, esto es, seguir hablando, por eso se interpela, se duda, se cuestiona, se contrargumenta cuando todo parecía estar claro. Y es que en el fondo, de lo que se trata es de establecer vínculos entre los participantes, intimar, crear lo que pueda denominarse”comunión”, en fin, lograr –intentar- que las vivencias de uno sean las mismas que las de los otros: tal es la base de toda relación significativa, de todo grupo de amantes, amigos, parientes. la gente quiere formar parte de una conversación para sentir que pertenece, a veces a un grupo concreto, a veces simplemente a la humanidad. Esta pertenencia, además, le proporciona la propia identidad; ciertamente, la prueba de que uno es quien, es que los demás están de acuerdo, que lo aceptan a uno en sus conversaciones. Para conversar o transformar l apropia identidad son la razón de los ritos y ceremonias profanos (entre los que figuran la comida familiar o el dominó los viernes): es como venir a constatar quienes somos y a reasegurar nuestra existencia.


La conversación puede cumplir su función de intimacía porque su comunicación es muy rica; en ella no solo se intercambian palabras, también se intercambian, y con prodigabilidad, roces, sonrisas, gestos, miradas, tonos de voz, estilos e imágenes completas, es decir, se dan formas de comunicación no habladas, sino más bien sentidas, fundamentales para la comunicación más allá de la comunicación, y que no pueden aparecer en otros medios, como en el teléfono, por ejemplo. No toda la gente es poeta, o sea, no todos son capaces de poner en palabras efectos y experiencias que no están en el diccionario, y por eso, sólo pueden ser expresados por los gestos de la conversación, entonces, pequeña especie de poema actuando; el drama de la vida.

Parecería que de alguna manera u otra se vive para platicar. En rigor es al revés: se platica para vivir: Es a través de la conversación que la gente se explica y le encuentra sentido al mundo en el que vive, y con ello, le encuentra sentido a la propia existencia en este mundo por eso se cotorrean las noticias y se narra cómo estuvo la fiesta de anoche, enfatizando a la vez la propia participación en el asunto. Si la modernidad ha ahecho perder en mucho este sentido, y con ello ha engrosado la lista de alcohólicos y de suicidas (de paso, puede notarse en el primer caso que la terapias de Alcohólicos Anónimos consiste en una conversación, técnica más bien difícil de instrumentar en el segundo caso), significa que el aparato conversacional de la sociedad ha sido reemplazado por sistemas de información (radio, TV) que no pueden proporcionarse sentido. La cultura informacional, el tipo de los noticieros televisivos tienden a darnos un orden sin sentido; la conversación es sentido aunque sea sin orden.

Así que, después de todo, algo se crea en la conversación: las tonterías y las repeticiones funcionan como táctica de invocación de lo novedoso: entre ellas surgen los chistes, ironías, analogías, hallazgos, “serendipias”y los puntos de vista que hacen ver el mundo de una manera nueva y diferente. Se platica para ver que sale, y lo que sale finalmente son formas revisadas de ver la sociedad. El sentido que se busca en la conversación nunca es el mismo. Siempre se habla de lo mismo que siempre está cambiando.


La conversación es anarquista.
De cualquier manera, las funciones sociales de la conversación permiten extraer una conclusión: la conversación, como el amor y los sueños, es anarquista. La organización, aceitada pero imperceptible, del aparato conversacional, tiene un orden basado en el mutuo reconocimiento de la capacidad conservadora de todos los participantes. A la hora de platicar en los pasillos, la barra, el salón de belleza y las esquinas, se borran las jerarquías y no se admiten expertos ni especialistas; se asume que todos los integrantes tienen el mismo status, poder, información, y por ende, el mismo derecho a hacer uso de la palabra. Existe el sobre entendido preciso de la igualdad conversacional. Por lo tanto, cuando alguien dice algo que está fuera de lugar, todos fingen que no lo dijo o que dijo otra cosa; cuando alguien comete una imprudencia garrafal, como ridiculizar irremisiblemente a otro, todos se dedican a la tarea de componerla, incluyendo a la misma víctima de la imprudencia (puede observarse que quien cometió el error, pierde, como en el parkasé, su turno, y se queda un ratito callado, o que todos cooperan para restituírselo y reivindicarse, puesto que lo importante es mantener la comunicación). El espontáneo hecho de platicar está implícitamente estructurado con respecto a lugares (de los cuales la mesa y sobremesa son clásicos), a tiempos y turnos de uso de la palabra, de disposición de los interlocutores (en círculo o similares), a formas de comienzo y terminación (no hay moderador ni otros trucos artificiales), que nadie impone y que sin embargo, sin saberlo y sin decirlo, todos sostienen libremente. El desorden de las reuniones divertidas es buena muestra de que la anarquía es la más lata expresión del orden, como apareció en alguna barda de la ciudad, a la que ingresan aún los que en sus horas hábiles son solemnemente autoritarios; es “esa anarquía nuestra de cada día” que preconiza Colin Ward. Para mayores datos de anarquía, se le puede añadir el de sabotaje: las conversaciones hacen uso de tiempo libre, y dando que se suscitan también en horas de trabajo, están interrumpiendo la productividad y liberando tiempo asalariado. El chisme es de ociosos, y ésa es su mayor virtud.


En el mundo de la conversación hiberna lo que puede denominarse una cultura de desorden, que en rigor no es tal pero que parece desorden porque se gobierna con otra lógica, de tipo más afectivo. Desde que hay civilización, a la lógica del desorden se le pone una lógica del orden y del control; si en el medioevo el control y el orden se impusieron por el miedo y el poder, en la sociedad contemporánea, más sofisticada, el orden entra por el lado de la ideología, la técnica, la verdad científica comprobada y el Teleguía. La cultura del desorden, a la que pertenece la conversación, se basa en la comunicación, que puede definirse como la expresión, intercambio e interpretación de experiencias; la cultura del orden, donde caben los mass media, tiene su base en la información, definible como la emisión, desplazamiento y recepción de mensajes. No es lo mismo, y sin embargo, el papel de la ideología es hacerlas pasar por equivalentes. En términos geopolíticos, orden y desorden corresponden a norte y sur respectivamente; a Latinoamérica, el orden llego tarde y a empellones, de ahí que no haya podido ser asimilado como hubieran querido los modernizadores del tercer mundo.


Conversación y medios masivos de comunicación.
En todo caso, en el presente siglo, a la conversación como comunicación de masa se le ha opuesto la información de masas que surge de la tecnología. Como dice Moscovici, cada nueva forma de comunicación atenta contra las precedentes (por ejemplo, el video contra la televisión y ésta contra la radio y ésta contra la conversación): la tesis es que el avance tecnológico de la información es inversamente proporcional a la comunicación, y a la conversación. No obstante, pese a la penetración informática en todas sus modalidades, la conversación, si bien se ha restringido y depurado sensiblemente, ha logrado sobrevivir, y aun en su virtual ausencia, sigue apareciendo como necesidad primaria: el recurso psicoanalista como último reducto de la conversación, precisamente por parte de las clases menos platicadoras (pero más solventes), es un buen indicador; da igualmente la impresión de que cuando el sentido común exculpa sus remordimientos declarando que “los pobres son más felices”, se refiere al carácter conversador de las clases subalternas.


Forma también parte del sentido común -incluyendo el de izquierda- la suposición de que los medios masivos de información acabarán por absolutizar la vida social, es decir, que la tendencia del progreso pronostica que toda forma de comunicación terminará por efectuarse frente a un aparato, televisión, videograbadora o computadora doméstica, lo cual comporta la total ideologización de las conciencias pasivas, robotizadas, insensibles-. Empero, aunque la tendencia aparente sea ésta, si se toma la conversación como punto de vista, tal suposición parece incorrecta. La razón por la que el radio no pudo ser eliminado por la televisión, según se pronostico, radica en los elementos conversacionales que tiene aquél y de los que carece ésta; el radio acompaña en las actividades cotidianas (cocinar, manejar, talachear, hacer balances, o como afirma Felipe Ehremberg, pintar): se canta a dúo con él, se le responde mentalmente, etc. La televisión, en cambio, suspende la actividad cotidiana, y con ello toda capacidad conversacional; la televisión aísla, el radio no. Tampoco el cine, paradójicamente, porque “ir al cine” representa todo acto social repleto de conversación, que incluye ida, taquilla, palomitas, compañía, regreso, etc., entre los que la película es un elemento más; así pues, puede igualmente anticiparse que no será sustituido por el video casero. Por otro lado, puede advertirse un cierto hastío reciente respecto a la parafernalia hollywoodesca de las superproducciones en todos los medios de difusión, y a la vez, un repunte del rating para los programas en vivo, donde necesariamente hay entrevistas, locutores más espontáneos, etc.; es decir, la vuelta a programas que tienen una naturaleza más conversacional.


El retorno de la conversación.
A la tendencia de saturación de los medios de difusión, de información sin significado sensible, se le enfrenta la necesidad ciertamente profunda de formas de comunicación más genuinas. En otras palabras, puede predecirse el retorno de la conversación, y no su desaparición. Esto tiene, por lo demás, que ser así, siquiera porque de otro modo, ahí terminaría una sociedad que se hizo platicando. Lo que en todo caso resulta viable es la síntesis de todos los medios, esto es, la transformación de los medios electrónicos para hacerse más conversacionales, que equivale a hacerse más populares, más democráticos; y a la par, la transformación de la conversación para hacerla menos chismosa, menos olvidable y superficial, y ,más racional, más educativa, más crítica, o, para usar un término de Habermas, más discursiva, sin que por ello pierda su fuerza comunicativa, ni su emotividad y pasión. La utopía de una platica razonable entre enamorados sigue en pie.

La pregunta al margen.
La pregunta al margen que podría flotar durante todo el argumento es ¿para qué hablar de conversación en medio de la crisis? ¿Para qué tratar sutilezas culturales cuando la preocupación cruda es económica? Entre estas preguntas, es más fácil caer en la tentación de angustiarse por la crisis y buscar sólo las formas de resolverla concretamente. Sin embargo, soñar o buscar únicamente la salida de la crisis significa desradicalizar las preocupaciones, lo cual implica en el fondo aspirar a dejar una sociedad igual a aquella en la que nacimos, lo cual, a su vez, resulta de mal gusto.


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Artículo escrito entre enero y marzo de 1988. Recuperado por Mar Cerón, a quien agradecemos haberlo compartido.

Fotografías: 1 y 2 Lirba Cano; 3 Chac.

9 de diciembre de 2011

El asombro: punto de encuentro entre la Literatura y la Ciencia

por El Club de la Metonimia
Licenciatura en psicología ITESO

Enlace
El presente texto es un ejercicio de pensamiento colectivo en torno al asombro en tanto punto dentro de cual, confluyen la literatura y la ciencia. Se sostiene que el asombro es un fenómeno que destaca en una panorama estético que se encuentra presente en todas las actividades cotidianas.

Palabras clave: Asombro, Cultura Pop, Psicología Social.


Prolegómenos al Club de la Metonimia I: Mecánica de las sesiones

El Club de la Metonimia es un lugar de encuentro para una docena variable de personas apasionadas de las ciencias sociales en el que cada semana se propone una idea, un debate o una inquietud para ser compartida a través de comentarios y análisis. Así, suele hablarse acerca del cierre de un local popular en la ciudad y la significación de su pérdida, de las violencias asociadas de la narcocultura en México con invitados de distintos puntos del país, del papel de la literatura en las ciencias sociales, de los modos en que se vive la ciudad y de cómo transitamos por ella, de la reapropiación del espacio público. Sin embargo, no se trata de un foro en el que análisis sesudos y lecturas profundas confluyan. No. Las reuniones tienen lugar en el salón de seminarios del Departamento de Salud, Psicología y Comunidad del ITESO en el que anchos sillones acolchados dan la bienvenida e invitan, más bien, a construir un pensador intersubjetivo alrededor de los temas que cada quien escoge poner en común. Las aportaciones suelen realizarse a partir de la experiencia cotidiana más inmediata de los asistentes y, en segundo lugar, a partir de las conexiones o afinidades encontradas con algunas teorías y conceptos. Quizás por esta razón el ambiente de las sesiones sea distendido, relajado y entretenido, facilitando así la participación de todos sin miedo a decir cosas fuera de lugar...

Descargar texto completo (PDF)

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El Club de la Metonimia sesiona las noches de martes en el salón 205 del Edificio M del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) y en alguno que otro tugurio de Guadalajara, México. Celebramos su aportación.

25 de noviembre de 2011

Las canciones de Pablo, al aire

Hace un par de meses tuvimos el gusto de encontrarnos con Pablo Fernández Christlieb en Querétaro, a propósito del Seminario de Psicología Colectiva que tradicionalmente imparte en la Maestría en Psicología Social de la UAQ. Ahí, por sorpresa y con la generosidad que le caracteriza, Pablo nos regaló su último libro (y también unas chelas), recién salido de la imprenta:

Filosofía de las canciones que salen en el radio

Pablo Fernández Christlieb
Monterrey: Ediciones Intempestivas, 2011.


Ensayo que pronto nos convence de que no hay mejor manera de aproximarnos a los sentires más íntimos de la sociedad que a través de la música pop y sus canciones. Unas horas después, como si fuera designio, nos topamos también en Querétaro con Livier Fernández Topete y Héctor Alvarado, quienes estuvieron a cargo de la edición del libro desde su interesante proyecto Ediciones Intempestivas. Ahí nos convidaron a la presentación del libro en Monterrey, que se llevó a cabo el 17 de noviembre de 2011. Livier nos comparte los textos leídos en la presentación y algunas fotografías.

A fuego lento o Las canciones de Pablo

por Livier Fernández Topete

Cuando leo a Fernández Christlieb (quiero decir mejor, a Pablo), me pasa algo muy parecido a lo que aseguran sobre el escritor y cantante Leonard Cohen, The Edge y Bono, respectivamente, en el homenaje titulado I´m your man:

Leonard me recuerda a los primeros días de algunas religiones, donde desde el principio entendieron que para oír la voz de Dios (o sea, la voz social), tienes que ir a algún lugar muy, muy silencioso. La gente se aislaba, se iba al desierto y hacía esfuerzos por escuchar.

No te da la sensación de esos de “Me levanté esta mañana y me topé con esta maravillosa canción, y ahí está, surgida de la nada”, en su caso es más bien: “No, no, ésta me llevó muchísimo tiempo”. Se pasaba días trabajando para alguna de las líneas, así que necesitaba un año para una canción.

No creo que ni Leonard ni Pablo (bueno, a Cohen sí le dio por algo parecido en algunas temporadas) hayan tenido que llegar hasta ese punto de retiro real y místico para ser capaces de encontrar el silencio hasta en el ruido y viceversa. Lo que sí parece un común denominador es el de la precisión de las palabras, el del eco que sus voces despliegan por un buen rato. La de Pablo es una escritura de lenta cocción, nada qué ver con a fuego lento, a fuego viejo que canta Rosana, estilo fast food.

Filosofía de las canciones que salen en el radio
es un libro que no tiene prisa, pero sí ritmo y forma que fluye y se acomoda con cierta velocidad. Y como forma es igual a contenido o debiera serlo, aquí sí se cumple esta regla estética y uno podría casi cantar el libro, pues el ritmo que encontramos en las canciones pop, que son de las que nos habla, mejor dicho de su relación con la forma de ser de la gente que las escucha, tal ritmo es proporcional aunque afortunadamente de otro género, al ritmo de su escritura.

Es un honor para Ediciones Intempestivas tener dentro de su catálogo esta joya especular acerca de la música popular en español, en la que sin duda podemos mirarnos. Filosofía de las canciones… (sorprendente y al mismo tiempo cercano talismán), es un libro-perla que no requiere más presentación que la de tomar, casi al azar, cualquiera de sus capítulos y ponerlos, ponerse uno mismo, a prueba.

Se trata de una investigación cuidadosa y al mismo tiempo ocurrente, que recoge parte de las canciones pop en español que aparecen constantemente en la radio por su naturaleza sumamente afectiva y hasta hiper sentimental. Dichas canciones además parecen ser comunes en el pensar-sentir de mexicanos en particular y de latinoamericanos en general. A través de sus letras y reiteraciones en la onda colectiva que recorre el aire y que es la radio, el autor desprende reflexiones sugestivas acerca de la cultura cotidiana y del pensamiento colectivo que prefigura o se dibuja en su música, especie de sonsonete que llevamos –más allá de la voluntad- muy dentro.

Esta investigación devino ensayo teórico-literario, lo primero en el sentido de la psicología social afectiva que es la línea oblicua planteada por el autor desde hace años, y lo segundo, por su ritmo que permite sumergirnos en la sonoridad cercana a lo conversacional que caracteriza a Fernández Christlieb y que hace de sus textos casi “curativos”, en el sentido de que al posibilitar la sincronía autor-lector, -como él menciona en otro de sus libros- la carga que la vida nos impone se aligere, como cuando uno platica, dejándose llevar por el vaivén de las palabras que entre dos o más se crea en el café o en el bar, con los amigos.

En Pablo encontramos no solo psicología social sino psicología estética, atravesadas por una poética femenina, por supuesto no en cuanto a su reducción al género como tal, sino en tanto lírica agrietada, blanda, elegante y frágil; otra vez como le pasa a Cohen con el asunto de lo “débil”, cosa que podemos sentir desde los títulos de ambos: Energía de los esclavos, Hermosos perdedores, El espíritu de la calle, La velocidad de las bicicletas; en los dos, hay un gusto simbólico por los débiles, una construcción incluyente, lejos de una lógica victimaria de quienes eligen o no, pero terminan siendo débiles, esto en oposición a la lógica del poder de los fuertes.

Pablo nos invita constantemente a vivirnos no como víctimas del poder, sino como detractores o subversores de éste:

Cito: Las canciones y las conversaciones son de género femenino; masculinos son los tecnicismos de los expertos. Lo que podría parecer pasividad christlebiana por la suavidad en su escritura, sus temas y sus formas, es más bien acción fundida con la realidad multiforme.

En el prefacio del libro, Pablo menciona una definición no purista de filosofía que reza: la filosofía consiste en averiguar qué quiere decir lo que decimos, en saber qué es lo que sabemos; agrega que como lo que nos sabemos de forma más espontánea son las canciones, entonces resulta interesante pensarlas, pensarnos a través de ellas. La mirada de este libro está puesta más en el escucha de dichas canciones, no busca tanto decir qué es la canción, sino quién es la gente.

El propósito, según el mismo autor considerando apuntes de Gabriel Zaid, es encontrarle la poesía a la gente; hay que buscar entonces no solo en los libros de poesía, sino en las canciones mismas, que quedan mucho más cerca de la gente que los primeros.

En este ensayo de largo aliento el lector se encontrará con ideas como las siguientes: cantar es hundirse en la memoria de la cultura; la memoria es un depósito estético; el radio es nuestra única democracia; nosotros no cantamos sino que las canciones nos cantan a nosotros; las canciones son como poemas de amor; el amor es un sentimiento de pertenencia, no de posesión, sino de pertenencia a algo más grande que uno: su cultura; las canciones no son la pronunciación de lo impronunciable aunque así las sintamos, sino la celebración de lo pronunciado, porque las canciones pertenecen no a la música sino al lenguaje.

El lugar de las canciones está justo entre la poesía que está hecha de lenguaje metafórico, razón por la cual se despega de la tierra y nos queda medio lejos, y las conversaciones que son las cercanas a todos y que están hechas tanto de sensateces como de disparates. Conversar es pensar pero a un ritmo más lento, es un pensar anticipado, entre el sentir y el pensar, platicar hace posible el pensamiento, gracias a los otros es posible eso que puede llamarse conocimiento.

Imagino que un libro como éste se armó a partir de hábitos hechos de pensamiento tortuga, definitivamente no se hizo de un momento a otro como esa canción de a fuego lento; todo lo contrario, su ritmo interior, aunque el exterior le exija otra cosa, es de onda lenta, no como ola salvaje, sino como pequeña ola, más de río que de mar.

De la misma forma en que Pablo nos recuerda lo que le ocurre a la sociedad: “ella sabe sola adónde va, y se toma su propio tiempo”, Filosofía de las canciones que salen en el radio no aspira a discurso intelectual pero se le da muy bien lo de ser espejo amable, sobre todo crítico, sin ser instructivo y mucho menos pretenderlo, de la realidad social, y tuvo que pagar la renta diaria y lenta del oficio incierto de la escritura, que por lenta es cara, como ha hecho Cohen, en su Torre de la canción.




“Lo que el señor quiso decir…”

por Roberto Maldonado Espejo


“…te quiero un chingo

(Frase oída por casualidad frente a una rocola en lugar y hora impropios).


“Lo que el señor quiso decir….” Empezaba, siempre, el discurso de cierto vocero presidencial dedicado a enderezar los entuertos de su patrón. Triste oficio el de interpretar pendejadas. Resulta peor cuando se trata de discursos inteligentes, entonces a “Lo que el señor quiso decir…” le sigue una estupidez potenciada. No era necesario que lo descubrieran Eco y la Sontag. Este último es el caso. No sólo se trata de un discurso agudo que viaja en tantos registros que uno no alcanza a discernir si se trata de sarcasmo, ironía, seriedad monacal o, simplemente, una naturaleza inocentemente perversa, deliciosamente inocente y perversa. Así que, con toda franqueza, me andaré por las ramas para que ustedes, acuciosos lectores, disfruten de esta filosofía simple –La de Fernández Christlieb- que es bastante compleja. Además, es la más paradójicamente probable.

Se atiene a lo que dijo un indiscreto poeta: las canciones del radio son la poesía de diario, poesía para todos. Inaugurando con esto el análisis literario de los poetas contemporáneos, uno los lee después de este libro y se da cuenta de dónde salieron imágenes como “virgen puta que miras como mariposa o …del mar y sus agravios/ la última copa/ de sangre/ se desborda…” Y ya, ahí cae uno en cuenta que los poemas de a de veras sirven para recordar canciones. Al menos los poemas de los que quieren salir del coro de la literatura a la palestra de los solistas. Es más: las canciones del radio son los únicos objetos de lenguaje que se apegan a la definición de Vicente Huidobro. Nadie hablamos así, nos sentiríamos ridículos diciendo “…poema es un pájaro en el nido que se muere de frio…”, pero cuando musitamos la canción se nos ponen rasposas las partes non sanctas. Como los poemas, las canciones no son, pero son algo que debería ser.

Son lo más popular de la cultura popular, si nos desentendemos de las definiciones de los burócratas del arte, que no van más allá de las artesanías jipis o indígenas y los pintorescos mercados pasando por las manualidades de migajón de pan o papel de china, Filosofía de las canciones que salen en el radio es una reflexión de las afirmaciones más osadas, es decir, de lo que aparenta ser el resultado de otra reflexión, porque estas canciones siempre están afirmando algo, incluso cuando lo niegan o lo ponen en duda. Más aún, son lapidarias, pulen las piedras preciosas de nuestros sentimientos y no pocos epitafios son partes de ellas. Es como hacer historia con lo que apenas está pasando, sin tomar distancia y haciendo vigente el chiste aquel sobre el tiempo, sabia virtud: lo que usted me diga ya es pasado y lo que me va a decir está determinado por lo que ya pasó; así que vivir el presente no se puede más que en canciones que se atienen a lo que nos ha acontecido, o nos puede acontecer o, al menos, nos podemos imaginar que nos ha pasado. No se trata de la historia que hicieron los próceres gracias a los demás, ni siquiera se trata de los demás pero sí, no como movimiento de masas, villistas, zapatistas, el 68… se trata de una dialéctica mucho más rápida y siniestra, de algo tan personal y a la vez tan de todos, de las canciones que oímos sin que reclamen nuestra atención, o mejor, sin que nos distraigan demasiado. Uno escucha y, como dice el autor, hasta parece que me la compusieron a mí, me siento tan yo como usted se siente tan usted con la misma canción, ya ve, somos tan especiales, tan distintos a todos los demás como igualmente iguales. Claro, democráticamente hablando también, todos somos igualas, nada más que en cualquier otro renglón de la existencia hay unos más iguales que otros.

Soy hombre de radio. Usted, y hasta yo, podemos dudar de la primera parte de esta aseveración, pero no de la segunda porque todos somos sujetos de radio, sujetos en cuanto individuos y sujetos a un lenguaje, diría un prestigioso psicoanalista bastante desconocido así que para qué citarlo. Como la mirada y los colores, como respirar o comer, sabemos para qué sirven pero no cómo funcionan y acaso ni nos interesa, pero nos va conformando, haciéndose nuestro cuerpo, de tan abstractas no sabemos que desatan oleadas hormonales que bañan nuestra carne y son nosotros. Generalmente están hechas de palabras tan comunes que forman el arsenal melódico y rítmico de nuestras cincuenta palabras diarias, pegajientas como lodo drenajero van diciendo qué comimos, no qué presumimos comer. El día de la ópera una señora tarareaba “Corazón partío” mientras caminaba a la salida. Como muchos de los asistentes ya había cumplido con genio y figura, así que le vino el desliz de autenticidad, su vida sentimental de diario, algo así como salir de misa el domingo y rayarle la madre al limosnero.

Si nos clasificáramos con las canciones que corren en nuestras venas –No las que decimos que nos gustan para colarnos en alguna clase- sino las que, realmente, son la sangre que circula en nuestras arterias, entenderíamos de volada la teoría de conjuntos de Cantor, nos intersectaríamos, nos uniríamos, nos avecindaríamos y seríamos ajenos, todo al mismo tiempo y lograríamos ser el imposible conjunto de conjuntos. Le daríamos existencia firme a la enciclopedia china de Borges, citada en el libro de Foucault.

El último descubrimiento de nuestro saber es el redescubrimiento de Linneo, una taxonomía feroz que todo lo clasifica, haciendo del árbol filogenético de todos un bosque impenetrable hasta para Hansel y Gretel. Han surgido las fenomenologías más chistosas ¿Es usted metrosexual? No soy vegetariano… ¡Ah! Yo soy Géminis, ella es fresa y anda con un naco. Sí, pero no deja de ser chido. Así que las canciones que hablan de una señora con sombrero como el que se ponía el viejo Chagall se vuelven de culto. Si los jóvenes se acuerdan de Milanés es porque volvió a las raíces: el son y el bolero, lugares musicales a donde volvieron los rockeros cuando descubrieron que el español no tiene acento diatónico y está hecho para las cuartetas y las décimas. Nomás soltaron a los viejitos que cantaban para burgueses –la Vieja Trova- y la nueva necesitó medias suelas. En definitiva: las canciones no sirven para vender conciencia, sirven más bien para que aflore el inconsciente. Aún recuerdo a los vejetes muriéndose de nostalgia viendo a un Joven Jagger setentañero saltando, gritando y erecto.

Pero estábamos en lo de la taxonomía, las clasificaciones. Hay estudios –se dice que científicos- para determinar el sexo del hijo antes de darse a la calistenia del balero. Estudios para saber porqué los transexuales se prefieren rubias. Estudios para saber lo que sienten los niños según su número de lista. Estudios para saber que clase de buling afecta a los feos. Estudios para saber a qué clase de pendejez pertenecemos y hasta estudios para saber qué hijos tuvieron los que fueron casaderos en el 68. En este libro, sin leerlo con mucho cuidado, dejando en el desenfado y la sonrisa idiota las afirmaciones, se da uno cuenta de que Engels leyó así a Fabuerbach y por eso descubrió la lectura sintomal. La mejor y más efectiva clasificación la descubrió Fernández Christlieb, (Cuando a este texto se aplica uno a lo que calla, entonces quisiera saber de dónde salió este método de pensamiento contra el desdén académico, de seguro ahí hay deliciosos chismes que, cuando los sepamos, serán también parte de la academia) a usted le salen las cosas, ahora, según las canciones que escuchó sin escuchar en alguna etapa singular de su vida. Dice que hay de músicas a músicas, la música nada más y la de las palabras y cuando se privilegia la primera sin darle importancia a la segunda, dejando que las palabras digan cualquier cosa o nada “Es un chico bien/ye-ye/usa botas y gazné…” o “Se paran de puntas como un puercoespín/Parecen estatuas de san peluquín…”, Explica el comportamiento de quienes nos gobiernan ahora, porque fueron las canciones de su juventud.



Así que Sabina tuvo razón. En un restorán de Madrid lo saludó un señor diciéndole “…soy el embajador de México en España” a lo que el cantante contestó: “yo también” y con esto se demuestra lo que dije al principio: las canciones nos hacen iguales, a unos más que a otros, porque a Sabina lo conocen todos aquí y allá, mientras que a Zermeño… Que tiene que hacer cita con el presi, que, sin empacho, quebró su apretadísima agenda para comer con Sabina en Los Pinos.

Como ve usted, esta manera de hacer la historia de diario y reflexionar con cuidado sobre las cosas que hacemos con la mayor simpleza, nos puede llevar a explicaciones que expliquen el porqué de los niños de Harvard, de Yale y los de cualquier colegio, incluidas las escuelas públicas. No cabe duda que lo mismo se podría hacer con los líderes sindicales, los ninis, los padrotes y los ejecutivos, las feministas a ultranza, los machos irredentos, los homosexuales arrepentidos… en fin, replantearnos la sociología, la teoría de masas, la mecánica cuántica y la aritmética transfinita junto con las finadas clases de cocina de Diego…

Le decía, soy de radio, conocí la tele a los 14 años, por eso no tengo secretos. No había más que el radio y el cine y por las tardes el arte de la conversación viendo y oyendo –junto con la XESB- a mis tías en las mecedoras sobre la banqueta, oyendo –junto con la rocola del club Churubusco- las tallas de mi tío Raberiano y el tío Vito. Por eso ahora se me antoja inexplicable que a los políticos no les haya dado por ser cantantes, es la manera idónea de la buena fama y aunque sea posible que, en un futuro próximo, tengamos presidente actor, mejor sería un cantante ¿No cree? El Ojo de Vidrio, Rafles, el ladrón de las manos de seda o Lacroix eran los personajes más famosos junto al Panzón Panseco ¿Porqué no cantar canciones donde los héroes sean diputados o candidatos en lugar de prohibir los narcocorridos?Recuerdo que a mis amigos les parecía cursi Agustín Lara, pero no tenían empacho en cantar “ Nena quiero estrechar tu mano” dejándose el pelo largo y a las muchachas de la secu cantarnos “Tomás uuuuhhuu Tomás que feo estás” así que imagínese cómo nos hicimos viejos… Salvadas todas las distancias no nos quedó más que el cinismo, algunos cínicos, nada más, otros, como Sabina, casi en el sentido de Diógenes. Mucho antes de las redes sociales, antes del celular y la internet, nos dimos cuenta, gracias a las canciones de la radio, que la intimidad era puro cuento, que si a alguien se le veían los ojitos como quinceañera recién desquintada con alguna canción era porque no tardaba en dejarnos solos en el billar, que si mi oximorónica tía Anita recordaba su brillante oscuro pasado era porque había escuchado una nueva canción que era igualita que la del burdel de sus amores: Virgen de medianoche con Daniel Santos, que a mi tía Bacha, bizca ella, se le enderezaban los ojitos con La Cucaracha y la motita que conseguía de vez en cuando con los mineros. Hay cinismos de la clase de María Carey, cuyas canciones nos arrancan los ojos a mordidas hasta llegar a la lobotomía, otros como el de la rubia Pau, que nos deja como adolescentes con primera regla y el de Ricky Martin que cuando lo escuchamos corremos a buscar una mano amiga….

Es la memoria, la puta y pinche memoria, pero no como para pensar ancianamente, en la mecedora esperando que los hijos nos hagan la caridad de llevarnos a pasear, no para pensar que todo tiempo pasado fue mejor, no, la memoria se malgasta con la nostalgia porque se queda uno estacionado añorando el sexo que nunca tuvo, desentonando canciones viejas -que son las mismas que las de ahora-. Si escuchamos al desgaire pero leemos nuestra experiencia con las canciones “Cual casi todo perro popular” –Diría Zitarrosa, nos damos cuenta de que la memoria no trae el pasado no tal como ocurrió, sino como debió acaecer mejor, que gracias a las canciones la memoria nos trae pedazos de estructuras que ahora, aquí y ahora, nos son útiles –“Noche de Ronda-Noche de copas-Me abandonaste mujer porque soy muy pobre-No tengo dinero ni nada que dar….” Fíjese cuales canciones han marcado su vida y le será más divertido que el diván del psicoanálisis y mucho más barato, total, la cura total no existe, sólo el total de Celio González y el de la tienda de la esquina y el de las cantinas…

No soy quien para hacer recomendaciones, pero le aseguro que Filosofía de las Canciones que salen en el Radio es una de las lecturas más útiles y divertidas que he tenido, es una lectura de varios, Mi compadre Erick, que lee en el baño –y lee mucho- de esa manera mide la intensidad de sus afanes, le asignaría varias jaladas a la palanca y no pocas veces de nalga dormida, aunque oiga pura música clásica –Eso dice él, pero lo he descubierto tarareando las de La Academia y La Voz México.- Que, a propósito, las canciones salen en la tele a condición de que el radio las haya hecho conocidas.

Acaso cuando usted lea este libro pueda descifrar el acertijo de moda, la adivinanza que trae en vilo desde hace algunos años a intelectuales y psiquiatras con Aserejé de Las Ketchup: “Y la baila y la goza y la canta aserejé…” Que no se puede resolver si no se ha escuchado, sin escuchar Me gustas tanto, la última de Paulina Rubio.

Puede que pormenorizando y con mucha picardía, descubramos que esta poesía de diario, como la llama Zaid, es la que engendra esas imágenes sesudas de muchos poetas que quieren salir del coro, no es difícil si se tiene la malicia bendita de llegar a donde abrevan los suicidas, los concupiscentes, los circunspectos, los secuaces de nadie, los cómplices de nada, las estafirulitas dentríficas y los ferratines alegóricos.

Buena suerte y muchas gracias.

Monterrey, noviembre de 2011.

... y Pablo




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Gracias a Pablo por el libro y a Livier por compartirnos los textos y las fotos. A edblacksoul le tomamos el video prestado, también gracias.

21 de noviembre de 2011

P. N. B. (Producto Nacional Bruto)

por O.R.G.I.A.


P. N. B. es un video acerca de hombres y mujeres comportándose como Dios manda.

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O.R.G.I.A es un monstruo de cuatro cabezas (las de Sabela Dopazo, Beatriz Higón, Carmen Muriana y Tatiana Sentamans), que desde el año 2001 plantea su investigación y creación artística en torno a cuestiones relativas al género, al sexo, y a la sexualidad, desde un posicionamiento feminista y queer.

VJ: Lirba Cano.

18 de noviembre de 2011

Pasado y memoria colectiva


Salvador Iván Rodríguez Preciado habla del pasado desde el punto de vista de la memoria colectiva en el programa de radio Itesuena:

[Audio del programa]


16 de junio de 2011, http://itopica.iteso.mx.

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Iván es profesor de psicología social en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) en Guadalajara, México. Agradecemos su aportación.


Foto de Lirba Cano.

17 de noviembre de 2011

De drogas y hackers

Introducción a una clase de psicología social construccionista
por Héctor Eduardo Robledo


El periodista Carlos Marín señaló hace poco desde la primera plana del periódico que dirige, después de que la procuradora general de la República Mexicana constatara «que la disputa por el control territorial del narcomenudeo es la causa principal de las matazones entre bandas criminales», que «quienes compran drogas a los narcomenudistas (por "poquito" o "mucho" que sea y para reventa, consumo, inducción a menores o lo que fuera), son quienes financian a gente como la que antier botó 35 cadáveres a unos pasos del monumento a los voladores de Papantla, o la que ayer, en las inmediaciones del recinto donde se reúnen los procuradores de justicia de todo el país, sembraron los cuerpos de otros 11 ejecutados» (Milenio Diario, 23/09/2011).
La semana pasada, mientras comentaba con ustedes esta nota, me invadió otra vez la sensación de, después de haber estado cuatro años fuera de México, haber vuelto a un país distinto al que dejé. Literalmente: de cinco años para acá la realidad mexicana es otra. Imaginen volver, después de un largo tiempo de viaje, a la casa donde crecieron, donde vivieron más de 20 años de su vida, y que la encuentren en ruinas –si que las plazas y calles de este país sirvan de botaderos de cadáveres en vez de lugar de tránsito y convivencia de peatones no es estar en ruinas entonces qué lo es.
Mientras comentábamos también algunos sucesos de esta reciente y trágica realidad mexicana, los malestares se fueron acumulando con el andar de las palabras, hasta topar con esa idea anarquista y libertaria que tiene Tomás Ibáñez de la psicología social que, según dice, le exige salvajemente defender la construcción de un mundo donde nadie nos obligue a vivir de tal o cual manera nuestra vida (Ibáñez, 2005, 2007), y declarar además que no existe conocimiento moralmente neutro.
El conocimiento de la psicología social construccionista (por tanto anarquista, libertaria) fomenta libertades, y no “La Libertad”, una abstracción hoy vacía de sentido en tanto que ha sido reducida a libertad de consumo. Tampoco es que deba fomentarlas, sino que es inherente a su teoría. Desde la investigación y docencia que aquí proponemos, las libertades por las que trabajamos son:
  • La libertad de moverse en dos pies (y en carriolas y en sillas de ruedas) por la ciudad a cualquier sitio y a cualquier hora.
  • La libertad de desempeñar la actividad –productiva o no— que se prefiera, esto es, de no trabajar, entendiendo por trabajo subordinación, sacrificio y supervivencia.
  • La libertad de cruzar cualquier frontera y asentarse sin peligro en cualquier territorio sin ser maltratado ni discriminado.
  • La libertad de hacer todo lo anterior sin que las formas, los colores y los genitales del cuerpo que lo hacen importe y
  • la libertad de que ese cuerpo haga lo que le de la gana consigo mismo.
No se puede decir, por supuesto, que estas sean las únicas libertades que importen, ni que sean todas las que hay. Personalmente son las que, debido a mis experiencias, me interpelan cuando pienso la realidad de este país desde la psicología social.

Tampoco puedo dejar de lado que mi perspectiva está moldeada por mi propia historia, ni ignorar que gracias a que provengo de una familia con ciertas ventajas socio-económicas respecto a la mayoría de personas en este país (como estoy seguro que es el caso de la mayoría de ustedes), puedo acceder a un ambiente universitario como éste, que me permite participar del conocimiento de la psicología social.
Algún marxista diría que nací pequeño burgués, esa clase social intermedia entre la burguesía y el proletariado que no se mancha las manos para trabajar sino que paga a otros para que lo hagan, que vive para tener la barriga llena y satisfacer alguno que otro capricho de la vida moderna. Así que mis preocupaciones libertarias pueden ser algo pequeñoburguesas.
Por ejemplo, la libertad de utilizar drogas de la que hablaba el otro día. Ahí se me podría achacar que defiendo un placer de itesianos hijos de papi a costa de la sangre de muchos que nacieron pobres y jodidos. Preocupación pequeñoburguesa a cual más. Sin embargo, mi propia investigación –interprétenlo como quieran- me lleva a sostener que los placeres, provengan de los sentidos, de las ideas, del contacto con otros, del juego con uno mismo, de las imágenes, de la música, del café, del cine, de hierbas naturales o de sustancias sintéticas, colman la vida de significados; y me lleva a cuestionar que si de esta lista los placeres más intensos son prohibidos y castigados, es porque hay quienes consideran a aquellos que los experimentan peligrosos o improductivos. Michel Foucault, siempre varios pasos más adelante, decía en una entrevista lo siguiente:
Es desesperante que no consideremos el problema de las drogas más que desde el punto de vista de la libertad o de la prohibición. Las drogas deben convertirse en un elemento cultural [...] Debemos conocer las drogas, probar las drogas; producir buenas drogas, que induzcan placeres intensos. El puritanismo que reina en relación con las drogas -un puritanismo que obliga a estar a favor o en contra- es un craso error. Las drogas son parte integrante de nuestra cultura: igual que existe buena y mala música, hay buenas y malas drogas. E igual que sería estúpido decir que estamos contra la música, es estúpido decir que estamos contra las drogas (Foucault, 1981).
Es decir, ¿por qué siquiera tenemos que discutir acerca de ello? ¿No es obvio que por algo las drogas gustan a tanta gente (como la música, el alcohol y el tabaco)? ¿Por qué no es posible que quede en nuestras manos la decisión de su uso? ¿No son los solventes también utilizados para fines semejantes y su venta no está prohibida? ¿O la guerra contra las drogas se centrará también las tlapalerías?
Hace unos meses que vi y escuché por televisión al presidente Calderón expresar que, además de su decidida lucha contra los cárteles de la droga, el gobierno mexicano estaba invirtiendo importantes cantidades de dinero en el desarrollo de vacunas contra la adicción a la marihuana y a la cocaína, me quedó claro que hay alguien que quiere vernos la cara en nombre de su ignorancia y su moralina. Pero el presidente ya tuvo oportunidad de ver algunos efectos positivos de estas vacunas en desarrollo –que se experimentan en su recién inaugurado “Centro Biopsicosocial en Materia de Adicciones”— en un ratón (“La entrevista con Sarmiento”, 27/07/2011) .
Gente de psicología: ¿provienen las adicciones de procesos ajenos a las experiencias sociales? ¿son ajenas las adicciones a vidas que se vacían de significado? ¿Qué chingados tiene qué hacer entonces una vacuna? ¿Habrá entonces vacunas contra la violencia doméstica, el tedio, la explotación, la miseria moral y el miedo (que suelen ser el caldo de cultivo de las adicciones)? Por cierto, se sabe también que las tecnologías electrónicas como el internet y los videojuegos cuentan con varios miles de adictos, ¿van a prohibirlas también? Ah, es que las tecnologías nos resuelven ciertas necesidades ¿Están seguros de que las drogas no? ¿Qué pensarán los ratones?

¿Qué ocurre con alguien que se entrega al placer de los sentidos? ¿Por qué ha de ver limitada su experiencia? ¿Es de verdad la exigencia del placer un capricho pequeñoburgués? No sólo Michel Foucault, sino también el sociólogo alemán Max Weber da pistas para pensar lo contrario en su célebre obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905). Según Weber el trabajo se convierte en un valor en sí mismo a partir del siglo XVI, en una vocación, en propósito vital. Es decir, trabajar es bueno porque sí: no importa para qué ni para quién se trabaja, uno debe vivir entregado a sus horarios laborales y el placer del descanso no puede ser más que una recompensa al trabajo.
En esta idea –enseñada por los protestantes en la Europa de aquel siglo— están fundamentados los pilares del modo de vida impuesto por el mundo occidental: trabajar, producir y consumir. Lo curioso es que, aparentemente, la humanidad lleva desde entonces desarrollando tecnologías para esforzarse menos en el trabajo, como si hubiera un pensamiento histórico que le exigiera eludirlo. Aún así, la lógica del trabajo se impone y lo único que logramos es estar cada generación más ocupados. Uno desde su corta historia individual pensaría que así tiene que ser porque si no el dinero no alcanza, y es verdad, pero sólo es verdad gracias a la ética protestante del capitalismo. Hasta aquí nos ha traído.
Pekka Himanen, escritor finlandés, propone en su libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (2001), que las tecnologías tampoco son por sí mismas artífices de nuestra esclavitud al trabajo. Pueden ser incluso todo lo contrario. Para ello propone una ética fundamentada en los modos de vida de los hackers. Los hackers –según Himanen— lejos de ser individuos aislados y ensimismados en las computadoras, son comunidades de personas que sin conocerse colaboran de forma entusiasta para generar conocimiento por el puro placer de hacerlo, caso de los programadores y usuarios de todo el mundo que han contribuido a construir las plataformas de software libre (linux).

El modelo de código abierto (que puede ser usado, intervenido y mejorado por cualquiera) de los hackers es más cercano a la Academia de Platón, comunidad reunida para compartir libre y horizontalmente lo que saben, que a la escolástica del Monasterio de San Benito, donde el discípulo se calla y absorbe mientras el maestro dicta cátedra (regla 6), y que es –otra vez Himanen explicando a Weber— uno de los pilares de la ética protestante del capitalismo. La escuela prevalece sobre la academia. Los hackers se preguntan si tiene sentido un modelo de código cerrado, ¿podría desarrollarse exitosamente una teoría científica que tuviera copyright? Ese es el estatus que quisieran conservar la industria musical, las empresas farmacéuticas y alimentarias y los oscuros gobiernos, pero afortunadamente el desarrollo de la red basado en una ética hacker se los está poniendo difícil.



Resumiendo, la ética hacker consiste en hacer lo que nos apasiona y compartirlo con los demás. ¿Qué sacrificio (moral cristiana, ética protestante) puede haber en ello? En otras palabras, se trata de una ética del placer, un placer que no es a costa de doblegar a otros sino de compartir con ellos. ¿No podríamos aplicar esta ética al uso de las drogas como clamaba Foucault? ¿Producir buenas drogas, aprender a utilizarlas en pro del placer, enseñar a nuestros hijos a utilizarlas (lo cual implica una idea de familia también como comunidad de conocimiento) y, llegado el momento consensuado por la comunidad, permitir que decidan qué experiencias sensoriales tener?
Sé que en estos momentos el problema de la “guerra contra el narco” en México es mucho más compleja que lo que mis palabras anteriores podrían sugerir, pero por algún lado tenemos que empezar. Perdonará que traiga a un aula universitaria lo que parecería una apología de las drogas, pero si no hablamos de este asunto aquí y ahora ¿cuándo? ¿Cuando nos demos cuenta de que hemos adelgazado tanto nuestra cultura (de la que las drogas forman también parte, como decía Foucault) que la vida ya no es posible más allá de la supervivencia?
Por otro lado, quería poner de manifiesto mis preocupaciones, esas a las que me ha llevado a reflexionar la psicología social construccionista, volviendo a la idea de que no hay conocimiento neutral. Ni nota periodística. Cuando un periodista utiliza la primera plana de un diario nacional para señalar con el dedo quién financia las narcomasacres de este país, lo que está queriendo decir es “yo no soy”. Está diciendo que la culpa es de quien busca el placer, no de quien lo prohibe. Como dijo el profesor Iván Rodríguez en esta misma clase, negar la responsabilidad de la realidad que estamos viviendo es participar también en su construcción, y miren lo que nos está saliendo.
Guadalajara, 5 de octubre de 2011.

Referencias:
Calderón Hinojosa, Felipe, en el programa televisivo “La entrevista con Sarmiento”, TV Azteca, México, 27/07/2011. Versión estenográfica.

Ibáñez, Tomás (2005) Contra la dominación.Variaciones sobre la salvaje exigencia de libertad que brota del relativismo y de las consonancias entre Castoriadis, Foucault, Rorty y Serres. Barcelona: Gedisa.
Ibáñez, Tomás. “¿Por qué he elegido la anarquía?”, en Ibáñez (2007) Actualidad del anarquismo. Buenos Aires: Terramar. Págs. 9-10. Descargar libro.
Foucault, Michel (1981) “De la amistad como modo de vida”, entrevista con René de Ceccaty, J. Danet y J. Le Bitoux/Letra S. Modemmujer, 2004.
Himanen, Pekka (2001) La ética del hacker y el espíritu de la era de la información. Barcelona: Destino, 2002.
Marín, Carlos. “¿'Si liberas, mato a tu gente'?”, columna “El asalto a la razón” en Milenio Diario, México, 23/09/2011. Pág. 1.
Weber, Max (1905)La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Barcelona: Península, 1969.
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Héctor Eduardo Robledo es profesor de psicología social en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) en Guadalajara, México.
Fotografías: 1 y 2 por Chac; 3 por Lirba Cano.

1 de noviembre de 2011

El tiempo a los veinte años en el siglo XXI

por Pablo Fernández Christlieb


El tiempo a los veinte años en el siglo XXI - Dr... por Tama1729

Conferencia para la mesa redonda "Adolescencia y Juventud: de hoy al mañana", parte de la serie de simposios "Las ciencias en la UNAM. Construir el futuro de México", realizada en la Facultad de Psicología el 6 de abril de 2011.

10 de junio de 2011

Por un positivismo poético

Fragmento de su libro Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles. Barcelona: Anagrama, 2007. Págs. 109-127.




Demandar una actitud naturalista en el etnógrafo -de espacios públicos o de cualquier otra realidad- implica, en primera instancia, reclamar la vigencia del axioma de toda perspectiva científica: el mundo existe, está ahí, y los humanos podemos conocer algo de él si lo observamos con detenimiento. Cuando se habla del mundo se hace referencia a lo mismo que Paul Valéry definía como tal: "Llamo mundo al conjunto de incidentes, de órdenes, de interpelaciones y de solicitaciones de todas clases y de todas las intensidades que sorprenden al espíritu, que lo conmueven, que lo desconciertan". En efecto, se está hablando aquí, ciertamente, de una actitud, una predisposición a entender que la etnografía -primer paso de cualquier indagación antropológica- es ante todo una actividad perceptiva basada en un aprovechamiento intensivo, pero metódico, de la capacidad humana de recibir impresiones sensoriales, cuyas variantes están destinadas luego a ser organizadas de manera significativa. El trabajo etnográfico consiste pues en una inmersión física exhaustiva en lo tangible -esa sociedad que forman cuerpos móviles y visibles, entre sí y con los objetos de su entorno-, con el propósito de, en una fase posterior, convertir las texturas en texto -la etnología- y el texto en análisis que permitan hacer manifiesto el sentido de lo sentido: la antropología propiamente dicha.

Esta postulación no ignora la evidencia de que no podemos concebir la realidad observada como independiente del observador, de acuerdo con un idealismo objetivista que hoy casi nadie estaría en condiciones de sostener. No se ignoran ni se soslayan preguntas fundamentales ante la monografía etnográfica, como son: ¿hasta qué punto pudieron, supieron o quisieron sus autores evadirse del peso de la autoría personal?; ¿cómo ignorar, en literatura etnológica, la responsabilidad del lenguaje?; ¿cómo percibir dónde acaba lo descrito y empieza aquel que describe? Es decir no se olvida que la literatura etnográfica es un área donde reverbera la cuestión más general de cómo se asocia la palabra escrita con la vida, y, más allá, todavía, la del tema filosófico mayor de la posibilidad misma de la verdad. Es decir, no se olvida que el etnógrafo pretende aplicar su vocación naturalista sobre un objeto de estudio -el ser humano-, sobre el cual inevitablemente incide, pero que tiene a su vez la virtud de incidir sobre aquel que lo estudia. El antropólogo, en este caso, trabaja sobre una realidad que le trabaja. Otra cosa es que se reconozca como pertinente esa querella que enfrenta en diversos frentes lo “subjetivo” y lo “objetivo” en las ciencias humanas y sociales, en una dicotomía cuyos términos son más que discutibles.

[...]


Se defiende, pues, que nada debería justificar una renuncia a la observación directa de los hechos sociales y al intento honrado de -con todas las limitaciones bien presentes- explicar posteriormente lo observado, en el doble sentido de relatarlo y advertirlo en tanto que organización. Es más, esa necesaria aprensión sobre el papel de la autoría en los trabajos de antropología no tiene nada de incompatible con la vindicación de un reforzamiento en su centro del viejo paradigma de la racionalidad explicativa -por emplear la terminología de Dilthey-, que la rescate del desarme que ha constituido la preeminencia en una última etapa de la antropología interpretativa, de una antropología posmoderna devenida antiantropología y de la competencia desleal ejercida desde los llamados estudios culturales, con su énfasis en lo imaginario y en la supuesta autonomía de los hechos culturales. Esa disolución de la antropología en la retórica hermenéutica y la hegemonía de lo discursivo -representar representaciones- ha implicado en buena medida un desmantelamiento del plan con que la antropología nació de constituirse en una ciencia de la observación y la descripción de lo dado, en busca de los principios que lo rigen y sus alteraciones.

[...]



Resulta interesante ver en qué forma el naturalismo literario ha tenido una continuidad en obras y autores que aparentemente rompieron con la tradición. Joyce, Proust y Musil, escritores tan asociados al surgimiento de las vanguardias del siglo XX, no sólo no negaron la obsesión descriptiva del naturalismo sino que exacerbaron su intención central de agotar todo lo que se sometiera al imperio de los sentidos, siendo la nueva naturaleza por inventariar con el máximo escrúpulo y detalle la vida urbana, los objetos cotidianos de apariencia más irrelevante, los acontecimientos más minúsculos o incluso la propia subjetividad.1 Quien recoge esa herencia es el nouvel roman francés, con autores como Robbe-Grillet, Michel Rio y muy especialmente Georges Perec, cuya escritura -piénsese en Las cosas o La vida, instrucciones de uso- merecería ser reconocida como una fuente de inspiración y un modelo de lo que podría ser esa etnografía de la vida en espacios urbanos de la que aquí se postula la urgencia.

Algo parecido podría decirse en relación con el naturalismo pictórico del XIX, cuya herencia ha sido recogida por un determinado tipo de cine tanto documental como de ficción. No es casual que una de las reflexiones más profundas que se hayan hecho sobre la labor de compilar lo que está ahí, a veces casi como desechado o insignificante, haya sido la película Les glaneurs et la glaneuse, de la directora francesa Agnès Varda (1999), una meditación visual sobre la vigencia del gesto de agacharse para recoger cosas del suelo que Jean-François Millet supo retratar de manera sublime en su cuadro Las espigadoras, expuesto por primera vez en el Salón de París de 1857. Homenaje de Varda a Millet y a las campesinas indigentes del cuadro, que son autorizadas a recoger lo que los jornaleros han desdeñado. Tributo también a todos los seres humanos que en nuestros días continúan mimando a su mismo ademán de encorvar su espalda para tomar lo que otros no han querido: traperos, rebuscadores en la basura, recicladores, recogedores de resto de cosecha... Entre ellos, la propia cineasta -por extensión, el propio etnógrafo- que es la espigadora a la que se refiere el título del film y que no hace sino eso mismo: recolectar instantes semejantes a esos objetos viejos, gastados o humildes que otros rescatan entre la inmundicia o del suelo. Pero en ese homenaje a Millet hay algo más que un elogio de una humanidad hiperconcreta -ese cuerpo que trabaja inclinándose-. Hay también una llamada en favor de recuperar ese giro posromántico que el naturalismo pictórico encarna y que encuentra lo esencial, como señalan Deleuze y Guattari. Traslación que la etnografía urbana debería reeditar y que entiende que lo que importa no son las formas, las materias o los temas, sino las energías, las densidades y las intensidades.


La espigadora y las espigadoras de Agnès Varda





Más del positivismo poético de Manuel Delgado.

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VJ: Lirba Cano