17 de noviembre de 2011

De drogas y hackers

Introducción a una clase de psicología social construccionista
por Héctor Eduardo Robledo


El periodista Carlos Marín señaló hace poco desde la primera plana del periódico que dirige, después de que la procuradora general de la República Mexicana constatara «que la disputa por el control territorial del narcomenudeo es la causa principal de las matazones entre bandas criminales», que «quienes compran drogas a los narcomenudistas (por "poquito" o "mucho" que sea y para reventa, consumo, inducción a menores o lo que fuera), son quienes financian a gente como la que antier botó 35 cadáveres a unos pasos del monumento a los voladores de Papantla, o la que ayer, en las inmediaciones del recinto donde se reúnen los procuradores de justicia de todo el país, sembraron los cuerpos de otros 11 ejecutados» (Milenio Diario, 23/09/2011).
La semana pasada, mientras comentaba con ustedes esta nota, me invadió otra vez la sensación de, después de haber estado cuatro años fuera de México, haber vuelto a un país distinto al que dejé. Literalmente: de cinco años para acá la realidad mexicana es otra. Imaginen volver, después de un largo tiempo de viaje, a la casa donde crecieron, donde vivieron más de 20 años de su vida, y que la encuentren en ruinas –si que las plazas y calles de este país sirvan de botaderos de cadáveres en vez de lugar de tránsito y convivencia de peatones no es estar en ruinas entonces qué lo es.
Mientras comentábamos también algunos sucesos de esta reciente y trágica realidad mexicana, los malestares se fueron acumulando con el andar de las palabras, hasta topar con esa idea anarquista y libertaria que tiene Tomás Ibáñez de la psicología social que, según dice, le exige salvajemente defender la construcción de un mundo donde nadie nos obligue a vivir de tal o cual manera nuestra vida (Ibáñez, 2005, 2007), y declarar además que no existe conocimiento moralmente neutro.
El conocimiento de la psicología social construccionista (por tanto anarquista, libertaria) fomenta libertades, y no “La Libertad”, una abstracción hoy vacía de sentido en tanto que ha sido reducida a libertad de consumo. Tampoco es que deba fomentarlas, sino que es inherente a su teoría. Desde la investigación y docencia que aquí proponemos, las libertades por las que trabajamos son:
  • La libertad de moverse en dos pies (y en carriolas y en sillas de ruedas) por la ciudad a cualquier sitio y a cualquier hora.
  • La libertad de desempeñar la actividad –productiva o no— que se prefiera, esto es, de no trabajar, entendiendo por trabajo subordinación, sacrificio y supervivencia.
  • La libertad de cruzar cualquier frontera y asentarse sin peligro en cualquier territorio sin ser maltratado ni discriminado.
  • La libertad de hacer todo lo anterior sin que las formas, los colores y los genitales del cuerpo que lo hacen importe y
  • la libertad de que ese cuerpo haga lo que le de la gana consigo mismo.
No se puede decir, por supuesto, que estas sean las únicas libertades que importen, ni que sean todas las que hay. Personalmente son las que, debido a mis experiencias, me interpelan cuando pienso la realidad de este país desde la psicología social.

Tampoco puedo dejar de lado que mi perspectiva está moldeada por mi propia historia, ni ignorar que gracias a que provengo de una familia con ciertas ventajas socio-económicas respecto a la mayoría de personas en este país (como estoy seguro que es el caso de la mayoría de ustedes), puedo acceder a un ambiente universitario como éste, que me permite participar del conocimiento de la psicología social.
Algún marxista diría que nací pequeño burgués, esa clase social intermedia entre la burguesía y el proletariado que no se mancha las manos para trabajar sino que paga a otros para que lo hagan, que vive para tener la barriga llena y satisfacer alguno que otro capricho de la vida moderna. Así que mis preocupaciones libertarias pueden ser algo pequeñoburguesas.
Por ejemplo, la libertad de utilizar drogas de la que hablaba el otro día. Ahí se me podría achacar que defiendo un placer de itesianos hijos de papi a costa de la sangre de muchos que nacieron pobres y jodidos. Preocupación pequeñoburguesa a cual más. Sin embargo, mi propia investigación –interprétenlo como quieran- me lleva a sostener que los placeres, provengan de los sentidos, de las ideas, del contacto con otros, del juego con uno mismo, de las imágenes, de la música, del café, del cine, de hierbas naturales o de sustancias sintéticas, colman la vida de significados; y me lleva a cuestionar que si de esta lista los placeres más intensos son prohibidos y castigados, es porque hay quienes consideran a aquellos que los experimentan peligrosos o improductivos. Michel Foucault, siempre varios pasos más adelante, decía en una entrevista lo siguiente:
Es desesperante que no consideremos el problema de las drogas más que desde el punto de vista de la libertad o de la prohibición. Las drogas deben convertirse en un elemento cultural [...] Debemos conocer las drogas, probar las drogas; producir buenas drogas, que induzcan placeres intensos. El puritanismo que reina en relación con las drogas -un puritanismo que obliga a estar a favor o en contra- es un craso error. Las drogas son parte integrante de nuestra cultura: igual que existe buena y mala música, hay buenas y malas drogas. E igual que sería estúpido decir que estamos contra la música, es estúpido decir que estamos contra las drogas (Foucault, 1981).
Es decir, ¿por qué siquiera tenemos que discutir acerca de ello? ¿No es obvio que por algo las drogas gustan a tanta gente (como la música, el alcohol y el tabaco)? ¿Por qué no es posible que quede en nuestras manos la decisión de su uso? ¿No son los solventes también utilizados para fines semejantes y su venta no está prohibida? ¿O la guerra contra las drogas se centrará también las tlapalerías?
Hace unos meses que vi y escuché por televisión al presidente Calderón expresar que, además de su decidida lucha contra los cárteles de la droga, el gobierno mexicano estaba invirtiendo importantes cantidades de dinero en el desarrollo de vacunas contra la adicción a la marihuana y a la cocaína, me quedó claro que hay alguien que quiere vernos la cara en nombre de su ignorancia y su moralina. Pero el presidente ya tuvo oportunidad de ver algunos efectos positivos de estas vacunas en desarrollo –que se experimentan en su recién inaugurado “Centro Biopsicosocial en Materia de Adicciones”— en un ratón (“La entrevista con Sarmiento”, 27/07/2011) .
Gente de psicología: ¿provienen las adicciones de procesos ajenos a las experiencias sociales? ¿son ajenas las adicciones a vidas que se vacían de significado? ¿Qué chingados tiene qué hacer entonces una vacuna? ¿Habrá entonces vacunas contra la violencia doméstica, el tedio, la explotación, la miseria moral y el miedo (que suelen ser el caldo de cultivo de las adicciones)? Por cierto, se sabe también que las tecnologías electrónicas como el internet y los videojuegos cuentan con varios miles de adictos, ¿van a prohibirlas también? Ah, es que las tecnologías nos resuelven ciertas necesidades ¿Están seguros de que las drogas no? ¿Qué pensarán los ratones?

¿Qué ocurre con alguien que se entrega al placer de los sentidos? ¿Por qué ha de ver limitada su experiencia? ¿Es de verdad la exigencia del placer un capricho pequeñoburgués? No sólo Michel Foucault, sino también el sociólogo alemán Max Weber da pistas para pensar lo contrario en su célebre obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905). Según Weber el trabajo se convierte en un valor en sí mismo a partir del siglo XVI, en una vocación, en propósito vital. Es decir, trabajar es bueno porque sí: no importa para qué ni para quién se trabaja, uno debe vivir entregado a sus horarios laborales y el placer del descanso no puede ser más que una recompensa al trabajo.
En esta idea –enseñada por los protestantes en la Europa de aquel siglo— están fundamentados los pilares del modo de vida impuesto por el mundo occidental: trabajar, producir y consumir. Lo curioso es que, aparentemente, la humanidad lleva desde entonces desarrollando tecnologías para esforzarse menos en el trabajo, como si hubiera un pensamiento histórico que le exigiera eludirlo. Aún así, la lógica del trabajo se impone y lo único que logramos es estar cada generación más ocupados. Uno desde su corta historia individual pensaría que así tiene que ser porque si no el dinero no alcanza, y es verdad, pero sólo es verdad gracias a la ética protestante del capitalismo. Hasta aquí nos ha traído.
Pekka Himanen, escritor finlandés, propone en su libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información (2001), que las tecnologías tampoco son por sí mismas artífices de nuestra esclavitud al trabajo. Pueden ser incluso todo lo contrario. Para ello propone una ética fundamentada en los modos de vida de los hackers. Los hackers –según Himanen— lejos de ser individuos aislados y ensimismados en las computadoras, son comunidades de personas que sin conocerse colaboran de forma entusiasta para generar conocimiento por el puro placer de hacerlo, caso de los programadores y usuarios de todo el mundo que han contribuido a construir las plataformas de software libre (linux).

El modelo de código abierto (que puede ser usado, intervenido y mejorado por cualquiera) de los hackers es más cercano a la Academia de Platón, comunidad reunida para compartir libre y horizontalmente lo que saben, que a la escolástica del Monasterio de San Benito, donde el discípulo se calla y absorbe mientras el maestro dicta cátedra (regla 6), y que es –otra vez Himanen explicando a Weber— uno de los pilares de la ética protestante del capitalismo. La escuela prevalece sobre la academia. Los hackers se preguntan si tiene sentido un modelo de código cerrado, ¿podría desarrollarse exitosamente una teoría científica que tuviera copyright? Ese es el estatus que quisieran conservar la industria musical, las empresas farmacéuticas y alimentarias y los oscuros gobiernos, pero afortunadamente el desarrollo de la red basado en una ética hacker se los está poniendo difícil.



Resumiendo, la ética hacker consiste en hacer lo que nos apasiona y compartirlo con los demás. ¿Qué sacrificio (moral cristiana, ética protestante) puede haber en ello? En otras palabras, se trata de una ética del placer, un placer que no es a costa de doblegar a otros sino de compartir con ellos. ¿No podríamos aplicar esta ética al uso de las drogas como clamaba Foucault? ¿Producir buenas drogas, aprender a utilizarlas en pro del placer, enseñar a nuestros hijos a utilizarlas (lo cual implica una idea de familia también como comunidad de conocimiento) y, llegado el momento consensuado por la comunidad, permitir que decidan qué experiencias sensoriales tener?
Sé que en estos momentos el problema de la “guerra contra el narco” en México es mucho más compleja que lo que mis palabras anteriores podrían sugerir, pero por algún lado tenemos que empezar. Perdonará que traiga a un aula universitaria lo que parecería una apología de las drogas, pero si no hablamos de este asunto aquí y ahora ¿cuándo? ¿Cuando nos demos cuenta de que hemos adelgazado tanto nuestra cultura (de la que las drogas forman también parte, como decía Foucault) que la vida ya no es posible más allá de la supervivencia?
Por otro lado, quería poner de manifiesto mis preocupaciones, esas a las que me ha llevado a reflexionar la psicología social construccionista, volviendo a la idea de que no hay conocimiento neutral. Ni nota periodística. Cuando un periodista utiliza la primera plana de un diario nacional para señalar con el dedo quién financia las narcomasacres de este país, lo que está queriendo decir es “yo no soy”. Está diciendo que la culpa es de quien busca el placer, no de quien lo prohibe. Como dijo el profesor Iván Rodríguez en esta misma clase, negar la responsabilidad de la realidad que estamos viviendo es participar también en su construcción, y miren lo que nos está saliendo.
Guadalajara, 5 de octubre de 2011.

Referencias:
Calderón Hinojosa, Felipe, en el programa televisivo “La entrevista con Sarmiento”, TV Azteca, México, 27/07/2011. Versión estenográfica.

Ibáñez, Tomás (2005) Contra la dominación.Variaciones sobre la salvaje exigencia de libertad que brota del relativismo y de las consonancias entre Castoriadis, Foucault, Rorty y Serres. Barcelona: Gedisa.
Ibáñez, Tomás. “¿Por qué he elegido la anarquía?”, en Ibáñez (2007) Actualidad del anarquismo. Buenos Aires: Terramar. Págs. 9-10. Descargar libro.
Foucault, Michel (1981) “De la amistad como modo de vida”, entrevista con René de Ceccaty, J. Danet y J. Le Bitoux/Letra S. Modemmujer, 2004.
Himanen, Pekka (2001) La ética del hacker y el espíritu de la era de la información. Barcelona: Destino, 2002.
Marín, Carlos. “¿'Si liberas, mato a tu gente'?”, columna “El asalto a la razón” en Milenio Diario, México, 23/09/2011. Pág. 1.
Weber, Max (1905)La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Barcelona: Península, 1969.
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Héctor Eduardo Robledo es profesor de psicología social en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) en Guadalajara, México.
Fotografías: 1 y 2 por Chac; 3 por Lirba Cano.

3 comentarios:

szalvador dijo...

La libertad, valor supremo, implica también la libertad de equivocarse y la de retomar o reencontrar un camino de crecimiento individual, con o sin drogas, con o sin dinero, con o sin trabajo. Todo es accesorio, toda conducta y toda circunstancia más o menos sancionada, ante lo esencial: la superación y la realización personal en tanto individuo y en tanto ser colectivo y ser en el mundo. Ser más, ser mejor, para sí y para los demás debería se la consigna, aquí y ahora. Y siempre.

Abraham Villagrana dijo...

A mi se me hace desesperante como es que vivimos en una sociedad que toda via cree que las amenazas y los castigos realmente ayudan a crear una sociedad mejor.

Como al considerar algo malo, los padres de familia, la iglesia y el gobierno se empeña tanto en dejar a las personas a oscuras y en ignorancia absoluta.

Y como las personas que estan en las carceles se ven deshumanizadas por los dedos que les apuntan y les dicen: hiciste algo malo, ahora paga las consecuencias. Y no solo eso, también me desespera el como una acción, (haber matado a alguien) se convierte en una etiqueta, en un "tu eres un asesino", como si eso cambiara lo que realmente somos.

Hace un par de semestres en mi PIP, me toco leer un articulo que me gusto mucho sobre como las carceles deberian ir cambiando para ser menos un centro de castigo, y mas un espacio para aprender de los errores y poder realizar un cambio.

Me pregunto: ¿Como esto algun dia puede ser una realidad, cuando vivimos para castigar y criticar negativamente? ¿Y cuando, ponerle mas importancia al castigo que a la rehabilitacion nos tiene donde estamos como sociedad?

David Meiszner dijo...

Hola Héctor, me gusto mucho tu escrito y con tu permiso lo incluí en mi trabajo integrador de esta semana. Espero haber leído bien, con atención y no haber mal interpretado tus ideas.
Espero tus critica.
Meiszner