Historia de una palabra: "QUEER"

por Beatriz Preciado
pirateado de Parole de Queer, 15 de abril-15 de junio 2009. Págs. 14-17.

Para aquellos que crecimos siendo niñas tortilleras en los años inmediatamente posteriores al franquismo es difícil acostumbrarse al éxito del artefacto ""queer"" y a su trasformación en "chic cultural". Quizás convenga recordar que detrás de cada palabra hay una historia, como detrás de cada historia hay una batalla por fijar o hacer mudar las palabras. A todo aquel que afirme una identidad sexual Mina le cantará al oido: parole, parole, parole...

Hubo un tiempo en que la palabra "queer" sólo era un insulto. En lengua inglesa, desde su aparición en el siglo XVIII, "queer" servía para nombrar aquel o aquello que por su condición de inútil, mal hecho, falso o excéntrico ponía en cuestión el buen funcionamiento del juego social. Eran "queer" el tramposo, el ladrón, el borracho, la oveja negra y la manzana podrida pero también todo aquel que por su peculiaridad o por su extrañeza no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer.


La palabra "queer" no parecía tanto definir una cualidad del objeto al que se refería, como indicar la incapacidad del sujeto que había de encontrar una categoría en el ámbito de la representación que se ajuste a la complejidad de lo que pretende definir. Por tanto, desde el principio, "queer" es más bien la huella de un fallo en la representación lingüística que un simple adjetivo. Ni esto, ni aquello, ni chicha ni limoná... "queer". Lo que de algún modo equivale a decir: aquello que llamo "queer" supone un problema para mi sistema de representación, resulta una perturbación, una vibración extraña en mi campo de visibilidad que debe ser marcada con la injuria.

Es necesario desconfiar del "queer" como se desconfía de un cuerpo que por su mera presencia desdibuja las fronteras entre las categorías previamente divididas por la racionalidad y el decoro. En la sociedad victoriana que defendía el valor de la heterosexualidad como eje de la familia burguesa y base de la reproducción de la nación y de la especia, "queer" servía para nombrar también a aquellos cuerpos que escapaban a la institución heterosexual y a sus normas. La amenaza venía en este caso de aquellos cuerpos que por sus formas de relación y producción de placer ponían en cuestion las diferencias entre lo masculino y lo femenino, pero también entre lo orgánico y lo inorgánico, lo animal y lo humano. Eran "queer" los invertidos, el maricón y la lesbiana, el travesti, el fetichista, el sadomasoquista y el zoófilo. El insulto "queer" no tenía un contenido específico: pretendía reunir todas las señas de lo abyecto. Pero la palabra servía en realidad para trazar un límite al horizonte democrático: aquel que llamaba a otro "queer" se situaba a sí mismo sentado confortablemente en un sofá imaginario de la esfera pública en tranquilo intercambio comunicativo con sus iguales heterosexuales mientras expulsaba al "queer" más allá de los confines de lo humano. Desplazado por la injuria fuera del espacio social, el "queer" estaba condenado al secreto y a la vergüenza.



Pero la historia política de una injuria es también la historia cambiante de sus usos, de sus usuarios y de los contextos de habla. Si atendemos a ese tráfico lingüístico podemos decir que al lenguaje dominante le ha salido el tiro por la culata: en algo menos de dos siglos la palabra "queer" ha cambiado radicalmente de uso, de usuario y de contexto. Hubo que esperar hasta mediados de los años ochenta del pasado siglo para que, empujados por la crisis del Sida, un conjunto de microgrupos decidieran reapropiarse de la injuria "queer" para hacer de ella un lugar de acción política y de resistencia a la normalización. Los activistas de grupos como Act Up (de lucha contra el SIDA), Radical Furies o Lesbian Avengers decidieron retorcerle el cuello a la injuria "queer" y transformarla en un programa de crítica social y de intervención cultural. Lo que había cambiado era el sujeto de la enunciación: ya no era el señorito hetero el que llamaba al otro "maricón"; ahra el marica, la bollera y el trans se autodenominaban "queer" aunciando una ruptura intencional con la norma. La intuición estaba presente desde las revueltas homosexuales de los 70. Guy Hocquenghem, por ejemplo, había desenmascarado ya el carácter histórico y construido de la homosexualidad: "La sociedad capitalista fabrica al homosexual como produce lo proletario, suscitando en cada momento su propio límite. La homosexualidad es una fabricación del mundo normal". Ya no se trataba de pedir tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo social. En esta segunda vuelta. la palabra "queer" ha dejado de ser una injuria para pasar a ser un signo de resistencia a la normalización, ha dejado de ser un instrumento de represión social para convertirse en un índice revolucionario.


El movimiento "queer" es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la sociedad de consumo neoliberal. Se trata por tanto de un movimiento post-identitario: "queer" no es una identidad más en el folklore multicultural, sino una posición de crítica atenta a los procesos de exclusión y de marginalización que genera toda ficción identitaria. El movimiento "queer" no es un movimiento de homosexuales ni de gays, sino de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atento también a los procesos de normalización y de exclusión internos de la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales...

Porque para retorcer el cuello a la injuria es necesario algo más que haber sido objeto de ella. El blabla de un marica conservador no es más "queer" que el blabla de un hetero conservador. Sorry. Ser marica no basta para ser "queer": es necesario someter su propia identidad a crítica. Cuando se habla de teoría "queer" para referirse a los textos de Judith Butler, Teresa de Lauretis, Eve K. Sedgwick o Michael Warner se habla de un proyecto crítico heredero de la tradición feminista y anticolonial que tiene por objetivo el análisis y la deconstrucción de los procesos históricos y culturales que nos han conducido a la invención del cuerpo blanco heterosexual como ficción dominante en Occidente y a la exclusión de las diferencia fuera del ámbito de la representación política.


Quizás la clave del éxito de lo ""queer"" frente a la dificultad de publicar o de producir discursos o representaciones que provengan de la cultura marica, bollera, transexual, anticolonial, postporno y del trabajo sexual resida desgraciadamente en su desconexión en castellano con los contextos de opresión política a los que la palabra "queer" se refiere en inglés. Si tenemos en cuenta que la eficacia política del término "queer" proviene precisamente de ser la reapropiación de una injuria y de su uso disidente frente al lenguaje dominante habrá que aceptar que ese desplazamiento no se opera cuando la palabra "queer", desprovista de memoria histórica en castellano, català o valencià, se introduce en estas lenguas. Escapamos entonces al brutal movimiento de descontextualización, pero nos privamos también de la fuerza política de ese gesto. Esto explica quizás que muchos de los nuevos adeptos que quieren identificarse como ""queer"" - como quieren estar en la red de amigos de Manu Chao o adquiriri el último e-book - no estarían dispuestos tan ágilmente a ser identificados como "transexuales", "sadomasoquistas", "tarados" o "bolleras". Será necesario en cada caso redefinir los contextos de uso, modificar los usuarios y sobre todo movilizar los lenguajes políticos que nos han construido como abyectos... de otro modo, la teoría "queer" será simplemente parole, parole, parole...


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Beatriz Preciado es filósofo y activista queer. Cursó sus estudios en diversas universidades de EEUU. Actualmente enseña teoría del género en diferentes universidades de España y del extranjero así como participa en el Programa de Estudios Independientes del MACBA. Es autora de los libros: Manifiesto Contrasexual, Testo Yonqui y de numerosos artículos publicados en Multitudes, Eseté o Artecontexto...

Fotografías de Lirba Cano

Terapia planchera

por Diyei Broquen - Plancha Proyect Kolective, Bogotá.

Todo comienza en la mesa de un bar al calor de las cervezas heladas, la primera pregunta es: ¿el mejor concierto de tu vida? Portishead, Barcelona, Primavera Sound 2008; Pulse, Londres, 1994; Arcade Fire, en Toronto; Rocío Durcal, telonera de Marco Antonio Solis el Buki, Bogotá (risas, asombro, estupor), meses antes de su muerte. Siguiente pregunta: ¿el concierto que te falta? (responden en su orden): Bowie, Radiohead, Yes, Juan Gabriel (más risas, ya no hay asombro pero sí indignación).



Siempre me ha encantado la cara de éstos que se escandalizan cuando afirmo sin temor que los grandes compositores y temas de la música plancha merecen estar allá en lo más alto de los púlpitos de la mejor música del mundo mundial. A pesar que muchos piensan que la palabra plancha (al hacer referencia a la música romántica) es despectiva, es necesario aclarar primero de dónde surge y cómo se origina esta designación:

El término "música plancha" o "música para planchar" fue acuñado a finales de los noventa por una serie de DJ’s (léase ponedores de discos) de algunas emisoras juveniles de Bogotá que decidieron traer de nuevo a la vida (dada una alta dosis de nostalgia) los clásicos de la música, que según ellos (vaya uno a saber si es cierto), escuchaban sus nanas, amas de llaves, mucamas y empleadas del servicio mientras desarrollaban sus labores domésticas, especialmente la de planchar. En este sublime instante la empleada aprovechaba que el niño dormía o retozaba juicioso en su camita para entregarse a esta monótona y caliente actividad que le tomaba toda la tarde, mientras ella cantaba y/o tarareaba hermosas melodías. Estas arrullaban al infante quien subliminalmente era bendecido por las melodiosas voces de ídolos como José José o Ana Gabriel.





Eso era en el mundo de la gente que tenía empleada del servicio y esa es la música que estos personajes intentaron supuestamente recuperar. Entretanto, en otro lugar de la ciudad, la madre se levanta a las cuatro de la mañana, pone a hacer el tinto (café en el argot colombiano), prende el radio y ya a esa hora del día saluda a toda la familia con el rico olor del café fresquito mientras canta Juan Gabriel en emisoras como Acuario Stereo.

Siendo entonces rigurosos definiremos a la música plancha como el conjunto de sonidos que agrupa artistas surgidos entre las décadas del 60 y 80 cuyas temática central es el amor, entendido éste como término amplio y de extrema complejidad, que recoge una gran variedad de sentimientos y elevados objetivos: amor por un territorio (América de Nino Bravo), amor a los animales (El niño y el canario de Leonardo Favio), amor por un pariente (Amor eterno de Juan Gabriel), amor por los amigos (Un millón de amigos de Roberto Carlos) y obviamente el amor por la pareja, con toda la gama de sentimientos que de éste se derivan: odio (Fue un placer conocerte, Rocío Durcal), Celos (A esa, Pimpinela), dolor (Vestida de novia, Palito Ortega), tristeza (Se me fue, Myriam Hernández), alegría (Hagamos un trato, Amanda Miguel), lealtad (Jamás, Camilo Sesto), esperanza (Eres tú, Mocedades), pasión (Una noche de copas, María Conchita Alonso), etc.

Me divierte provocar a aquellos snobs y traer a su memoria canciones que una a una empiezan a animar la conversación, que terminan siendo cantadas por todos (porque todos se las saben) y que empiezan a arrancar declaraciones íntimas del tipo “yo no es que me considere romántico pero cuando escucho esa canción se me pone la piel de gallina”, luego empiezan a aparecer las referencias a las madres y padres que son los responsables, los culpables, la explicación racional al porqué estos melómanos de la vanguardia conocen inconscientemente canciones que jamás se atreverían a poner en una fiesta o a mencionar en sus detestables listados, estratificaciones y tops a los que están tan acostumbrados: “Uy, es que esa canción le encantaba a mi mamá, ella me contaba cuando niño que mi papá se la dedicó cuando ella tenía 16 años y él 17 … ella la tenía en acetato y cada vez que peleaban se sentaba en la sala y ponía su disco, yo sabía que estaba triste, iba y me le sentaba al lado, terminábamos abrazados y yo terminaba llorando sin saber porqué”.



Cuando aparece un nombre, una rola, inmediatamente hay una historia de vida, un episodio real, incluso en más de una ocasión en ésta, mi “terapia planchera”, he visto gente, que aparece siempre impenetrable, llorar a moco tendido cuando le toca el turno a la canción que le quiebra el alma, uno de los casos que más recuerdo es cuando esta frase “yo tenía mi vida llena, había dicha en cualquier rincón siempre estaba mi alma abierta por si ella quería amor, yo tenía mis manos llenas y vacías me las dejó …” derrumbó por completo a un hombre que no habían podido agarrar entre cinco un día en una pelea callejera.

Esta terapia también es polémica y agitada, decir "Juan Gabriel" por ejemplo exalta los ánimos, “maricón”, “es que es una loca”, “un día se cayó y casi se parte el culo”, pero cuando avanzamos y decir "Juan Gabriel" va acompañado de “no te guardo rencor eres libre de mi pero te pido un favor que no hables bien ni mal de mi olvidarnos tú y yo será mucho mejor fácil es para ti ya que tienes otro amor…”, cuando llegamos a “muchas gracias, te agradezco los momentos de felicidad te deseo buena suerte porque no me verás ya jamás…”, ya alguien de seguro (pero seguro, seguro) ha llorado y se está limpiando las lágrimas o es consolado por alguno que le conoce los más profundos secretos y al final de la canción “jamás, jamás, jamás” va acompañado de un suspiro laaaaaargo y de un “ah, es que ese man es un maestro”.

Así avanza la noche entre recuerdos que han estado guardados bajo llave en lo más profundo de sus corazones, todos se van nostálgicos y sé que de seguro al día siguiente sus escalas de valores musicales no apuntarán a atreverse a decir que el hijo de Paracuaro (Michoacán) es uno de los compositores más grandes de la música en habla hispana, pero no me importa porque yo me voy feliz, esperando que otros caigan de nuevo ante el poder de la “terapia planchera”.

Teorías de las emociones y teoría de la afectividad colectiva

por Pablo Fernández Christlieb,
extraído de revista IZTAPALAPA 35, no. extraordinario de 1994, págs. 89-112.


LOS NOMBRES DE LOS AFECTOS

Para meramente rotular las investigaciones sobre afectividad que se llevan a cabo se utilizan nombres varios, lo cual habla ya del carácter esfumadizo del tema. Agnes Heller (1979) escogió llamarlos “sentimientos” (feelings), pero Cheshire Calhoum (1984) la llama “emoción” (emotion), en celebración del centenario del título que William James (1884) eligió utilizar.


Esfumadizo, en efecto. Si a veces no se logra captar el tema, debe admitirse que la mayoría de los autores no justifiquen el nombre que usan. Echebarría y Páez (1989) intentan justificar el suyo por medio de una tipología verosímil aunque no convincente. Dada su verosimilitud puede considerarse como el uso generalizado de los nombres de la afectividad. Para ellos, la “afectividad” es el “área general” que consiste en “la tonalidad o el ‘color’ emotivo que impregna la existencia” (Echebarría y Páez, 1979, p. 43; Páez y Adrián, 1993, p. 53) (primera definición y automática esfumación del tema: el afecto es emotivo) que tiene varios tipos. sentimientos, que son reacciones evaluativas de placer y displacer, como, por ejemplo, “senttrse” defraudado o tener un “sentimiento” de rencor, o que son estados de ánimo, o sea, sentimientos más genéricos, como estar o ser triste. Las emociones son un fenómeno afectivo concreto, intenso, breve, que distrae y reorienta la conducta y la cognición como, por ejemplo, la emoción del espectador en un partido de futbol. Finalmente, las pasiones, que son muy persistentes, de largo plazo y largo aliento, que son en sí mismas el objeto que persiguen, como la “pasión” por alguien o la “pasión” por la música (cfr. Echebarria y Páez, 1979, pp. 43-44). La verosimilitud de esta tipología radica en que capta el uso común en el lenguaje cotidiano, aunque frecuentemente se hagan intercambiables dependiendo del contexto, vgr. las “pasiones” en el futbol o las “emociones” en la música.



Les faltó clasificar sensación o motivación, tal vez porque resultaban sinónimos pobres de los ya anotados. En todo caso, ellos eligen el término “emoción“ por ser el “elemento esencial de la afectividad” (idem). Muy atinadamente, es decir, le atinan al término que se utiliza corrientemente en la psicologia y en las ciencias sociales y humanas en general: se trata de teorías de las emociones. Boring (1950, p. 812), por ejemplo, consigna “emoción” como categoría, donde no aparece “afectividad”.


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Fotos: 1) Chac, 2) Lirba Cano

El territorio: las necesarias continuidades entre familia, escuela y comunidad

por Leonardo García Lozano



Recuerdo que la primera vez que escuche la cantaleta de la reforma educativa, Ernesto “La Neta” Zedillo era secretario de educación y Carlos “El Chupacabras” Salinas presidente de la República de los Estados Unidos y Federados de Norteamérica, alias México. Finalizaba la década de los ochenta e iniciaban los noventa.


Desde entonces me vienen recuerdos de los gritos, sombrerazos y plantones de todos los interesados en educar al dizque futuro de la nación, esto es, la niñez y juventud mexicana. Dos cosas son constantes en todos estos performances en los que existe un acuerdo, si se quiere, con matices:


· la necesidad de reformar “algo” en el sistema (sea la contratación y promoción magisterial, el currículo, la administración de la escuela, la obligatoriedad de ciertos niveles, la docencia y, afortunadamente, aún no se les ha ocurrido reformar, por decreto y ley a las familias y a los alumnos).

· las reformas emprendidas han atinado poco en su objetivo y a veces, muchas, la mayoría, parece que estamos empeorando aquello que se debía mejorar.


En una de esas reuniones memorables una querida amiga nos compartió su diagnóstico y yo, luego-lueguito lo hice mío: lo que de fondo estaba “mal” en el sistema educativo es que se habían roto las alianzas y los nexos entre la familia y la escuela; cierto que muchas cosas habían funcionado deficientemente o simplemente dejado de funcionar, si se quiere, pero la manera en que se articulaban las escuelas y las familias era algo positivo.


Teniendo “la dolencia” faltaba precisar la causa. Cierto que los nexos entre familia y escuela se vieron modificados con la evolución (o involución según se quiera y crea) de la sociedad: que si la “salida” de la mujer del hogar hacia las fabricas, que si el cambio de modelo de producción, que si el impacto de las tecnologías de la información, que si el avance de la ciencia y la democracia.


Todo eso y lo de más allá había modificado las relaciones entre la familia y la escuela.

Y ninguna reforma se ha pensado, hasta ahora, que impacte en dicha relación y recupere lo que ya servía. El asunto es que para saber lo que servía hace falta decirlo y, que mejor, con una noción teórica: el territorio.


Territorio es la relación que guardan los tres o cuatro subsistemas (según la entrada y relación que establezcamos vez por vez entre ellos) de Bronfenbrenner con el espacio geográfico y temporal, escrito de otra manera sería: las relaciones entre que guardan la familia, la escuela, la comunidad y la sociedad en su conjunto, con su reglas implícitas y explícitas, es el territorio.


¡Ya está!, diré la tesis que quiero manejar en mi “ensayo”: si queremos mejorar la educación, y por ende los resultados educativos, debemos mejorar las relaciones territoriales, las continuidades entre la escuela, la sociedad y la familia, teniendo como epicentro la escuela.


El cuerpo de este “dizque ensayo” está compuesto en dos partes: la primera donde se narran algunas experiencias entendidas como relevantes para ejemplificar lo bueno que se hacía “allá y entonces” cuando de ir a una escuela en comunidad se trataba y la segunda donde se exponen los principios que de los ejemplos se pudieran desprender. Algo que no se encontrará aquí es una definición de “cosas por aprender”, sino de maneras donde esas cosas (las básicas e imprescindibles) se puedan aprender. Para quienes (si los hay) estén interesados en los datos teóricos dejo el mapa conceptual como un pésimo anexo. Sea por dios (si lo hay).


1. Había una vez unas escuelas que se relacionaban con la comunidad

Ingresé a la escuela primaria en los inicios de los ochenta, era común que las maestras Licho, Trini, Amalia y Toya compraran cosas con mi papá (era joyero), supongo que más por la cercanía entre él y el trabajo de ellas que por los precios que éste manejara, las maestras vivían en el mismo barrio. De hecho, me conocían más por mis hermanos mayores que por mí mismo. A Toya, por ejemplo, era común encontrárnosla en misa, o en la calle saludarla cuando vieja.




Muchos de mis compañeros de kinder (entonces no lo llamábamos preescolar o preprimaria), aunque no había un sistema oficial de ingreso que así lo indicara, ingresamos en esa escuela porque vivíamos ahí, en las cuadras cercanas a la escuela.


Aunque no era la norma, mi mamá frecuentemente nos llevaba de desayunar al mediodía: ingresaba a la escuela con una naturalidad o, en el peor de los casos, me dejaban salir a la banqueta a tomar mi lonche y mi leche y luego meterme al patio a seguir jugando. Los primeros dos grados me “llevaba” Gaby, mi hermana, quien por entonces cursaría quinto, luego, para cuando estuve en tercero y ella salió, sólo Raúl y yo nos acompañábamos. Un día mi hermano iba a pelear y corriendo dí aviso a mi papá, quien no alcanzó a detener la pelea, pues para cuando llegó había dos o tres adultos que “nadie” llamó (o sí, pero de eso no me encargué yo, por lo menos) deteniendo la pelea.


Por mi estatura, malamente las maestras me tomaron de su mandadero. Iba por sus desayunos o al mercado acompañado por otro de mi edad[1]. Al finalizar las clases era común quedarnos en la escuela jugando fútbol, incluso el profe Rafa o el profe Lucio jugaban con nosotros[2], curiosamente ninguno de ellos me dio clase, pero sabían de quién era hermano y mi nombre.

Cuando comenzaron las jubilaciones, recuerdo las de Toya, Trini, Amalia y Licho. Recuerdo que una de las nuevas maestras, Gabriela, llegaba en autobús, también recuerdo que a la maestra Lourdes Castellanos la llevaban en coche aunque no viviera tan lejos de la escuela, detalle que sé porque alguna vez nos citó en su casa a preparar una obra de teatro.


Cursaba cuarto o quinto grado de cuando comenzó a circular el rumor de que “alguien” regalaba unas estampillas con droga, cuyo mecanismo se activaba al lamerlas. Eso hizo que por motivos de seguridad se pusiera lámina en la puerta y ésta se hiciera más alta y más gruesa y que las mamás pasaran los lonches por un cuadro pequeño diseñado expresamente para tal efecto. No recuerdo que a nadie de nosotros le ofrecieran, nunca, cartitas gratis siempre las tuvimos que pagar.


Aunque para ir a la secundaría debía tomar autobús[3], la situación de quien nos llevaba o traía no fue distinta. Desde entonces, aunque salía de casa a las seis de la mañana, fui y regresé solo de la escuela, con todo y que estuviera a un lado del Parque San Rafael, “afamando” por ser, por entonces, lugar de reunión de los marihuanos y demás droguillos, que, dicho sea de paso, jamás me agredieron y nunca supe que agredieran a nadie, más bien alguna vez me defendieron cuando dos de mis compañeros, jugando, me tumbaron en el suelo.


En la secundaria los profesores también conocían quienes eran mis hermanos y, de hecho, recuerdo que mis papás sabían el nombre o apodo de casi todos ellos. No saben, seguramente, que asignatura nos impartían, pero cuando yo tocaba el tema del profesor Fausto, preguntaban si era a “El hombritos” y sabían que a éste se le ahogo un hijo.


La secundaria era de puertas abiertas, no se cerraban durante toda la jornada, incluso era sin bardas: nuestro patio de recreo o de deportes era, muchas de las veces, el Parque San Rafael. Los prefectos no nos molestaban con que nos metiéramos a clase, nos pedían no hacer ruido si decidíamos no entrar a ellas. Para los desayunos existía la calle y los comercios circundantes.

Yo conocí la casa del profesor Silva[4] pues las herramientas necesarias para el taller de carpintería o electricidad que él nos daba no se tenían en la escuela y sí en su casa. Lo sabía el director, lo sabían los papás, nunca hubo un caso de acoso o pedofilia. También tuve oportunidad de ver llorar al maestro Manuel Pelayo la muerte de su mamá y este hecho hizo que al volver a casa le diera un abrazo a mi madre.


El Cheminis, profesor de matemáticas, era llamado así, a pesar de sus años, por decisión propia, no creo que nadie recuerde su nombre o su apellido. El me apodaba “Grandote” o “Moreno” a otros Chino, Sonrics, Pato; contaba chistes en los recesos, a veces en clase, pero nadie, nadie, se atrevía a hacer bromas en su clase o a perderse las mismas.


No llevábamos uniforme. Estaba yo en tercero cuando murió el director fundador[5], el nuevo director, Daniel Algomás, decidió que a partir de entonces lo llevaríamos; los presidentes de las sociedades de alumnos (uno por cada turno) decidieron “irse a huelga” como protesta por tal medida y tomando las instalaciones (¡eran chicos de menos de dieciséis años!); la respuesta del nuevo director fue acceder a ello pero en reprimenda suspendió el viaje de fin de curso con el que se premiaba a todos los alumnos de tercero que aprobaban sin extraordinarios el grado y a los mejores promedios de cada grupo de primero y segundo.


Nunca he sabido de dónde salían los recursos para el viaje con el profesor Cadena Aguayo, el supuesto era que él lo pagaba de su bolsillo; sé que con el nuevo director se hacía con las aportaciones “voluntarias” de los padres y con lo que la cooperativa escolar dejaba, una vez que se cerraron las puertas al comercio exterior.


En el siguiente ciclo volvió “el viaje” y con él se puso uniforme, so-pretexto de distinguir, ergo identificar, claramente aquellos estudiantes que eran de la 2 (nuestra antigua secundaria) de los que no lo eran. No sé por qué identificarnos de esa manera era tan esencial: recuerdo que al “Meco” una vez lo pescaron rayando el carro de un socio del Club Jalisco[6], que estaba enfrente de la escuela, y no sólo le hicieron pagar la compostura, sino que hubo sanción de por medio; esto es, quien lo pillo no necesitó de un uniforme para saber de qué escuela era el adolescente.

Al profesor Víctor lo recuerdan mis papás porque alguna vez preocupados por el largo del cabello de mi hermano Joel, acudieron a preguntar qué podían hacer. La respuesta de él fue que había cosas más importantes de qué preocuparse que el cabello, luego él les preguntó sino era preferible que supieran con quién se juntaba Joel y qué hacía en su tiempo libre.


Algunos me han dicho que es bruta y violenta la manera en cómo se solucionaban las riñas: si los peleadores eran sorprendidos por los prefectos, los demás alumnos tomábamos una cuerda y hacíamos un círculo con ella; luego los peleadores se ponían guantes de boxeo y se trenzaban en un combate; cuando había un claro vencedor la pelea se paraba o cuando alguno se declaraba vencido. Entre los dos peleadores nunca había reincidencia y, cuando la hubo, o la había, todos sabíamos que procedía la expulsión inmediata.


Al subir de grado, esto es, en la preparatoria, los cambios también me siguieron, cuando yo ingresé a ésta, también era de puertas abiertas, tanto para estudiantes como para los demás: los padres acudían a antojo a consultar nuestro estatus, los vendedores podían ingresar a proveernos de dulces y flores para luego entregárselas a nuestras “amadas”.


2. Notas finales

No creo que la escuela de antes, la de mis años infantiles y adolescentes fuera mejor. De hecho creo que a nivel de contenidos era tan inútil como lo es la de ahora; se privilegiaba la memoria irreflexivamente como ahora; recuerdo clases malísimas como las que ahora se critican; los criterios de evaluación y muchas veces de comportamiento eran tan ocultos como ahora lo son, de hecho creo que era, como lo es ahora, la popularidad del alumno o la memoria del profesor la que asignaba la calificación o su estadía en la escuela. No defiendo los contenidos, ni las prácticas disciplinares de antaño.


Pero puestos a comparar quizá la razón de “porqué funcionaba” de determinada manera la escuela, era por las cosas que he tratado de ejemplificar y ahora propongo para trabajar las continuidades de “territorio”:

· Relación de los profesores con la comunidad; y no sé que era primero si los profes elegían vivir cerca de su centro de trabajo o era un criterio para contratarlos en él.

· Relación comunidad-escuela; uno de los criterios de admisión a las primarias, a la secundaria y a la preparatoria, era la pertenencia por cercanía o familiaridad, de los estudiantes a la escuela. Ahora con la mentada excelencia si bien éste es un criterio, no es el único, de hecho van primero los resultados “académicos”.

· Escuelas de puertas abiertas (y ventanas y mobiliario[7]). ¿Qué mejor estrategia de prevención de “riesgos psicosociales” que el hecho de que los papás se enteren de cómo, dónde y con quién pasan el tiempo los hijos?

  • Las puertas abiertas posibilitan el diálogo entre el profesorado y los demás agentes educativos, en especial las madres y los padres.

· Fomento de la diversidad en el alumnado, en sus maneras de ser y pensar. No sólo es una cuestión de “principios” sino de formas ¿de qué sirve el uniforme?, ¿de qué el cabello largo?, ¿de qué penalizar a los alumnos que llegan tarde con no entrar a la escuela?

· Mínimas reglas, pero claras y fáciles de cumplir; en la secundaria sabíamos que tres reportes era suspensión y que tres suspensiones en un año eran expulsión. Sólo recuerdo al Meco expulsado y no fue por el carro que daño, pues eso lo pagaron sus padres. Ahora las escuelas se revuelven entre un montón de reglas difíciles de seguir porque son difíciles de recordar, vale lo mismo, “un reporte”, desde mascar chicle, tener el cabello teñido de verde, sujetarse el suéter a la cintura, llegar 15 minutos tarde (que para eso eran las faltas ¿no?) que pelear, robar, insultar.

  • Lo anterior debe ser para ambos lados, también los profesores cada vez tienen más reglas que cumplir y pocas que se puedan resumir en principios de actuación ¿de verdad cierta dosis de confianza entre ellos y los alumnos daña?, ¿de verás nos creemos que por uno o dos casos aislados de maestros que, por otro lado, todos identifican pero poco se puede hacer con ellos, son tan idiotas para no saber dónde está el límite de la sana distancia entre alumno y profesor?


Tal vez valdría la pena cuestionarnos por qué, en está época de reformas a la escuela, algunas de tales no pudieran implicar regreso a lo que funcionaba: la sana relación familia-escuela, profesor-alumno, profesor-centro de trabajo. Quizá los indicadores con que medimos la excelencia educativa tengan que ser replanteados o reformulados, la integración, la participación, el buen clima escolar, entre otros, también impactan en las notas, esas a las que hemos entronizado y a las que poco apuntamos con cierto tino, pero esa es otra historia, la de las pocas reformas, en los hechos, a la manera en que se enseña.


3. Anexo: el mapa de algunas cosas que aprendí


[1] Dejé de hacerlo porque mi mamá se opuso ofreciendo dos razones: para ella pocos mandados hacía y no quería que descuidara mis deberes escolares.

[2] Con Rafa tuve mi primer lance de espectacular de portero: le quite de los pies un balón cuando ya se perfilaba muy confiado éste a la portería.

[3] En aquel tiempo combis (de Volks-Wagen), luego minibuses.

[4] Mejor conocido como Baigón por su enorme parecido con el actor del insecticida de esa marca.

[5] Víctor Cadena Aguayo mejor recordado como “El Pingüino”, de quien luego la secundaria tomó el nombre, pero quien también fundó la secundaria 4 para señoritas (ahora 54) mejor conocida como “de las pepsis” por su uniforme.

[6] Ahora Club Chivas San-Rafael.

[7] Ahora es moneda corriente y creciente que las ventanas “se protejan” para evitar robos y, que el mobiliario, butacas se fijen al suelo para que: 1) evitar el movimiento de los alumnos, 2) evitar el “daño” de éstas y 3) evitar que se las roben.


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Fotos: Lomo FISHEYE Chac