4 de junio de 2013

Estados alterados




Black and White Trypps Number Three from Ben Russell on Vimeo.

Rodado durante un concierto de la banda de noise Lightning Bolt, este filme documenta la transformación de un intensa audiencia colectiva de rock en un trance ritual del orden espiritual más alto.

Estados alterados

por Ben Russell  


"¡Esto es el sol en mis manos, hombre! ¡Oh, emite una nube naranja de la luz que simplemente fluye hacia fuera, sobre el mar! ¡Wow!"
Peter Fonda como Paul Groves en The Trip (Roger Corman, 1967)

La obsesión del cine por las drogas (ya sea ácido o DMT o mezcalina o ayuahuasca o peyote o ____) en pos de producir un efecto psicodélico, es un proyecto admirable y consagrado por el tiempo. Es un proyecto admirable, pero a fin de cuentas está destinado al fracaso, en la medida en que privilegia efecto sobre documento o en cuanto intenta hacer que la red de dimensiones múltiples del viaje mental del sujeto de ojos vidriosos sea nuestro propio viaje en el cine. Después de todo, la manipulación del tiempo y el espacio, también conocida como La Alteración Radical del Inconsciente Acto de Percepción en el Cual-Ya-Estamos-Siempre Involucrados, se sitúa en el deslumbrante cristal reflector, corazón del cine. El cine es su propio fusor de vista y oído en tiempo real, y realizar una película que simplemente emule la experiencia psicodélica (a través de la experiencia de psicodélicos) es empobrecer el cine, venderlo en la dosis más rebajada posible.

Después de todo, la transformación del espacio tridimensional en espacio bidimensional es una de las ilusiones sensoriales más profundas que experimentamos de manera regular, traducción monocular de una visión binocular que, aún siendo reajustada con lentes estereoscópicos, sigue siendo fundamentalmente plana. Nosotros simplemente no experimentamos el mundo de la forma que una cámara lo hace; la óptica a través de una lente de vidrio es extáticamente otra de las visiones que nuestros propios lentes permiten. Si no estuviésemos ya tan acostumbrados a no creer en la profundidad inherente a la planitud (una estrategia que los pintores usaron mucho antes que la emulsión fotográfica se materializara), experimentaríamos perpetuamente la extrañeza sensorial de la imagen bidimensional, como si fuésemos adolescentes de 15 años en un tremendo viaje de LSD. Los colores sobresaturados, ese plano pictórico constituido enteramente de pequeños puntos -cada imagen un Seurat, cada episodio de "Planeta Tierra" de la BBC un ejercicio de hiperexperiencia-. Podríamos llegar a considerar la visión como una cosa, podríamos re-aprender a escuchar sonidos como eventos discretos en el tiempo, sensaciones que han sido moldeadas y desplegadas en sonido 5.1 alrededor de nuestras cabezas. Sólo los psicodélicos ofrecen una experiencia paralela- y sólo los indios yanamamos saben que el cine fue desarrollado mucho antes que los hermanos Lumière propusieran su existencia-.

La especie de disociación corpórea que el cine (cuando tiene oportunidad) puede producir, rima con el desordenado aturdimiento corporal que acompaña a casi todas las incursiones hacia los estados alterados inducidos por la drogas. Cuando el modo sensorial es puesto en primer plano y el inconsciente es abordado de forma consciente, sucede, sobre todas las cosas, que la atenta observadora se encuentra a sí misma sorpresivamente presente. Así como los espectros proyectados en la pantalla frete a sí,  ella se materializa a través de la proyección, gana consciencia a través del reflejo. Se encuentra a sí misma en la luza, literalmente -situada entre el proyector y la pantalla, suspendida dentro y constituida por ese cuerpo etéreo conocido como cine-. Este estado decididamente psicodélico del cine conlleva en su centro una llamada fundamental hacia la autoreflexión -entrar en sintonía es encontrarte a ti mismo en un mundo periférico que, por un instante cinemático indefinido, constituye tu día a día-.

Fundamental a esta experiencia del yo es la experiencia del yo-en-el-tiempo. El usuario de DMT bajo la influencia del Business Man's Special [término callejero utilizado para referirse a la Dimetiltriptamina, droga alucinógena] sabe perfectamente cuán elástico es el tiempo, que tan relativo es para la percepción. Su viaje de ocho minutos es tu película experimental de ocho minutos -lo que es decir, quien va a al cine no es diferente-. El eterno sin tregua de Empire (1964) de Warhol, la cual dura ocho horas, comparte la misma clase de shock temporal que un viaje en ácido de ocho horas -los detalles se convierten en monumentos cuando se le permite al tiempo acumularse alrededor de ellos-. En el más brillante de los momentos perdemos la pista de la película, de nosotros mismos y del tiempo por completo (aunque nunca estamos más conscientes del tiempo que en este ahora). El legado de Warhol y el relativamente reciente advenimiemiento del cine lento (véase Akerman, Alonso, Benning, Martin, Rivers) sirven como testimonio de esto -el tiempo se vuelve marcadamentee desconocido cuando se graba y se representa, cuando se nos pide ver el movimiento del segundero como un objeto en sí mismo-. Al observar el tiempo nos movemos fuera de éste, volviéndonos sujetos de la expansión y contracción de duración, por lo que Maya Deren (junto con muchos otros) sentía tanto afecto. Sin duda el cine transfigura el tiempo de una forma sólo conocida a través de los sueños -¿dónde más experimentamos la relatividad del tiempo de primera mano?

La soñadora despierta a un estado de consciencia por medio del sueño más profundo, su cerebro produciendo tiempo y espacio en función de su propia experiencia -y no viceversa, como ocurre en us vida cuando está despierta-. Sólo en esos momentos hipnogógicos, cuando está respirando el aire de ambos mundos y mantiene un ojo abierto en cada uno, puede comenzar a experimentar verdaderamente una simulación del tipo de psicodelia que el cine ofrece. Es corpóreo, pero es consicente y su aparato no se cubre con el velo del yo-durmiente o del yo-drogado, que estos otros tienen. El cine es claro y visible -hay una pantalla, un proyector, una sala, un puñado de altavoces-. Si tenemos suerte hay constelaciones pintadas en el techo y una cortina roja para cubrir la pantalla, hay cuerpos a nuestro alrededor. El viaje, cuando se desenbobina, está objetivamente sucediendo sensorialmente dentro de nosotros, como sucede en cualquier otro lado-. Aquí también el tiempo es elástico, el espacio es redefinido, pero frente al celuloide la observadora es producida de forma tal que puede ser capaz de cambiar su posición, de alterar los términos de su viaje. Ella es obligada a reaccionar, no puede cambiar el curso de la proyección -puede encontrarse también sin ella, fuera del cine, en el claxon y resplandor de la calle de San Todas Partes-.

Dadas las numerosas limitaciones impuestas sobre este particular instrumento, es poco menos que milagroso que cuando el cine es consumado en su gloria psicodélica total -cuando esa imagen plana se desprende a sí misma de su plana existencia hacia el exterior, y esos sonidos espacializados relativizan el tiempo en un espacio hasta entonces nunca imaginado- presagiándonos de nuevo. El regalo de la presencia, de la paciencia, que los observadores le dan al cine, es de hecho una concesión para que el viaje inicie. Atravesando la oscuridad, el cine se expande y se contrae, volviendo los rostros en geografías enteras con un simple primer plano, una rápida edición. Cuando tragamos la droga del cine, cuando permitimos que el efecto particular de su propia fórmula actúe en nostros, nuestro estado es alterado de manera inseparable. Dado esto, y tomando en cuenta la plenitud radical que la experiencia del cine tiene que ofrecer, podemos ver que condenarlo al reflejo superficial del viaje de un usuario de drogas es no esperar nada en absoluto. A la drogas, como a los sueños, es mejor encontrarlas en sus propios términos, vistas a través de sus propios ojos. Cuando se ve al cine de esta forma, cuando se le ha dado la libertad de ser verdaderamente alucinante, cuando se le ha permitido involucrarse en la función psicodélica del Yo, su propia esencia es revelada para ser verdaderamente fenomenal. Sus características particulares conspiran juntas para ocupar nuestro sentido de sensación, para cambiar nuestra relación con el tiempo y el espacio de manera fundamental -el cine es un viaje, el sol en tus manos-.

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Ben Russell es un artista multimedia y curador cuyos filmes, instalaciones, y performances mantienen un profundo compromiso con la historia y la semiótica de la imagen en movimiento.

Selección de video: Lirba Cano.

Texto  extraído de El espacio de las afecciones. Cuaderno de trabajo / Simposio Injerto 2012 (Ambulante, gira de documentales 2012). Págs. 58-63.

31 de mayo de 2013

Nosotros los Nobles, un capítulo más de la Rosa de Guadalupe

por Rocío González Cabrera






Hace algunos días los twitteros propusieron una cruzada nacional contra Televisa. Es fácil, simplemente no prendas la TV o, ya si de plano no puedes contener las ganas, pues como todo vicio, actúa en tí como si fueras un zombie sin voluntad alguna, préndele y ponle al concert channel. Puedes también, para evitar la tentación, salir a caminar a la calle, llamarle a un cuate por teléfono; en el mejor de los casos agárrate de un libro. Ya si de verdad, pese a todo tu esfuerzo y voluntad, no lo logras, que te quede el consuelo que estás a la moda: el suicidio mental es lo de hoy. 

La gravedad del asunto es que Televisa, así como la Coca-Cola, se ha vuelto un sustantivo común, adverbio, adjetivo, pues ya no se trata de “no prender la TV, perderte La Rosa de Guadalupe” y con ello estar a salvo de toda la basura que se te ofrece en los mejores atuendos y con las más refinadas artimañas. El Credo Televisa, se reproduce y mete, cual mugre, hasta el más recóndito de los espacios cotidianos, sean perceptuales, ideológicos o afectivos; porque ya no está ahí, sino en ti.
 
Caso ejemplar de esta capacidad de perenne propagación, es el del imparable triunfo de la película que está en boca de harto mexicano, para redescubrir, que la Telenovela, al más puro estilo televisa llega a la Pantalla Grande  con  la comedia dirigida por Gaz Alazraki  Nosotros los Nobles. Reconociendo que este hallazgo no implica mayor descubrimiento, es importante resaltar la forma en que sucede semejante fenómeno; se coloca como la tercer película mexicana con más espectadores según el Instituto de Cinematografía, ya que, dentro del ranking de éxitos taquilleros cinematográficos, sólo se encuentras por encima de ésta, Una película de Huevos y El Crimen del Padre Amaro

¿Cómo nombrar lo que viene a mi mente después de haber visto este largometraje? Difícil decisión, pues me parecía padecer del mismo mal que analizo, hacer un drama parecido y llamarle una “Auténtica Desgracia” a este “éxito taquillero”, no obstante intenté pensar en otro adjetivo y no logré sacarme “La Desgracia” de la cabeza; así que lo dejo. Se dice que sucede una desgracia cuando ocurre un acontecimiento funesto. O se utiliza como adverbio (desgraciadamente)  ante un hecho lamentable. De igual manera, sirve para nombrar, en tanto verbo (desgraciar) aquello que se ha echado a perder, se ha dañado o estropeado, sea de modo intencional o inintencional.

La trama inicia pintando fútil y lacónicamente la vida de despilfarro e irresponsabilidad de 3 hijos (Barbie, Javi y Charly) de un empresario millonario mexicano. La idea al inicio, si no original, al menos es un buen intento por recrear una comedia. No obstante, no logra germinar y la trama continua en decadencia, cliché tras cliché, mal logrados por cierto. El Padre, obedeciendo al estereotipo más vulgar, es dibujado siempre ausente y desentendido de los hijos, de hecho por casualidad nota los colosales gastos de sus pimpollos, motivo por el cual decide “darles una lección de vida”, de tal modo que cancela tarjetas de crédito, celulares, finge una infranqueable crisis financiera que les obliga a refugiarse en una casa en condiciones deplorables y por tanto, a trabajar por primera vez en sus vidas. 

Y como en toda historia debe aparecer un villano que tensione y anude la situación; eligen que ésta figura sea Peter, he ahí el momento en que la historia, el guión y todo lo demás comienza cínicamente a trazarse cuál telenovela de televisa. Peter es el novio seudo-españolete wannabe con quien Barbie se ha comprometido, éste descubre el montaje ficticio del Padre y pretende chantajear al acaudalado Noble. 

Señalo ese preciso momento como el inicio del irrisorio y patético drama telenovelesco porque el argumento bajo el cual  Peter pretende amenazar a Don Germán Noble, se sostiene y erige en la más típica Moral de la Telenovela Televisa: arcaica y primitiva, aquella que se ancla en una actitud de culto y reverencia al sufrimiento, autosacrificio, de mártir frente a las injusticias de la vida;  el absurdo total. De ahí en adelante todo diálogo y conducta de los personajes, no sólo se torna predecible sino patoso, ya que sitúan a la audiencia del séptimo arte, en el mismo sillón desde el que el telespectador mira la pantalla chica: rasgándose las ropas, restregándose la cara, comentando, sea para sus adentros o con quien se encuentre, que de verdad no puede creer lo que está pasando: el proceder de sus personajes favoritos es inconcebible.  Pese a ello, y he ahí razón por la cual me parece una “lamentable desgracia”, pues se trata de un verdadero éxito taquillero, siguiendo una lógica deductiva, se continua rindiendo culto, y por tanto, venerando aquellos personajes que se mantienen fieles a dicha Moral del Mártir.
Como lo he señalado desde el inicio, el asunto a tratar aquí no consiste en mostrar que llega al cine una Telenovela; la cuestión es: ¿Cómo es que una telenovela en el cine se acoge por la sociedad mexicana de tal modo que se transforme en un rotundo triunfo? En las páginas virtuales, en la radio, en diversos programas se recomienda ampliamente este film, la gente comenta  “Está buenísima, tienes que verla”, “No, no es el cine crudo de siempre, te pasarás un rato bien agradable”, “Me reí un montón”, “Da gusto ver como el cine mexicano logra figurar en el mercado internacional”, etc.

La idea del film es interesante, ¿existen esos personajes en la vida real? Por supuesto que sí, recordemos hace apenas unos días, el incidente de la prepotencia y petulancia de Brendita la hija del procurador Humberto Benítez Treviño (Profeco). De hecho, estoy segura que podría crearse una excelente historia de humor negro, un relato que permitiera pitorrearse del uso y abuso del poder, así como de las vicisitudes que se enfrentan cuando éste se pierde. El mexicano, dicen, para eso se pinta solo. A cambio, al ubicar como hiper-recomendable este film, se invierten las cosas, y pareciera que los que se permiten pitorrearse de la ingenuidad, por no utilizar el otro calificativo, son aquellos de siempre, los que pueden, los que tienen el Poder y Control sobre la raza, la prole (sea wannabe, clasemediera o prole prole). Fernández Christlieb señala que el Poder no sirve para que uno haga lo que quiere sino para que los demás no lo hagan. Una vez más, los poderes fácticos siguen triunfando y en nuestra propia cara se orinan de la risa que les producimos. Jis y Trino atinadamente nos llaman Zombies de Sahuayo.

Es un hecho ineluctable que el Cine, así como la pantalla chica, en tanto excelentes dispositivos de control, figuran en el proceso pedagógico de masas, es decir, si bien lo hacen sigilosa pero apabullantemente,  participan eficazmente del sistema educativo en México; basta checar los datos ensordecedores de cuánto tiempo del día dedica en promedio un mexicano a enchufarse a la TV, concretamente a Televisa y Tv Azteca con sus telenovelas y reality shows. Claro está, no se trata exclusivamente de un asunto de cantidad, pues no es sólo el tiempo que se le dedica a la caja embrutecedora, sea chica o grande, sino a la esencia de las imágenes, historias y formas de pensamiento, afectividad que se proyectan en dichos escenarios. Éstos contribuyen a la reproducción de la estructura de las relaciones de poder y de las relaciones simbólicas entre las clases, Bordieu le llamó Violencia Simbólica. 

Hacia el final, estilo WaltDisney, de la Telenovela-Televisa Nosotros los Nobles, cuando, en el caso concreto de Javi, Barbie y Charly, nos muestran cómo, cual cuento de hadas, logran escarmentar y transformarse en “Hombres y Mujer de bien”, soltar el Poder y la lana para consagrarse a una vida sencilla pero digna. No sólo insultan la condición precaria cognitiva, económica, laboral y social, sino que les proveen del “dulcecito pal berrinche”, y los Zombies que, al fin ingenuos, le apuestan nuevamente a todo, a lo que de antemano está perdido. Inspiran ternura los que siguen creyendo que el sueño se convertirá en realidad: El Ser Humano, finalmente se arrepentirá de ejercer el Poder; sentirá culpa, vergüenza y se reivindicará por el camino del bien. 

Nos debe quedar claro de una vez y por todas que el Poder y el Capitalismo colapsarán debido a la misma estructura podrida que los sostiene, no porque se tienten el corazón las cabezas que lo comandan y poseen.  Asentar la historia de los Nobles, sobre la falacia trillada y quimérica de que quien ejerce el Poder del dinero, puede ser tocado por una renovada, romántica y humana ética, es la ficción más abyecta que nos propina ésta película.
¿Verdadera Desgracia, nos tragamos sin masticar siquiera, la gastada fantasía de que los que ocupan el poder, los políticos, los empresarios millonarios, la escoria, la verdadera plaga de esta sociedad tiene conciencia Moral? Vengan a ver cómo hasta un Padre que caga lana con sus tres juniors puede volver al camino del bien.  

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Imagen: fotograma de la película El Santos contra La Tetona Mendoza.

9 de abril de 2013

El hombre-camión (documental)



En el área metropolitana de Guadalajara (México) los conductores de camiones de transporte público cargan con el estigma de ser unos desquiciados al volante, por los accidentes viales que propician y por el mal servicio que prestan. Durante 2012 diez conductores fueron asesinados en supuestas venganzas por muertes provocadas por los camiones. Pero, ¿por qué trabajan estos servidores públicos así? ¿Es que quienes administran el servicio contratan a sujetos enloquecidos para que conduzcan los camiones? ¿Son ellos solamente los responsables del mal servicio?

El documental EL HOMBRE-CAMIÓN explora los problemas de los camiones de transporte público en Guadalajara desde la perspectiva de los conductores.

Realizado por Caracol urbano, investigación audiovisual en la calle.
@caracol_urbano

Con la colaboración de Proyecto En Ruta y con el apoyo del Colegio Inglés Hidalgo.

Observatorio del Camión Urbano - GDL  http://camiongdl.wordpress.com

1 de abril de 2013

Psicología colectiva de las cosas y otros objetos

por Pablo Fernández Christlieb
en Psic. Soc. Revista Internacional de Psicología Social, vol. I, no. 1, julio-diciembre 2002, págs. 9-20.



El presente texto intenta argumentar que: 1) la percepción y la sensación son construcciones históricas y culturales; 2) existe una correspondencia entre la manufacturación humana de objetos físicos y conceptuales, por una parte, y la aparición de los distintos sentidos de la percepción, por la otra; 3) dentro de la cultura, se da otro modo de aprehensión o experienciación de la realidad, que no es perceptual ni sensitivo. Para elaborar esta argumentación se hace un somero recorrido histórico de la Edad Media hasta la Edad Contemporánea.

A principios de la Edad Media, solamente existía un color: el rojo. A finales del siglo veinte, un monitor regular de computadora reproduce 60,000 colores. Explicar el hueco entre ambos datos es la pretensión de este texto. Ni el ojo medieval estaba tan ciego, ni el ojo vigesémico es tan perfeccionado. Son iguales. La razón es que antes los colores eran sentimientos y ahora son longitudes de onda: antes eran un acontecimiento de la vida y ahora son un dato...

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Fotografía: Lirba Cano.

27 de febrero de 2013

Redefinir la situación


por Ricardo Quirarte



Cómo uno va por ahí completando ideas parciales que tiene de la gente –casi siempre anónima- con la cual se topa y que en mayor o menor medida se vuelven personajes tipificados, ya bien caracterizados a través del ritmo de nuestra historia colectiva. Estereotipos, arquetipos, estigmas; ideas preconcebidas de la experiencia todas ellas. Y no es que esté mal, necesitamos de estos marcos para darle cierto orden a nuestra interacción pero, además, podemos jugar con ellos, aceptarlos no del todo, redefinirlos. La pregunta entonces ya no es si deshacer estas categorías es posible o no, sino hasta dónde estamos dispuestos a llegar.
     Hace unas semanas, invité a la clase que imparto de Ética a Ernesto, un amigo, quien les contaría a mis alumnos su experiencia de trabajar en centros de detención durante tres años. La discusión giró principalmente en torno al grosor de la línea imaginaria que separa estos dos mundos en apariencia inconmensurables: el adentro y el afuera. Para la mayoría de los alumnos de bachillerato fue difícil hacerse a la idea de que tenían más en común con los internos de lo que pensaban, aceptar incluso que la institución carcelaria como tal presenta fallas irreconciliables en el interior mismo del modelo, ¿cómo sentir empatía hacia los criminales? ¿cómo re-humanizar a esos personajes privados –desde el imaginario colectivo, los medios de comunicación, el sistema mismo- de su propia humanidad? Parecía, desde los alumnos, que el ser humano era un privilegio susceptible de ganarse o perderse en función a una percepción meritoria establecida desde varios mecanismos legitimadores los cuales, siguiendo a Foucault, son operados por el Estado, la ciencia médico-psiquiátrica, instituciones morales entre otras y sobre las cuales el común de la gente no tiene mayor influencia sino aceptarlos como ciertos. Es curioso ver cómo las formas de castigo y tortura expandidas comúnmente entre los siglos XVIII y XIX eran las propuestas más recurrentes entre los alumnos cuando fueron interpelados sobre los cambios o mejoras que ellos harían a las cárceles: cámaras de gases, amputación de extremidades, celdas de aislamiento, fosas de agua electrificada, incluso.
     El peso del estigma es tal, diría Goffman, que convierte a las personas en nada más que el grupo por el cual son definidas, generando consecuencias recíprocas, pues un grupo se define en oposición al resto del cual no son parte.
     Una semana después, yo caminaba hacia el bachillerato por la calle de siempre, la avenida Clouthier, a las 7:30 de la mañana, quince minutos antes de mi primera clase. Había planeado llegar temprano para imprimir las lecturas y ejercicios correspondientes, pero en cambio llegué a mi clase treinta minutos después, a las ocho. Lo que pasó fue que en la esquina de Clouthier y Héctor Berliotz -la calle del susodicho colegio- fui abordado por dos jóvenes no mayores a mí, habrán estado en la primera mitad de sus veintes, que buscaban robarme mi dinero y mis pertenencias; en concreto, mi ordenador, mi Ipod, mi celular y mi cartera.
     Ellos caminaban por la banqueta en sentido contrario al mío; cuando nos topamos, me detuvieron y uno (el más alto y robusto) dijo algo que no logré escuchar, pues llevaba puestos mis audífonos. Al interpelarlo, él –de ahora en adelante “el de la gorra”- me sujetó de mi camisa, con la otra mano me quitó los auriculares y me dijo “camina para acá” siendo acá una entrada a los condominios ubicados a mi derecha. En ese momento, por la ligera violación de mi espacio vital, supe que se trataba de un robo y sería complicado correr con mi maletín en donde se encontraba mi ordenador, además huir implicaba claramente arriesgarme a resultar herido. Lo obedecí entonces y di unos cinco pasos hacia el zaguán del edificio. El de la gorra me quitó mi café, casi lleno, y se lo dio al otro, quien lo colocó en la barda del pasillo. Me preguntó qué llevaba en mi maletín, yo permanecí inmóvil y en silencio, entonces él continuó “es tu lap top ¿verdad?”; yo respondí que no se la llevara. Acto seguido el otro asaltante –de ahora en adelante, el más pequeño- dio un paso al frente y por primera vez participó en el atraco sacando del bolsillo de su chaqueta un cuchillo de cocina de unos 20 centímetros. Yo me asusté, como era obvio, pero no accedí, pues tengo en mi ordenador todos mis trabajos y mis productos escritos desde hace seis o siete años. En retrospectiva, esta fue la razón y no otra la que me hizo negarme al atraco, pues significaba para mí deshacerme de una carga emocional enorme; en respuesta ofrecí a mis asaltantes la posibilidad de un diálogo.
Ellos, como podrá intuirse, se negaron pero yo insistí utilizando el lugar común pero muy cierto de que los tres éramos personas, seres humanos inteligentes, y capaces de hablar. Casi sin darles uso de palabra o réplica comencé con un pseudo-monólogo sobre cómo yo entendía su situación, que las cosas no estaban fáciles, ni para ellos ni para mí y que el pinche mundo en el que estamos nos obliga a hacer estas cosas. El de la gorra me dijo que yo lo tenía todo confundido, pues ellos no tenían la necesidad de robarme, más bien habían sido contratados para ello, me aseguró que había alguien más en un carro esperándolos y observándonos, al parecer esta persona me había estado siguiendo y sabía de mi computadora cara, de mi Ipod y mi celular también de los más caros. Supe que esto era mentira pues mi celular es verdaderamente lamentable. De cualquier forma, me pareció interesante el recurso, de esta manera, ellos mismos no serían los ladrones, al menos no oficialmente. La difracción de la responsabilidad estaba operando en su forma más perfecta.
     Hablamos entonces y continuamos hablando, la mayor parte del tiempo yo tenía la palabra. Les dije que era maestro y no ganaba mucho dinero, que usaba el transporte público como ellos probablemente lo hacían también, que a mí también me jodía este mundo. Pero los recursos empáticos se hicieron más evidentes cuando les hablé, mintiendo un poco y recordando a Ernesto, de cómo había trabajado en la cárcel, en Puente Grande y en la Granja de menores. Esto los sorprendió, me preguntaron qué hacía ahí, “pues escuchamos a la gente” les dije, nos dábamos cuenta de que eran personas a los que la vida los había jodido también pero ellos no tuvieron suerte, incluso habíamos entablado amistades con algunos. Les hablé después de cosas más íntimas -o que al menos parecían serlo, pues tenía que adornar mis verdades- que intentaba ganarme la vida escribiendo pero no lo había logrado todavía y que todos mis escritos de seis años estaban en mi ordenador y esa era la razón por la cual no podía entregárselo. Ellos constantemente me respondían “sí te entiendo, pero tampoco podemos llegar con las manos vacías”, entonces yo empecé a ofrecerles opciones, la negociación ya estaba en su punto más álgido.
     Primero les dije que hiciéramos como si esto nunca hubiera pasado y que me dejaran ir como si nada. A esto se negaron. Después les propuse que me llevaran a hablar con quien les había pagado para exhortarlo a no quitarme nada. A esto también se negaron. Por último, toqué el tema obvio, yo les daría dinero en vez de mis pertenencias. Después de un vaivén de estira y afloja ellos aceptaron, pero pedían cuatro mil pesos, yo les ofrecí mil y terminamos en mil quinientos “y me van a dejar sin comer dos semanas” apunté.
     Llegados a este punto, estábamos otra vez en la banqueta, donde habíamos comenzado; poco a poco mientras conversábamos ellos iban retrocediendo y yo avanzando. Era un trato, yo iría al cajero y ellos esperarían en la esquina “fíjate que estamos confiando en ti” me dijo el de la gorra, yo le agradecí su confianza y, de paso, le pedí mi café, que seguiría algo caliente. Cuando regresé, les entregué el dinero y les dije “gracias por estar abiertos al diálogo y dispuestos a llegar a un acuerdo”, el más pequeño contestó “porque te pudimos haber filereado si quisiéramos” y el otro “no, y gracias a ti por regresar con el dinero”. Por último, el de la gorra dijo la frase más extraña del encuentro, en tono casi esperanzador agregó “vete a dar tus clases, ándale. Vas a ser grande”; y como quien no esta preparado a dar el siguiente paso frente al te quiero de su pareja, yo no pude más que responder “gracias, tú también”.
     Lo sucedido muestra lo útil que puede ser redefinir la situación, en sentido goffmaniano, una vez ocurrido un quiebre. Estereotipos somos todos pero ¿qué pasa cuando el asaltado no sólo grita y da sus pertenencias sino que le dice a sus asaltantes “vamos a platicar”? La ruptura del comportamiento esperado descoloca, y antes de que uno pueda pensar cómo manejar esa nueva situación se encuentra ya en otra, redefinida a la conveniencia de quien dé el primer paso. El diálogo, además, no hubiera sucedido si yo no admitiera la posibilidad de que uno puede conversar con sus asaltantes, de deshacer una categoría bien fundamentada del imaginario que se tiene de ellos. La interacción se vuelve entonces no sólo un ritual sino un juego en donde, por ejemplo, uno gana si termina dándose las gracias con sus asaltantes.