28 de abril de 2008

Diálogos No. 3: Las relaciones de la psicología con otras disciplinas



Diálogos para repensar la psicología

No. 3: Las relaciones de la psicología con otras disciplinas

Guadalajara: Departamento de Asuntos Sin Importancia

Noviembre de 2006. 32 págs.


Editorial
Dice Rubén Blades en “Pedro Navajas” la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. Los que conformamos la Mesa (que más aplauda) Editorial lo constatamos en varios sentidos.

Al finalizar e iniciar (cosas de la recursividad, pues) el Dialogo anterior, invitamos a una serie de expertos y amigos a que contestarán una pregunta bastante simple a primera vista. Nos interesaba que otros que no son psicólogos nos dijeran cómo ven la relación entre la Psicología y su Disciplina.

Nos parecía que el asunto dejaría lecciones de tipo academicista, de las cuales pudiésemos inferir verdades del tipo si A entonces B. Toda una lógica reduccionista vaya. Debemos reconocer (nostra culpa) que nunca medimos nuestra duda y felizmente ahora nos encontramos desbordados. Ecología de la acción, Morín dixit. Con sus textos nos queda el pretexto de volver a revisar con minuciosidad el interior de nuestra disciplina-ciencia-creencia, tomando lápiz para subrayar las ideas y, sobre todo, anotando las preguntas sobre aquello a lo que en algún día debemos volver, porque comprendimos que no, que sabemos casi nada.

Sus respuestas nos confirman que la realidad es una maldita traicionera. Allá donde buscábamos certezas encontramos más dudas. Encontramos en los intertextos una pregunta ¿no se supone que todo ESO de lo que ellos hablan LO SABEMOS LOS PSICÓLOGOS? Uno de los autores de los artículos ya nos reviró: ¿y si mejor ustedes nos dicen cómo se relacionan con nosotros? Como es una preguntota, los de esta mesa nos declaramos socráticos y dejamos el foro abierto a la reflexión. Si otros tienen la respuesta ¡ahí nos avisan!

Cuando nos empiezan a hablar con tanta claridad y belleza de las relaciones que ellos ven entre la Psicología y su Disciplina, pareciera que a ellos les hicieron creer en su formación que los psicólogos sabíamos un montón de cosas. Dicen Alejandro Ochoa y Alberto García que les parece naturalísima la relación de la Arquitectura y del Diseño, quesque porque ambas comunican, a estados subjetivos, formas culturalizadas de ser, que los psicólogos conocemos re bien (nosotros decimos “¡aja!”); lo mismo le parece a Karla Preciado en torno a la subjetividad literaria; Raúl García señala que la Informática, vía la Cibernética, es clarísima en sus conexiones con doña psique; en el mismo sentido Martha García nos indica la relación entre Teología y almología; para rematar (seguramente a nuestra ignorancia), un criminólogo (Francisco Parada), una nutrióloga (Betsabé Cornejo) y un trabajador social (José Luís Gil), nos señalan lo que claramente nosotros les brindamos a ellos y que, curiosidades de la vida, ¡nosotros también ignorábamos!

Acompañan a estas sesudas reflexiones, las no menos, derivadas de nuestras gustadas secciones: Mucho gusto que es visitada por Claudio Xavier Hermosillo y Gaby Gómez; el Rincón del Tío Pelón con los gustados re-cuentos. Giiremos y el Chac nos ceden su espacio en este número, prometiendo volver al siguiente, para seguir haciendo delicias de chicos y grandes, como ya nos tenían tan prontamente acostumbrados. Ojalá disfruten este número tanto como nosotros.


Artículos


Arquitectura, psicología y objetividad
por Alejandro Ochoa Machain. P. 3-6.

Guía práctica para crear diseños apoyados en la ciencia psicológica
por Alberto García Lozano. P. 7-9.

De las relaciones entre psicología y literatura
por Karla Preciado Mendoza. P. 10-13

La realidad vista como números que caen
por Raúl García Lozano. P. 14-17

Dios y su otro yo
por Martha Leticia García González. P. 18-19.

Sobre la psicología criminal
por Francisco Parada Ávalos. P. 20-23.

Conducta alimentaria. Relación entre la psicología y la nutrición
por Betsabé Cornejo Arrevillaga. P. 24-26.

Psicología y trabajo social: coincidencias y diferencias
por José Luis Gil Aguilar. P. 27-28.


Secciones

Mucho gusto
Verónica decide morir
por Claudio Xavier Hermosillo Haro. P. 29.

Los Siete Saberes de Edgar Nahum
por Gabriela Belén Gómez Torres. P. 30.

El rincón del tío Pelón
El examen inteligente
por Martín Silva Oropeza. P. 31.

Que pare el mundo
Hacia una comprensión de la caballerosidad en el siglo que corre
por El Sanx. P. 32.


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21 de abril de 2008

Las mujeres y los demás

por Pablo Fernández Christlieb

I
No es para los demás ("los demás": maridos, compañeros, novios, transeúntes, ciudadanos promedio, esto es, señores) que se arreglan, sino para copiarse, florearse y viborearse entre ellas mismas, de manera que las mujeres pueden ser catalogadas como una banda; una banda muy cerrada y refractaria al exterior. Incluso, las que se ponen guapas para que las vean los demás, se vuelven sospechosas, les dicen resbalosas, y quedan un poco relegadas, lo cual hace que sean las más solitarias de las mujeres, ya que la interacción con los demás no se considera suficiente compañía.



La cohesividad de esta banda, muy dada a abrazarse y apapacharse, es en realidad un producto de su característica esencial, que es la tactilidad, es decir, tocar, esto es, pensar, experimentar, conocer, comunicarse, y mirar-oír-oler-gustar a través del tacto, con lo cual el mundo se percibe por sus cualidades de suave o áspero, tibio o frío, liso o rasposo, tierno o duro, y si a veces las califican de "detallistas" o "modositas" es porque no trabajan con las manos, sino con las yemas de los dedos, de donde también se entiende su gusto por las telas o las pieles, que son pura textura, y que constituye para ellas el material fundamental con el cual se ejercita el pensamiento, y por lo que es reiteradamente palpado, recorrido y comprobado. Hay incluso quien podría deducir que el propio tipo de piel y cuerpo de las mujeres, y su voz y su gusto por los chocolates, obedece a esta estructura táctil, suave y redondo y dulcificado, así que no debe extrañar su tendencia a engordar, a hacerse más redondas, y a hacerlo más distributiva y uniformemente; de lo que habría de extrañarse es de su pánico a hacerlo, porque eso es contradictoria con su modo de ser fundamental; tal vez es un pánico ajeno, que alguien les vendió.

El tacto es el sentido de la cercanía, de la proximidad, del contacto precisamente, porque para percibirlo se requiere que haya continuidad entre la piel y las cosas, que se reúnan lo tocante y lo tocado, de modo que lo que está separado o distante carece de realidad, queda fuera, y en rigor el tacto es el verdadero sentido original, porque "sentir" se refiere en principio a tocar o ser tocado, y así también "sentimiento". Los afectos son táctiles, y consisten puntualmente en la existencia de esta continuidad. De ahí la atribución de sentimentales a las mujeres, bastante verosímil.

Por esto las mujeres tienen una incomodidad congénita a la discontinuidad, a la fragmentación y a las rupturas, que es donde la tactilidad se interrumpe, y se les nota, por ejemplo, en que no les gusta mucho leer periódicos, que son una retacería de notas disímiles, y en cambio, leen mucha novela, que son una unidad continua desde la primera mayúscula hasta el punto final, y que presentan, de paso, la vida completa de un personaje, que además se les vuelve entrañable una vez que ya pasó hoja por hoja por los dedos. Este pensamiento táctil las hace no separar su trabajo de su persona o su apariencia de su interior, y, de hecho, su actividad principal consiste en reunir, unificar, conciliar, conjuntar, convocar, congregar, en acercar lo que tiende a distanciarse, y por eso es a ellas a las que les da por organizar cenas, reuniones y horas de café (en lugar de reventones, cuya etimología es la de la disgregación), para lo cual hay que hacer las invitaciones y además babettizarse, es decir, montar un escenario capaz de juntar a la gente, que consiste en buena comida y bonito lugar. Es como si las mujeres fueran las encargadas de sostener la unidad de una sociedad que de otro modo se dispersaría cada quien por su lado, y es como si les tocara volver a fundar los grupos una y otra vez, y por eso mismo celebran todos los aniversarios como cumpleaños, navidades o cuando-nos-conocimos, que son, literalmente, conmemoraciones de días de fundación.

Las mujeres carecen de archivo muerto, son una memoria viva. Y, ciertamente, mientras los demás hacen y deshacen, ellas rehacen, toda vez que detectan cierta fatuidad en quienes se la pasan sustituyendo unas cosas por otras, y por eso, suelen preferir las actividades de restitución, de re-creación, como tal vez la fotografía, la docencia, la restauración, la educación, la interpretación en vez de la composición, y la lectura, porque como Gabriel Zaid ya dijo, pueden desaparecer los escritores a condición de que no falten los lectores.

En las mujeres, todo toca con todo, y por eso tienen la vida de una sola pieza, de modo que cualquier cosa, persona o acontecimiento que pase por su vida se les incorpora y se convierte en una forma de ellas mismas, por lo que no se pueden desprender con ninguna facilidad ni de pertenencias ni de recuerdos, ya que eso equivaldría a desfigurárseles la vida desde dentro, a rompérseles la identidad, pero sobre todo, a traicionarse a sí mismas. Es pues, por fidelidad a sí mismas, como dijo Georg Simmel en su libro sobre la cultura femenina, que las mujeres por lo regular no juegan chueco, porque sería hacerse trampa ellas solas, y es por esta misma fidelidad que, en efecto, si son dadas a utilizar muchos cajones, closets, cajitas, baúles, alhajeros, álbumes, guardapelos, frasquitos, relicarios y demás containers, es para que contengan los elementos de su vida: fotos, cartas, teléfonos, diarios, calificaciones, mechones, trajes de novia, discos, que probablemente requieren recorrer con el tacto cada tanto como para volver a absorberlos, y pétalos secos, menúes, libros, volantes de manifestaciones, bolos, facturas, dedales, boletos de cine, tickets de estacionamiento, posters de los Enanitos Verdes, prendedores, apuntes de la secundaria, timbres de correo, bolígrafos rotos, dientes de leche, muelas del juicio, recetarios, perfumes vacíos, y quizá, viendo todo junto y en presente, envejecer les parezca también una traición.


Las mujeres quedan impregnadas de todo lo que tocan: la memoria es un órgano del tacto. Pero nadie debe sentirse "inolvidable" por el hecho de que una mujer le recuerde: lo que ella necesita son sus recuerdos, pero no a sus recordados, de los que puede prescindir con toda entereza, y quienes por su parte se pueden podrir si gustan. Olvidar algo o a alguien, significaría para las mujeres negarse a sí mismas, y eso es lo que no van a hacer aunque ese alguien haya resultado un animal. Sin embargo, también es por esto que una única mala experiencia les arruina el conjunto de su vida.
Y finalmente, todas las mujeres son excepcionales: cada una es la excepción de lo que se diga de ellas, que, puesto de otra manera, es cuando se comportan como los demás.

II
A los demás de las mujeres se les denomina técnicamente "hombres", y todos son iguales.

Los hombres son, por tradición, mirones: todo lo hacen viendo. La que usó los ojos antes y por encima de cualquier otro canal fue la cultura masculina. Y si ésta ha sido la cultura dominante en los últimos ochocientos años, es porque la época moderna despega y obtiene sus avances gracias a las características de la percepción ocular. Los primeros conocimientos e invenciones modernos fueron visuales: las primeras ciencias, por ahí del siglo XII, son la óptica y la astronomía; los lentes se inventaron en 1290; después viene el telescopio de Galileo, el prisma de Newton, y así hasta llegar al rayo láser, pasando por los lentes de contacto que se patentan en 1827. De hecho, el lenguaje en todos los idiomas occidentales es masculino, o visual, donde se habla como si se estuviera viendo, no hablando: "¿ves lo que te digo?", "¡mira lo que dices!", de modo que quien quiera abrir la boca tiene que hacerlo con los ojos e ingresar a la cultura masculina.

La visión es un sentido distal, más que la audición y mucho más que el olfato, y no se trata tanto de que pueda percibir cosas a la distancia, sino que para percibir cosas tienen que marcar una distancia, una separación, porque pegadito a las cosas no se ve nada, y es esta separación el mecanismo con el que se construye el mundo para los hombres, quienes prefieren poner distancia en medio para todo, verlo desde lejos, rodearlo, siempre como a tiro de mirada, pero nunca acercarse demasiado a nada, porque entonces se les desordena el mundo. Los hombres son ciegos para la cercanía, sumamente torpes para la intimidad, como si trajeran heredada una prohibición de tocar, de sentir con el cuerpo, y en efecto, cuando se animan a transgredirla y tratan de hacerlo, son muy primitivos, y sólo les sale hacerlo en forma de brusquedad y violencia, y en todo caso no aguantan mucho tiempo haciéndolo, y es cuando salen con el pretexto de que ya se tienen que ir. Si se ve, los chistes, que son tan masculinos, son siempre una manera de frivolizar algo que podía tomarse en serio, y una manera de desapegarse; tal vez por eso les gustan más que nada los chistes de sexo: no para dejar de tener la tentación, sino para descomprometerse de ella.

Es por su necesaria separación con el mundo que igualmente tienden a preferir los espacios abiertos e iluminados, donde nada corte la vista y nada obligue a estar juntos, o sea que no les acomodan los lugares acogedores u hogareños, donde sienten que se les vienen las paredes encima. A veces lo llaman a eso "libertad". Lo malo es que los arquitectos suelen ser hombres pero los habitantes naturales de las casas no. Lo bueno es que ya no alcanza para que existan casas grandes.

Para tratar con cosas u objetos, como máquinas o mercancías, células o planetas, es muy adecuado estar separado de ellos, y hasta exitoso, pero la cultura masculina también aplicó esta separación a las personas, las ideas, la moral, los sentimientos y hasta a uno mismo, y ciertamente, si se supone que los hombres son "objetivos" en sus opiniones y apreciaciones, es porque todo lo catalogan como objeto, y lo tratan como máquina o mercancía, de manera que a menudo hay quejas contra ellos de que tratan a las personas como si fueran objetos, haciendo con éstas lo que se hace con las cosas, como usarlas y luego dejarlas en un rincón. Es un asunto de perspectiva, o como se dice, de punto de vista. Vine-ví-vencí solamente pudo haber sido dicho por un hombre. Esta distancia entre los hombres y el resto los hace aparecer como si nada los tocara, nada se les pegara, teflones existenciales. Por eso se supone que pueden prescindir de lealtades, nostalgias y arrepentimientos, que se les deslavan con el agua de la regadera: cuando terminan de hacer una cosa, la ponen en el archivo muerto y empiezan a hacer la que sigue.

Y ya que no se encariñan con nada, a los hombres les gustan los objetos desechables, porque se cansan pronto de los ya muy vistos y como que sólo les motiva la novedad; como nómadas mentales, se la pasan cambiando de modelo de coche, de estéreo o de amigos y conocidos, de juguete nuevo. Son furibundos consumidores de aparatos electrónicos, de chácharas con pilas. La gente dice que ellos nunca maduran: ellos dicen que es que siempre miran hacia adelante, progresando, mejorando, superándose, y así se les llena la boca de metáforas de horizontes, metas, fines, puras cosas que se ven de lejos, aunque en realidad este progreso no consiste en ir ganando algo, sino en ir acumulado olvidos. Y efectivamente, el olvido puede definirse como el hecho de ir poniendo distancia entre alguien y algo, entre uno mismo y las cosas, hasta perderlas de vista.

En efecto, mientras que se puede escuchar lo que está a las espaldas, en cambio, ni hay ojos en la nuca ni la vista hace curvas, de modo que la cultura masculina no se acostumbra a ver hacia atrás, y tiende a hacer caso omiso del pasado, la tradición, y ya aunque sea por eso, tiene más bien proclividad a la innovación, a hacer cosas nuevas en vez de repetir o conservar las cosas viejas. Son, con mucho, más los hombres que presentan patentes, talachan inventos, ingenian mecanismos, escriben libros, le ponen su nombre a una estrella o dirigen películas. Hay quien dice que esto es nada más machismo convencional, pero, comoquiera, hacer este tipo de cosas -ciencias, artes, técnicas- es la única manera que los hombres tienen para relacionarse con el mundo, de saberse dentro de él: su forma de relación es indirecta, intermediada por alguna cosa: en los casos más normales, multitudinarios y mediocres, esta relación se da a través de la posesión y el control; los hombres se sienten realizados con el hecho de tener, sobre todo dinero, y luego coches, casas y esas cosas, y asimismo, se sienten capacísismos por el hecho de manipular los botoncitos del aparato de sonido, el control de la tele y a una que otra persona o empleado que se deje: su única forma de empatía es dar órdenes. Pero siempre es una relación distante. Todo esto a veces le otorga un cierto aire de autosuficiencia, de poder, el cual, según se sabe, siempre debe tener un aura de inalcanzable, de allá lejos y de que no admite confiancitas.

Se puede entender por qué los hombres, a pesar de representar una cultura, no pueden ser una comunidad o un grupo, mucho menos una banda, sino a lo más una serie, toda vez que entre cada uno de ellos se planta el mecanismo separador de la visión; por meras razones oftálmicas, la masculinidad es individualista, todos guardando sus distancias.

Mientras que las mujeres no pueden apartarse de la cultura femenina toda vez que ahí hay un vínculo táctil, de modo que ellas mismas son esa cultura, en cambio, el hecho de que la cultura masculina esté encarnada en cosas y objetos, y por ende sea como exterior a los mismos hombres, ha hecho que la cultura masculina se haya despegado de los hombres de carne y hueso y se haya convertido en una especie de estructura o sistema social, incorporando a la política, la ciencia, la tecnología, el mercado, la administración pública y la mera sobrevivencia, de manera que ya no se requiere que nazcan varoncitos para perpetrarse y perpetuarse. La cultura masculina tomó la forma de la sociedad en general, lo cual produce la paradoja de que muchas mujeres intentan pertenecer a ella (que lo logren, es cosa suya), y que muchos hombres ya sólo quieran salir de la ratonera. Que lo logren es cosa suya.

Fotografías de Lirba Cano

18 de abril de 2008

La mercantilización de la cultura: la trivialidad de lo sublime

por Iraam Maldonado Hernández




1. Un mito como Prolegómeno
Eran tiempos en los que los Dioses ya existían, pero las razas mortales todavía no; en el momento anterior a que nos presentaran a la luz, los dioses asignaron a Epimeteo y a su hermano Prometeo, el papel de dar a todas esas razas, las cualidades de las cuales estarían provistas. El distraído Epimeteo le dice a su hermano ―déjame que yo lo haga y cuando haya terminado, puedes venir a inspeccionar mi obra―. Prometeo le concede, y entonces Epimeteo dota a todos los animales de atributos: a unos les da la fuerza, y a otros la rapidez; a algunos les da armas, por ejemplo les da colmillos y garras. Para aquellos que no tienen ningún tipo de armas los dota de alguna otra cualidad que le garantice su sobrevivencia, por ejemplo, a los que les da pequeñez, les da la vida alada o la situación subterránea; en resumen, reparte la cualidades para que éstas no perecieran.

Después de que las hubo protegido suficientemente contra la destrucción reciproca, se preocupó por defenderlos contra las intemperies del medio, a unos les dio pelaje o piel gruesa para protegerlos ya sea contra el frío o el calor, a algunos los calzó con pezuñas y luego se preocupo dar a cada uno una comida adecuada, a unos los productos de la tierra, y a otros el fruto de los árboles, raíces y a algunos les dio la carne de los demás, con la particularidad de que a estos últimos les dio poca descendencia.

Epimeteo haciendo uso de su calidad de distraído, se había gastado todas las facultades a favor de los animales, sin darse cuenta que todavía faltábamos los humanos. Llegada la revisión de Prometeo, quien vio todas las habilidades prodigiosamente distribuidas en los animales, de repente se percató del hombre, desnudo, sin cobijas, sin zapatos, sin garras ni colmillos. Prometeo pensó que el hombre no sobreviviría y ante esta dificultad, decide ir a robar la habilidad artística y el fuego, que era de los dioses. Así fue como el hombre entró en posesión de las artes y del fuego.

El hombre es el único animal que honró a los dioses, construyó altares e imágenes divinas, gracias al arte inventó la escritura, la vestimenta y todos los objetos que le permitían la sobrevivencia y la comodidad.

Bueno, el mito es más extenso y más explícito, pero hasta aquí aparece algo que quise que se expusiera; que en todos los mitos que hablan sobre el origen del hombre, ha de aparecer de una u otra manera el arte, incluso en aquel mito científico de la evolución. Y el arte nos da cuenta de que ante todo, el hombre empezó a pensar en formas, es decir, es un animal -si se le quiere llamar así- estético.

El mito científico de la evolución, si bien no explicita la aparición del arte, tendría que reconocer que cuando el hombre empieza a transformar la naturaleza para su sobrevivencia, evidencia tener una conciencia de la forma.

2. La piedra como punta de lanza.
Imagino al hombre primitivo, descalzo, desnudo, buscando la manera para garantizar su existencia, ante la desigualdad que vivía con respecto a los demás seres vivos. Sin garras, sin colmillos, sin pelaje, sin instinto (eso de reaccionar al instante), como lo encontró Prometeo, según el mito.

En aquella búsqueda por subsistir, en medio de la hostilidad natural, el hombre empezó a transformar la naturaleza. Digamos que cuando crea de la piedra una lanza o un cuchillo, está viviendo una experiencia de la forma, y supongo que la vida estética[1] del hombre empezó ha tomar su curso.

A la conversión de los recursos de la naturaleza en utensilios, le siguieron la creación de objetos de culto, así el tótem, así las figuras. Mas allá de servir únicamente para la sobrevivencia del hombre, adquirieron la forma de objetos, que de alguna manera explicaban su origen, su presente, su destino; porque las deidades, son una suerte de explicarse el origen de la especie y por lo tanto del sentido de la vida, -el mito de Prometeo nos dice mucho sobre esta cuestión. Después de los objetos de veneración, el hombre para representar la realidad (su realidad que ya no sólo era una simple cognición, sino todo un andamiaje simbólico y afectivo), presencia el surgimiento del arte, mediante el cual, la sensibilidad estética de los hombres entraba de manifiesto de manera definitiva. El arte, la veneración y la sobrevivencia han sido motivos para la creación y circulación simbólica de los objetos, que a su vez, son la parte lánguida y definitiva de la cultura.

3. La mercancía
Corren tiempos en los cuales los objetos han perdido generalmente su parte sublime, se han convertido en mercancías, o mejor dicho, no logran abandonar su situación de mercancía. Haciendo de ellos materia fugaz, símbolos perecederos, configuraciones simuladas de la cultura, pues dentro de las sociedades de consumo, el uso y desuso de objetos, encuentra su matriz ideológica en la mercancía, “una ideología real e inconsciente que unifica a todos y que es la ideología del consumo”[2].

La mercancía es una circunstancia del objeto, en el cual éste se ve desprendido de significado, a condición de que éste sea añadido a su precio monetario. El objeto bajo esta circunstancia, se ha convertido en un mediador, un a través de, no un puerto, ni un destino. Ya en nuestro tiempo, la sociedad se construye significativamente alrededor de mercancías que nos dicen, qué son, para qué son y sobre todo nos dicen su precio.

La mercancía rebasa la utilidad del objeto, se vuelve hiperreal, un pensamiento provisto de alicientes que evocan a las sensaciones humanas como el placer, sustituye la personalidad y al sujeto mismo. La naturaleza de la mercancía (venderse), concede un viático para las relaciones sociales, es decir, otorga el sustento simbólico necesario, ya sea para elevar el estatus de la persona socialmente, para la simple ostentación o para alimentar el carácter despótico del que no puede por sí solo crear y significarse en los objetos.

Desde el arte, los sentimientos crean objetos, desde la publicidad las mercancías ofertan esos sentimientos, o dicho de otro modo, ya no hay una construcción de sentido, sino una procuración del mismo, y este sentido, por lo general, es la perpetuación de una dependencia al mercado.

Las mercancías no permiten llegar a la persona, se vuelven el núcleo del espectáculo y simulan conceptos tales como belleza, carácter, etc. Los hombres y mujeres logran ser más atractivos si llevan la ropa de moda y de buena marca; y ésto aplica a los demás servicios, el automóvil, los accesorios e incluso aplica para los espacios de recreación, aquellos lugares donde el servicio lo elige a uno y no al revés[3].

La mercancía es un objeto consumible material y simbólicamente, la publicidad le sirve como discurso, la marca como esencia. En los anuncios publicitarios nunca se presentan los valores sustantivos del producto, los sublima en aspectos culturales.

“La obscenidad de la mercancía -señala Jean Baudrillard- procede del hecho de que es abstracta, formal y ligera en oposición al peso, opacidad y sustancia del objeto. La mercancía es legible: en oposición al objeto, que nunca entrega del todo su secreto, la mercancía siempre manifiesta su esencia visible, que es su precio.”

Como parte de esta bisutería cultural, la trivialización del arte, el despojo estético en la producción en serie, ha puesto al alcance de los consumidores, en su calidad de copia, una gran cantidad de obras, bajo el esquema democrático de las nuevas instituciones financieras. Porque terminamos por creer que la finalidad del arte es la del placer del espectador.

Esta trivialidad de lo sublime, nos empuja a tratar de comprender las consecuencias en el vínculo cultural entre los sujetos, de esta mercantilización de la cultura ¿Será ésta la causante del estado vació que vive actualmente la producción cultural, fuera de los límites de la mercancía? ¿Nos encontraremos ante una nueva conformación de sujeto que encuentra el sentido en la mercancía? ¿Vale la pena seguir hablando de cultura en un contexto donde los sujetos han sido escindidos de la creación cultural, donde ésta tarea queda relegada a virtuosos del arte convencional, a las secretarias gubernamentales a cargo de la cultura, al espectáculo televisivo? “Donde el arte y la cultura como valores sustantivos, se están convirtiendo en producciones culturales insignificantes, diseñadas bajo los mismos procedimientos, ya sea para lanzar al mercado un detergente o un presidente de la republica”[4].

A la par de la mercantilización de la cultura, mediante la publicidad podemos dar cuenta de la totemización de los productos que se anuncian, buscando su incursión en el plano simbólico de la cultura, donde las formas de relacionarse entre los sujetos es en el plano del obligado consumo. Esta circunstancia, la planteamos desde Baudrillard, quien apunta que la publicidad es “la que mejor nos dirá qué es lo que consumimos a través de los objetos”[5]. La estrategia publicitaria se asume como la liberadora y satisfactora de los deseos, rayando incluso en la desfachatez, aprovechando la crisis de los grandes relatos y la confusión de los sujetos.

4. El ejercicio de la ironía
La inoculación del Jeta en nuestra cabeza, la ocupación territorial de Telcel (todo México es territorio telcel), el abono cotidiano de la opinión pública centrada en el espectáculo de los medios comunicativos, y la generación “exa” -entre otras finezas- son dominios culturales posibles gracias a la conformidad de las masas y a la inadvertida carencia de un criterio propio.

Un criterio que nos permita ver la forzada “armonía” de las mercancías con nuestras emociones y sentimientos; que haga acudir la nausea a la hora del espectáculo chabacano de la farándula mexicana; un criterio que nos haga darnos cuenta del gran simulacro: el creer que pertenecemos a una exclusiva elite por el poder adquisitivo que nos da el crédito, el “abono chiquito”, la copia pirata, los simuladores de marcas, o aquella imperiosa necesidad de desgastarse más de 8 horas por más de tres meses en el trabajo para comprar alguna marca registrada con el injerto de algún articulo (ropa, zapatos, tenis, teléfonos móviles, etc.).

4.1 La cultura se presenta la mayor parte del tiempo en la mayor parte del espacio como una mercancía:
Vamos por la calle y siempre podemos hallar alguna superficie tratando de vendernos algo -un producto ausente en el anuncio con la mera representación de la marca- y no tendríamos que caminar mucho, ni siquiera detenernos frente a un aparador para el espectáculo, los maniquíes transitan por todas las venas de las ciudades industriales, porque la gente ya no usa ropa, sino desfila sobre las pasarelas de concreto, posando Levi’s, Gap, Furor, Nike; y ni siquiera hace falta andar en autos, pues es mejor desplazarse en un Peugot, Mercedes Venz, o en algún otro auto con personalidad integrada (como presume la Ford), además podemos estar esperando en la esquina al jeta que todos tenemos al menos en la cabeza, y si no llega habrá que mezclarse entre la plebe (que seguramente piensa que nosotros somos la plebe) en algún sistema de transporte público, soportando los 15 mil pesos de sonido y luces que el chofer le ha implementando al camión, como si con la inversión también hubiese adquirido un gusto refinado por la música; escuchando la fatídica falta de ingenio creativo de los obreros de la música, con la infecta musa de la nostalgia en voz de la metalerísima Belinda, acompañada de los púber posfechados -parodia de sí mismos- Moderato (o viceversa, da igual). Y si se quiere ser más subversivo, pudiéramos asistir a algún concierto de ReBelDe®, para simular algún movimiento de masas, coreando y gritando toda nuestra histeria y todo nuestro enojo por el precio del disco, del boleto y de la camisa del grupo, para sólo estar escuchando un play back bien ensayado, puede ser catártico o laxante.

4.2 La mercancía se presenta la mayor parte del tiempo, en la mayor parte del espacio como cultura:
Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar, y son tan gratuitas que no nos interesa tenerlas, la autenticidad está en la marca, la grandeza, en el éxito material. Cinco mil dólares se pueden pagar por la prueba de embarazo de Britney Spears, se puede hacer un gran concierto en beneficio de la paupérrima África, pero ni se puede evitar el embarazo de jovencitas violadas, ni evitar que Mcdonlads quiera llevar su idea del desarrollo al África herida. En esto se ha convertido la música.

Para que la alta cultura (las bellas artes) sea consumida, es necesario –metafóricamente hablando- ponerle unos buenos implantes de silicona, teñirle de güera, y hacerla parecer muy seductora, o al menos es el pensamiento de Sari Bermúdez , que hablando mas literalmente, sostiene que el arte tiene que ser vendible -mejor dicho prostituible-: que para que los niños, adolescentes y adultos lean hay que generar una especie de marketing, o sea hacer atractivo ese producto que les da hueva; generar publico le llaman, y no hay que negar que funciona, solo es necesario meter al autor en un buen escándalo farandulero, las revistas de espectáculos se vuelven las mas leídas gracias a la poca literatura (¿paradójico no?) que muestran, a no ser por la nota sensacionalista que acompaña a las imágenes truqueadas, o que enaltecen las figuras gramiles de las actrices, y ya en el sector mas culto circulan libros de superación personal, porque la cultura dentro de estos esquemas debe funcionar para algo productivo, de fácil lectura, y ante todo que se venda, aunque sea mediante el morbo.

Para no redondear en hipocresías, hemos de decir que el consumo es muy ordinario en nuestra vida diaria, desde que nos levantamos (con un desayuno Kellog`s, para ser un tigre de mi) hasta cuando dormimos (descansando en colchones Selter) estamos consumiendo, todas nuestras necesidades son ya mercancías elaboradas, y es casi imposible concebirnos sin la mayoría de ellas, aunque también hay que ser un poco sensatos, el celular es tan, pero tan indispensable para comunicarle a nuestro interlocutor que estamos afuerita de su casa… que salga, y son tan imprescindibles para saber que tan celoso somos, para tener la foto de alguna superestrella del espectáculo, y para marcar nuestra autenticidad al traer el tono de alguna “rola” del hit parade de MTV (o sea para recubrir nuestra debilidad emocional y nuestra buena fe por el mundo de la música), así mismo en el mismo aparato podemos tener cámaras, radio, juegos y algunas otras curiosidades de gran provecho.

La cultura del diario, se convierte así en un recurso del mercado, donde las producciones culturales mas allá de su surgimiento de las necesidades simbólicas del hombre surgen de la maquila del espectáculo, proveyéndose de contenidos culturales a los que desfavorece y desgasta con su producción en serie, es decir, la mercantilización de la cultura, rescata la vestimenta indígena, pero odia al indígena, utiliza al carnaval para fomentar el turismo pero deprecia su historia y las causas de su surgimiento, rescata lo naco dentro de su cultura kitch pero aborrece al naco, hasta lo evita, en fin, deshistoriza tanto tradiciones como identidades y movimientos subculturales, banaliza gran parte de la producción que viene de la verdadera cultura, ese es el discreto encanto del pensamiento mercadotécnico.

Por otro lado, presenciamos el ascenso estético del mercado mediante la información y la propaganda, que le dirán que usted es el afortunado merecedor de una vida completamente distinta a la que vive ahora, para esto se valdrán de imágenes, sonidos y situaciones en la que no habrá personaje más principal que usted mismo. Lo vestirán con algo más que telas: con estilo; no le harán comer solamente caldo de pollo, sino el sabor de Mamá (¡¡que Edípico!!). Fumará cigarros con clase, manejará autos con personalidad integrada, tendrá una sonrisa nueva a pesar de sus dientes chuecos, porque hasta la sonrisa tiene marca. Lo harán desconfiar de su memoria y se verá en la necesidad de una cámara de video. Le simplificarán su decisión: usted ya no tendrá que saber qué es lo que quiere, sino de qué marca usted sacará más provecho para un estatus social válido colectivamente. Ni tampoco tendrá la flojera de necesitar algo, ellos se tomarán la molestia de hacerle llegar a tiempo su necesidad, ¿no se le antoja tener sed?

Un catálogo de identidades le será útil para entrar en el mercado de las relaciones sociales, en cuanto el color que le favorece para esta temporada será el rosa. No importa si usted es hombre o mujer, feo, gordo y chaparro (también aplica para los flacos), si lo prefiere se cuenta con la versión alternativa, donde encontrará una serie de peinados aparentemente muy espontáneos, pero que necesitan de muchas cantidades de fijador, gel o spray, según su tipo de cabello; andar tal cual se levantó de la almohada no vale, de alguna manera su grupo de amigos lo notará y se ganará un penoso apodo que lo seguirá como marca registrada. Nada de pantalones viejos y rotos, se procurará que así lleguen en su compra.

Hay gente con buen gusto, hay otra gente con un gusto peor, ¡no se esfuerce! su gusto se está maquilando dentro de las industrias de entretenimiento.

Si usted busca estar bien informado encienda la televisión, no crea lo que ve en la calle, esa gente que usted ve pidiendo caridad, son ornamento para una sociedad equilibrada: para que exista el rico tiene que haber pobres ¿Qué no? Vale más una estadística que confirma nuestro crecimiento económico, que sus bolillos vacíos, ¡no sea pesimista! destape sus sentimientos y quítese las ganas con un refresco.

Veo en nosotros los consumidores (o consumistas, ha esta altura es lo mismo), la intensidad del hartazgo, ese hastío a nuestras necesidades humanas, escudando en el deseo creado nuestro cinismo, nuestra falta, que no termina nunca en el consumo, que siempre esta ahí, en nuestra imaginería massmedíatica. Nos entregamos a un mundo a la medida de nuestros propios engaños, porque el problema no es que la cultura se venda sino que se compre. Y a todo esto ¿Qué buscábamos cuando encontramos las marcas? ¿Qué pretendida realidad nunca es suficiente para nosotros? ¿Por qué, si buscamos el sentido de la vida, nos entretenemos tanto con el vacío?

O será que la realidad no existe, y que para todo lo demás existe mastercard.

5. Y sirve preguntar ¿la psicología social qué? o de cómo terminar por el principio.
Entablar una problemática en la cual nos vemos implicados, sólo debe tener un motivo: sentirse como en una encrucijada, toda vez que uno no se exenta de esta realidad social.

La psicología social, ante todo plantea una perspectiva para pensar la cultura, a decir de este estudio se trata de la configuración de una nueva significación teórica, tanto de los objetos, como de la cultura que los produce y su inserción en el circuito y en la circulación mercantil; no es plantear supuestos en donde se sugiera una actividad ni auténticamente, ni meramente simbólica, es decir la nueva significación está en el sentido de la comprensión del fenómeno de la mercancía, confrontándolo, comparándolo, asimilándolo con las versiones que plantean tesis como la del consumo cultural, y como la de las teorías provenientes del pensamiento marxista. En fin, como una interpretación desde el punto de vista de la psicología social; por lo tanto, el propósito final de este trabajo, es el de recuperar la parte simbólica, imaginaria y real del objeto, a través de la historia de él, y de una critica a la actual y creciente idea de mercancía, sobre la cual se desdibujan los vínculos sociales relacionales de los colectivos alrededor de los objetos. Digamos que se plantea este trabajo de manera propedéutica.


Referencia Bibliográfica
Baudrillar, J. (1978) Cultura y simulacro. Editorial Kairos. Barcelona 2002.
____________ (1969) El sistema de los objetos. Editorial Siglo XXI. México. 2003.
Benjamín, W. (1973): "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica", en Discursos interrumpidos I .Ed. Taurus. España.
Debord, G. La sociedad del espectáculo. Biblioteca de la mirada. Buenos aires. 1994.
De Certeau, M. (1996) La Invención de lo Cotidiano I. Artes de Hacer. Universidad Iberoamericana. México.
Fernández, P. (2003) Los objetos y esas cosas. El Financiero. México.
____________ (2000) La afectividad colectiva. Editorial Taurus, México.
____________ (1994) La Psicología Colectiva un fin de siglo más tarde: su disciplina, su conocimiento. Su realidad. Anthropos. Barcelona.
____________ (1991) El espíritu de la calle. Psicología política de la cultura cotidiana. Universidad de Guadalajara.
García Canclini, N. (1993) El Consumo Cultural en México. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
__________________ (1995) Consumidores y Ciudadanos. México: Editorial Grijalbo.
Ibáñez, J. (1994) Por una sociología de la vida cotidiana. Siglo XXI. México.
Jappe, A. Sobre las sutilezas metafísicas de la mercancía. En documento electrónico: www.giga.or.at/others/krisis/a-jappe_las-sutilezas-metafísicas_spanish.html
Klein N. (1999) No Logo: El poder de las marcas. Editorial Paidos. Barcelona. 2001.
Marx, K. El Capital. trad. Wenceslao Roces, México, FCE, 1972
Lipovetsky G. (1986) La era del vacío. Anagrama. Barcelona. 1990.
___________. (1989) El imperio de lo efímero. Anagrama.
Mead G. (1930) Espíritu, persona y sociedad. Paidos, Barcelona. 1980.
Sunkel, G. (2002) Una mirada otra. La cultura desde el consumo. En: Daniel Mato (coord.): Estudios y Otras Prácticas Intelectuales Latinoamericanas en Cultura y Poder. Caracas: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y CEAP, FACES, Universidad Central de Venezuela.
Vattimo, G (1986). El fin de la modernidad. Nihilismo y Hermenéutica en la cultura posmoderna. Barcelona. Gedisa. 1990.
Ventos, X. (1982) De la modernidad, ensayo de filosofía crítica. Península. Barcelona.

Paginas electrónicas:
http://www.adbuster.org/
http://www.consumehastamorir.org/
www.giga.or.at/others/krisis/a-jappe_las-sutilezas-metafísicas_spanish.html

[1] Estética, en el sentido no sólo de lo bello y lo feo, sino como la experiencia sensible de la forma.
[2] Paolo Pasolini, encontrado en “Filosofías del underground” (1977) de Luis Racionero Compactos Anagrama, 2002. Pág. 64.
[3] Hablo sobre el asunto de los cadeneros a la entrada de los antros de moda,
[4] Ochoa Aranda G. (Texto inédito), Compilación, “(Contra) Culturas Metropolitanas, Desterritorialización y Autonomía” Cáp.: La privatización de la cultura según el Dr. Semo.
[5] Baudrillard J. (1969) El Sistema de los Objetos. Siglo XXI México D.F. 2003.


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17 de abril de 2008

Diálogos No. 2: La psicología y sus formas de pensamiento
















Diálogos para repensar la psicología
No. 2: La psicología y sus formas de pensamiento
Guadalajara: Departamento de Asuntos Sin Importancia.
Septiembre de 2006. 36 págs.

Editorial
Que a los estudiantes de psicología sí les gusta escuchar, preguntar, aprender, discutir y sobre todo estudiar psicología; que los docentes fomenten lo mismo; y que ambas cosas converjan no es de gratis, es por una institución (LIPRO-IVEDL-CUEDL) que lo posibilita, lo alimenta y lo dinamiza, para muestra el quórum y la aceptación que el número UNO de este ensayo tuvo. Por eso les traemos aquí un número dos que extiende esas preguntas del primigenio (“¿qué estudia la psicología?”) esperando amplíe las reflexiones. Esta vez convocamos a distintas voces a disertar campechanamente acerca de la relación de la psicología con otras formas de conocimiento. Más bien esa fue la intención inicial, y lo que salió fueron sendas reflexiones en torno a los modos de ser de la mismísima psicología. Parafraseando a conocido maestro, cuando se anda de ocioso con suerte sale lo que uno esperaba pero a veces sale otra cosa. Ustedes dirán.

Gaby nos recuerda, para no perder la memoria, algunos asuntos tratados en el primer foro Diálogos acá. Por su parte, Raquel Ribeiro, aplicada doctora en psicología social, nos hace llegar desde la Universidad Autónoma de Querétaro atinadas líneas fruto de su investigación que nos ubican en el contexto en el que se desarrolla actualmente el diálogo disciplinar de la psicología: el mercantilismo. Pero lejos de quedarse solamente en la crítica nos habla de propuestas que están en marcha para que siga siendo posible ese diálogo a pesar de los dineros. El maestro Leonardo García desciende un rato de la omnipotente silla de editor, y con constantes guiños a la psicología colectiva, dice que los dioses sí existen (hablando de mercantilismos), y que a lo mejor los psicólogos, tan racionales, andamos perdidos cuando decimos que no. Y que los dioses resuenan en las multitudes, explica María Xóchitl Raquel González Loyola (amén, Raquel pa los cuates), que surgen de la polis, que es ahí donde se piensa, ella es psicóloga y analista política, también en la Autónoma de Querétaro, y no una cosa cada vez sino las dos al mismo tiempo, para quienes se preguntan que tiene que ver una con la otra, pues hay que leer, que la psicología como literatura puede ser muy buena, y afortunadamente a veces sólo eso, literatura; nadie como Pablo Fernández Christlieb para contarlo.

Y para aumentar el disfrute continuamos con las gustadas y comentadas secciones: en Mucho gusto incluimos las plumas de dos alumnas que nos comentan un libro (una) y una pelí (otra), la verdad es que llegaron 10 textos y los ingratos editores sólo pudimos incluir 2, esperamos seguir contando con la entusiasta participación de los alumnos. El rincón del tío Pelón, ¡Que pare el mundo! y Está flor ya se rompió siguen apareciendo para el deleite de chiquillos y chiquillas.

Con esas intenciones literarias (le echamos ganas) y otras minucias es que Diálogos para repensar la psicología tiene la osadía de seguirse haciendo. Que aproveche, nosotros vamos disfrutando.


por Gabriela Belén Gómez Torres. P. 2-3.

Artículos

por Raquel Ribeiro Toral. P. 4-9.

por Leonardo García Lozano. P. 10-14.

por María Xóchitl Raquel González Loyola Pérez. P. 15-20.

por Pablo Fernández Christlieb. P. 21-28.


Secciones

Mucho gusto
por Érika González Flores. P. 29.

por Jennith Annaiz Nava Lezama. P. 30.

El rincón del tío Pelón
por Martín Silva Oropeza. P. 31.

¡Que pare el mundo!
por Giiremos. P. 32.

Esta flor ya se rompió
por Chac y Raquel Ribeiro. P. 33-34.


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La crónica sentimental de la sociedad

por Pablo Fernández Christlieb


Toda sociedad, como toda ciudad, y como todo, tiene dos límites: donde empieza y donde termina. Donde empieza recibe el nombre de creación, fundación, centro, inauguración u origen; donde termina, recibe el nombre de que ahí-se-acabó, o de destrucción, fin, o como sea, total, para cuando eso sucede ya no hay nadie a quien le importe ponerle nombre. Las sociedades grandes, como la romana, empiezan con un mito, un acto sagrado, un ritual, es decir, con un movimiento de masas o multitudes, y terminan con la destrucción de sus murallas, de sus caminos, de su idioma, y sus habitantes vagando por cinco siglos en la noche de la edad media. Las sociedades pequeñas, mínimas, que son las que se forman entre dos, empiezan también como un movimiento de masas, que recibe el nombre común de enamoramiento, que es una multitud de dos, y terminan también con lo misma la ruptura y sus dos habitantes vagando por ahí en la noche de la sociedad global, que no se llama edad media, sino depresión.




Creación y destrucción son los sentimientos límite de toda sociedad, sea de dos o de mil. Ahora bien, entre estos limites, existen ciertos otros sentimientos intermedios que son típicos, y que son justamente la tensión y oposición entre la creación y la destrucción, entre la luz y la sombra, entre un poder y un contrapoder, entre lo blanco y lo negro, y que son digámoslo así, rojos y verdes, no como los tamales, sino como la sangre y la bilis, y que son por una parte, los celos, y por la otra el perdón: estos dos sentimientos son mitad creación y mitad destrucción. Con ellos se completa la descripción de los sentimientos básicos de toda sociedad, sea grande o chica, y esto es lo que se describirá.

Descargar texto completo en PDF


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Fotos de Lirba Cano y de Chac.

15 de abril de 2008

Ritalín








Ritalín (hiper-álex)
Cortometraje inspirado en la tesis El cuento del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDA-H) de Héctor Eduardo Robledo Mejía.

Realizadores: Aldo Laurel, Poncho Varsán, Chac.
Una flor amarilla producciones, Atómicos producciones.
Celaya, Gto., México. 2004.

Presentado el 26 de marzo de 2004 en la Universidad Autónoma de Querétaro, junto con el texto Un trastorno posmoderno (psicología, sociedad y déficit de atención con hiperactividad) [disponible en Athenea Digital no. 8].

14 de abril de 2008

Pablo Fernández Christlieb: encantamientos

por Héctor Eduardo Robledo
Pablo Fernández Christlieb (Ciudad de México, 1954) es profesor del Departamento de Psicología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se licenció en psicología, para después hacer estudios de maestría en la Universidad de Keele en Inglaterra y ser el primer doctor graduado en el Colegio de Michoacán. Luego hizo el postdoctorado en la Escuela de Altos Estudios Sociales de París. Ha viajado también para hacer clases y estancias en Querétaro, Santiago de Chile, Caracas y Barcelona.


Pero Pablo es sobre todo un referente teórico, ético, sentimental, casi mítico de la psicología social en Iberoamérica, y también para quienes gustan de la buena literatura en ciencias sociales. Sin embargo el interés por sus textos se extiende a gente poco relacionada con el ámbito académico. La labor de Pablo ha consistido en generar un conocimiento profundo de la sociedad materializado en ensayos teóricos y "ensayitos" sobre cultura cotidiana. Psicología de la cultura, psicología estética, psicología de la sociedad, veteropsicología, psicología literaria, psicología inútil... así ha adjetivado él mismo la psicología que propone, pero que finalmente se inscribe en una tradición de pensamiento identificable históricamente como psicología colectiva, a la que ha dedicado su estudio. Como él mismo cita a William James: uno tiene una sola idea en toda su vida y lo que hace durante ésta es darle vueltas.

La primera vez que lo escuché fue en una semana cultural de psicología en la Universidad Autónoma de Querétaro, en septiembre del año 2000. Se usaba de pretexto que acababa de publicar su libro La afectividad colectiva para que hiciera una presentación. Él dio lectura a "La crónica sentimental de la sociedad" que es una narración de cómo se forman y se destruyen las sociedades haciendo una analogía con las etapas que suele vivir una pareja: enamoramiento, celos, rompimiento, perdón, esperanza. Al final de la conferencia ofreció su hipótesis de por qué Vicente Fox ganó las elecciones en México aquel año: los mexicanos como siempre perdonamos, y perdonar quiere decir que ya no nos importa, por lo que el perdón es una especie de venganza. Aquel año le dimos el perdón definitivo al PRI, lo cual no quiere decir que nos hirió pero ya ni nos acordamos, nos olvidamos incluso de votarlos. La venganza definitiva hacia una revolución que nos enamoró y luego nos traicionó, como en las parejas. Después un estudiante de psicología social queriendo dar seriedad teórica a la ronda de preguntas le cuestionó el lugar que ocupaba "el sujeto" en su teoría/relato a lo que Pablo contestó desenfadado: "ni existe". Esta respuesta supuso un duro revés a los estudiosos de la psicología social en Querétaro y supuestos seguidores de la obra de Pablo, pues el plan de estudios del área de psicología social de la facultad giraba en torno a la subjetividad, el sujeto y todos sus derivados, palabras que siguen resonando con fuerza en las ciencias sociales. A posteriori tuvieron que inventar sus justificaciones para decir que el tinglado encajaba con las palabras del maestro.

En una entrevista que le hicimos a Pablo en abril de 2003, que luego aparecería publicada en el número 1 de la revista Diálogos para repensar la psicología, nos hablaba un poco más sobre esta cuestión de la subjetividad: es un cuento malo, dijo. Ningún problema con que sea un cuento, porque la psicología colectiva al igual que cualquier ciencia y explicación del mundo es un cuento, pero de lo que se trata es de que sean cuentos interesantes. El asunto de la subjetividad en la psicología colectiva no tiene cabida como argumento teórico porque termina enfocándose en el sujeto, que se vuelve individuo, y los problemas se vuelven individuales, siendo que la psicología colectiva mira a la sociedad como una entidad pensante en sí misma, indivisible en partes, como pensara Durkheim, y lo que interesaría a esta disciplina son sus formas, como propusiera Simmel, y no tanto la interacción, la intersubjetividad o el discurso como tanto parlotea la psicología social "crítica".

Y digo no tanto porque Pablo tiene la habilidad de jugar con las palabras que resulta impredecible con qué aventura conceptual-literaria vendrá la siguiente conferencia, el siguiente libro. Recuerdo que en aquella entrevista decía que no le gustaba el concepto de interacción porque le remitía justamente a la "construcción de sujetos", en el sentido de que siempre se trata de individuos que se encuentran y construyen la realidad de la que hablan, que finalmente proviene de individuos, y no propiamente de formaciones sociales, como sí lo son los objetos, las sonrisas, las sillas, los gestos, los zapatos, los estadios de futbol, hasta el pollo frito. Tiempo después publicó el libro El concepto de psicología colectiva en que uno de los conceptos a tratar es el de la interacción a la cual se refiere como "sustancia activa fundamental de las sociedades", la interacción "es el pensamiento, y quien piensa es la sociedad". Como puede deducirse de estas frases no es que se olvide de lo que ha dicho antes, o que se contradiga confundido con sus propias ideas. En todo caso se contradice deliberadamente porque de lo que nunca se olvida es de que la psicología colectiva es un juego, un juego literario. Un amigo que leyó el libro de Pablo Los objetos y esas cosas, dijo haberlo disfrutado mucho, pero que le parecía que en ocasiones pecaba de "determinista". Yo le digo que esto sucede si nos tomamos en serio lo que dice el libro, en el sentido de que esté intentando enunciar verdades cieníficas. Más bien está intentando decir cosas interesantes acerca del mundo que nos contiene. Es por ello que los estudiantes de psicología social ávidos de teorías con las cuáles justificar sus tesis encuentran muchos problemas para "aplicar" la psicología colectiva a sus campos de investigación a pesar de que les resulta una propuesta encantadora. Es que la psicología colectiva no pertenece al orden de las ciencias sociales, ni siquiera de las ciencias de la cultura (aunque el mismo Pablo lo haya dicho en algún texto para después desdecirse), sino al pensamiento mismo de la sociedad, y este no se aplica, simplemente se recrea a través de las prácticas más "alógicas" como tomarse una taza de café para curarse las penas de una mañana de oficina.

Pablo parece disfrutar mucho de su trabajo: ir a la universidad y pararse ante un nutrido auditorio de estudiantes para hablar de psicología social, escribir libros que luego pasan de mano en mano incluso entre los más ajenos a la disciplina, hacer su columna "El espíritu inútil" para el periódico y artículos para revistas, ir de un lugar a otro invitado para dar conferencias, seminarios, clases, debatir en simposios. A pesar de lo inofensivo de dichas actividades, al contrario de lo que ocurre con sus alumnos, a muchos de sus colegas y otras autoridades académicas les causa urticaria la presencia de Pablo en los espacios académicos. Resulta curioso que no participe en los posgrados de psicología de su propia universidad y sea más reconocido en Caracas o Barcelona. A él no parece disgustarle mucho ser tratado como un extraño al que aunque le inviten al restaurante más caro siempre pedirá filete con papas.

Un extraño, según el mismo Pablo, "es aquél que se encuentra [...] en un grupo pero que no pertenece de origen a él, de manera que, aunque hable el mismo idioma, se sepa los mismos chistes, trabaje con los demás y sea conocido por todos, hay algo en él que de repente lo hace aparecer como un desconocido, como alguien que está adentro y es cercano pero que al mismo tiempo como si se alejara y estuviera fuera, y que por esta razón puede contemplar a la comunidad de otro modo, y aprender de ellos cosas que nadie puede conocer, porque, curiosamente, es al extraño a quien a veces se le cuentan los secretos que no se dicen". Pero un extraño es quien mejor puede comprender la realidad porque tiene la doble cualidad de pertenecer a ella y de no pertenecer, esto es, de situarse en el límite: "para investigar el mundo de las formas, el investigador debe encontrarse al mismo tiempo dentro y fuera de la forma, porque quien solamente está dentro de ella, como lo está un neoyorkino en Nueva York, un adolorido en su dolor, solamente la puede vivir pero no reflexionar para comprender, y porque quien solamente está fuera de ella, como lo está un científico social que revisa sus reportes y estadísticas, solamente la puede catalogar y graficar pero no entender. Hay que pertenecer y no pertenecer [...] Hay que ser un tanto antisocial [...] Hay que ser testigo no protagonista". Estas palabras de Pablo que aquí cito, las dice a propósito de Georg Simmel, "el sociólogo de lo extraño", quien "pudo comprender su sociedad porque no se juntaba con los demás académicos y porque no recibía privilegios ni premios: el precio del reconocimiento y del éxito de los intelectuales, académicos, compositores, artistas y demás trabajadores del conocimiento es que se le quita el límite y se les invita a pasar adentro del sistema del prestigio y las canonjías, y una vez estando adentro, ya sólo se pueden divertir y enorgullecer, pero ya no pueden conocer: cuando se les quita su marginalidad se les quita su pensamiento." En consecuencia, cuenta Pablo, "a Simmel lo bloquearon por todas partes, [...] por pensar por cuenta propia, por despreciar el estilo académico esclerotizado, por no citar en sus textos a las vacas sagradas, por envida, por celos, por solitario, por hacer una sociología de esteta, por no organizar grupitos de discípulos aduladores". Está hablando de sí mismo, dicen quienes le conocen, y no disfrazadamente, sino que está reivindicando la coherencia entre vida y pensamiento de quienes hacen psicología colectiva (todas las citas de este párrafo son de La sociedad mental, págs. 43-45).

En el I Congreso Internacional de Psicología Social en la BUAP (Puebla) en octubre de 2002, se organizó un "conversatorio" entre los conferencistas magistrales. Ahí estaban Kenneth Gergen, Denise Jodelet entre otros célebres y renombrados psicólogos sociales. El "conversatorio" consistía en que el auditorio hiciera preguntas que cada conferencista respondería y así podríamos comparar sus distintos puntos de vista. Pablo afortunadamente cayó de chiripa en aquel conversatorio. Algún conferencista canceló de última hora y él era el que estaba a la mano. Alguien preguntó por qué habían elegido cada uno la perspectiva teórica que tenían. Un psicólogo chileno muy serio contestó que eran muchos los muertos por los totalitarismos, que la psicología social era casi una obligación como herramienta liberadora, y varias opiniones por el estilo. Pablo desfachatadamente contestó que él hacía psicología colectiva porque le daba mucha flojera tener que hacer una psicología que implicara hacer encuestas en la calle, y que esta psicología ensayística le permitía trabajar cómodamente desde su casa. La respuesta causó mucha incomodidad entre los otros conferencistas. Después alguien más preguntó para qué servía la psicología social. Otra vez los muy serios ponentes sacaron una lista de beneficios y responsabilidades sociales de la disciplina. Y otra vez Pablo: "la psicología colectiva no sirve para nada", no sirve para arreglar desperfectos, intervenir grupos ni modificar conductas. Sirve solamente para pensar. Alguna otra asistenta al evento increpó que si no servía para nada cómo se podía trabajar profesionalmente con eso. Pablo dijo que como estudiar psicología colectiva implicaba pensar, esto es usar la inteligencia, aquel que estudiara psicología colectiva sería lo suficientemente inteligente para solucionar el asunto de obtener empleo y arreglarse la vida. Lo que no se vale, seguía con su argumento, es que uno se pase ocho horas diarias haciendo cosas que luego va a decir que son psicología social y que en realidad no tienen nada que ver con eso, y peor aun, que termine tan cansado que ya no le queden ganas para hacer realmente psicología social. Estas respuestas en algunos provocaron sonrisas, en otros sorpresa, pero más de alguno, incluyendo a los expertos que tenía al lado, sintió molestia tirando a la indignación. Después, su conferencia, a la que llegó como sustituto, fue sin duda la más interesante del congreso.

Son diversas las impresiones que causan las palabras de Pablo Fernández Christlieb, escritas o habladas (aunque sus conferencias suelen ser lecturas de ensayos, con lo que uno cada vez que le lee tiende a imaginar su cadenciosa voz): está muy bonito lo que está diciendo pero luego no se puede explicar que fue lo que dijo, se quejan algunos; a otros les choca que plantee una psicología que prescinda del individuo y el cerebro, o que no tenga como fin hacer terapias o intervenciones psicológicas, porque "sería autogol" dijo respondiendo a una pregunta al final de una conferencia: la psicología colectiva debe hallar sus argumentos en y desde lo simbólico, que está en el entramado de la sociedad, para estudiar el cerebro mejor nos vamos a hacer psicofisiología o neurología, respondió airado. Además "la teoría cura" agregó. Conozco a más de alguno que le ha hallado sentido al mundo que le rodea profundizando en buenas obras del pensamiento, y que suelen tener como guía a Pablo Fernández. Sé incluso de quienes han sazonado sus melancolías leyendo "La crónica sentimental de la sociedad" o el libro La afectividad colectiva. Tampoco faltan los fans que se han vuelto expertos en Fernández Christlieb y que piden la palabra para responder en su nombre cuando alguien más le hace una pregunta o le refuta un argumento en público. En fin, que como dice el profe Rubén García, Pablo es un mago: sus palabras encantan.

__________________

Diez años después de aquel primer encuentro en Querétaro, volvemos a ver a Pablo, esta vez en Barcelona. Otra vez La crónica sentimental de la sociedad. Sólo que esta ocasión la ha leído en una pequeña sala de estar, y su auditorio éramos dos personas. Esta vez está contento porque la selección mexicana de futbol ha pegado una en el mundial y los mexicanos, en pleno "desastre moral" avalado por el sexenio presidencial de turno, tendremos motivo por unos días para festejar. Sin embargo, he sido yo el que le ha anunciado el buen resultado, la desesperanza le obligó a no sufrir el partido por televisión. Él sigue investigando qué piensa la sociedad, y qué siente cuando piensa. Y sigue siendo tan gentil como siempre.

Junio de 2010.

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Libros de Pablo Fernández Christlieb:

El espíritu de la calle. Psicología política de la cultura cotidiana. (1991). Barcelona/Querétaro: Anthropos/UAQ, 2004.
Libro en archivo descargable

La psicología colectiva un fin de siglo más tarde. (1994). Barcelona/Zamora: Anthropos/Col. Mich.

La afectividad colectiva. (1999). México: Taurus, 2000.

Los objetos y esas cosas. (2003). México: El Financiero.
"Acerca de Los objetos y esas cosas" por Raquel Ribeiro Toral en OPsiones no. 69.

La sociedad mental. (2004). Barcelona: Anthropos.
Reseña de Víctor Hernández Ramírez en Athenea Digital no. 7.

La velocidad de las bicicletas y otros ensayos de cultura cotidiana. (2005). México: Vila.
Reseña de Jahir Navalles Gómez en Athenea Digital no. 8.

El concepto de psicología colectiva. (2006). México: UNAM.
Texto completo mecanografiado y cedido por el autor.

La forma de los miércoles. Cómo disfrutar lo que pasa inadvertido (2009). México: Editoras Los Miércoles.
Presentación a cargo del autor.

Lo que se siente pensar o La cultura como psicología (2011). México: Taurus.
Presentación de Héctor Eduardo Robledo y del autor

Filosofía de las canciones que salen en el radio (2011). Monterrey: Ediciones Intempestivas.
Presentación de Livier Fernández Topete, Roberto Maldonado Espejo y el autor.

8 de abril de 2008

Diálogos No. 1: ¿Qué estudia la psicología?
















Diálogos para repensar la psicología.
Número 1: ¿Qué estudia la psicología?
Guadalajara: Departamento de Asuntos Sin Importancia.
Mayo de 2006. 36 págs.


Editorial
Vaya mundo sería el nuestro si las ideas y dudas pudiesen andar caminando a lado de nosotros; y saludarlas, odiarlas, quererlas, depurarlas, acrecentarlas o cuanta cosa se ocurra; ¿Cómo serían? Morin diría que como demonios, que de por sí ya parecen; cuando no nos dejan dormir y la pasamos a vueltas por la cama, cantándolas, cuando en el bar a los penúltimos tragos de vino soñamos en mil proyectos que nos hagan sentir más vivos, o simplemente cuando en cualquier medio de transporte nos permitimos mirar todo y nada a la vez, mientras elucubramos aquellas simplezas sin importancia de la vida que al final resultan ser las más esenciales; pensar, charlar de ayer, hoy y quizás mañana., descansar, amar, tomar 2 o 3 cervezas con los amigos, ir al café, jugar al ajedrez, leer, enriquecernos el espíritu. Si nos extendemos a los que pretenden ser o son psicólogos; hacer trincheras educativas, sociales, laborales, clínicas (que además son sistémicas, gestálticas, psicoanalíticas, conductistas), por sólo nombrar unas, en las cuales se aplican exámenes, se pasan calificaciones, se defienden teorías casi todo poderosas, se fragmenta el conocimiento y saberes de la psicología, se hace intervención educativa, modifican sistemas, cogen al sujeto como un discurso, analizan y describen puestos o masas; dan y reciben clases, revisan-modifican currículas, en fin, plausibles las convergencias y pueriles las divergencias. Pero todas estas cosas resultan ser grandes porque entre tanta profesionalidad y ociosidad les damos sentido o las sentimos.

Luego viene una paradoja, que tales demonios son tan celestiales que nos regocijan al grado de no poder estar lejos de ellos, en lo que respecta a nosotros estamos tan endemoniados que el Departamento de Asuntos Sin Importancia tras su fracaso rotundo de hacer que en el santuario aparezca la santa ociosidad, decidió ponerse en calidad de pecado “muy confiado”, en los milagros que pueden o no pasar al dialogar las quimeras de dudas que tenemos. Por eso como ya habíamos dicho Diálogos nace para sentarnos a departir el conocimiento por el puro gusto, por cierto gusto que está tan gustoso de presentar las primeras preguntas con las que queremos inaugurar nuestro festín de discusiones; ¿Qué estudia la psicología y para qué?.

Como no pretendemos ser los únicos preguntones, retando a la memoria y las ideas, creamos un espacio en forma de revista, osease dimos vida a la revista que nadie esperaba, para abrir camino a la aventura de la curiosidad de los saberes, para esto hemos invitado a una serie de sujetos-objetos los cuales ensayescamente mucho pueden compartirnos del “qué-hacer” de la psicología.

Esperamos que gusten de ella tanto como nosotros, de cualquier forma Diálogos ya empieza a hablar e interrogar en pro de la reflexión ociosa.


Artículos

Psicología y ciencia
por Carlos Eduardo Martínez. P. 4-7.

¿Qué es la psicología? Algunas preguntas a las respuestas
por Lidia Karina Macías Esparza. P. 8-11.

¿Qué, la psicología? Genealogía geográfica y algunas problematizaciones
por Adrián Sigifredo García Jiménez. P. 12-16.

En el principio era el pensamiento
por Héctor Eduardo Robledo Mejía. P. 17-23.

Una psicología para estar más contento. Entrevista con Pablo Fernández Christlieb
por Noemí Rudametkin Vega y Héctor Robledo Mejía. P. 24-30.


Secciones

Mucho gusto
Rompiendo las reglas. Cuentos casi completos
por Víctor Israel Villarreal Villanueva. P. 31.

El rincón del tío Pelón
La piedra sobre los hombros
por Martín Silva Oropeza. P. 32.

¡Que pare el mundo!
Día del odio y la enemistad
por Giiremos. P. 33.

Esta flor ya se rompió
El profesor Avenarius y la especie motorizada
por Chac. P. 34-35.


Todas las fotografías de este número son de Saúl Núñez.


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2 de abril de 2008

El Departamento de Asuntos Sin Importancia

DIÁLOGOS

El siguiente manifiesto fue el punto de partida del DeASI. Una primera versión fue publicada en el primer número de la revista Diálogos para repensar la psicología allá en Guadalajara en mayo del 2006. Con dicho texto nos presentamos en aquel entonces y nos seguimos presentando ahora.


DEPARTAMENTO DE ASUNTOS SIN IMPORTANCIA

Sobre la necesidad de tratar lo que no importa…


El conocimiento –o saber, según la metáfora que más guste- para que exista, para que diga algo interesante sobre nuestras vidas, para que sea parte del pensamiento, para que no se olvide, requiere ser socializado, es decir discutido, escrito, leído, sentido, pensado y vuelto a discutir. Especialmente esas elucubraciones de la psicología, que por muy científicas que quieren ser desde el siglo XIX, no atinan a decir con precisión que estudia tal disciplina, será porque el objeto que la psicología buscó en principio explicar (¿el alma?) resultó ser una realidad tan amplia y aun más compleja que la realidad física, que los psicólogos preferimos quedarnos cada quien con un pedacito de esa realidad y cada quien en su trinchera y nadie se meta conmigo... Luego diremos que sí, que de hecho en la psicología hemos discutido tanto que muchos debates hemos de darlos por supuestos y concluidos. Nosotros creemos que nada más se le ha sacado la vuelta a los asuntos substanciales. Incluso pareciera que el Debate es algo prohibido; muchos nos sentimos ofendidos cuando otros tocan el santoral de nuestra congregación.


También se nos ha ocurrido que este sacatearle al debate de las cuestiones substanciales proviene de un exceso de ocupaciones propias de la profesión que requiere justamente dar por sentado lo importante para dedicarnos a lo urgente (hacer la chamba, dar las clases, modificar currículas, hacer perfiles de egreso, aplicar exámenes, poner las calificaciones). ¿Y el gusto por darle vueltas a las ideas qué? ¿El regocijo de contemplar el pensamiento y discutir sus modelos dónde? Luego resulta que los asuntos sin importancia son otros...


A veces las tareas que más se prestan a la ociosidad son las que no están muy claras (como, por ejemplo, “encontrar la belleza”, “conocer la verdad” o “buscar la perfección”): se sabe que Picasso se rascaba la barriga, que las dos actividades básicas de los teóricos físicos de Copenhague que fundaron la física cuántica eran jugar ping-pong y subir los pies sobre el escritorio, y que los padres de la Ilustración, como Diderot y D’Alembert, lo que más concienzudamente hicieron durante sus vidas fue tomar café, pero nunca se les olvidó para qué lo hacían, porque la ociosidad no pierde el rumbo y porque su quehacer deja de estar impuesto desde afuera y se convierte en un trabajo íntimo, que brota como de sí mismo, como necesidad. El ocio es el trabajo elevado a su más fina expresión. Lo que se logra mediante la ociosidad es maravilloso, y lo que no también.” (Fernández Christlieb, El ocio, en El Financiero, 27/05/2003).


Los que aquí suscribimos, en nuestros “ratos libres” (¿de dónde los sacaríamos?) hemos pensado que quedan aún pendientes las grandes discusiones acerca del “objeto” de preocupaciones y la finalidad de la psicología; la relación de ésta con las tradiciones del pensamiento (ciencia, filosofía, arte y religión); las relaciones de esta “ciencia” con otras ciencias; las delimitaciones y alcances de “las psicologías”, entre otras cosas, más las que vayan surgiendo de las cegueras. Por supuesto que no pretendemos “conocer la verdad” o “encontrar la perfección”, éstos son sólo pretextos para sentarnos a departir el conocimiento por el puro gusto. Y que tal que sale algo bueno que hasta nos reorienta la práctica académica y profesional... uno nunca sabe.


De estos destellos de la realidad que alcanzamos a percibir es que proponemos y creamos el
Departamento de Asuntos sin Importancia, el cual se ha planteado, así por el puro gusto de pensar, tratar esos entre otros excluidos “quién-sabe-por-qué” (quizá por ociosos) de las grandes agendas.


El H. Depto. se ha propuesto soltar algunas preguntas e invitar a ciertos sujetos (¿objetos?) a que nos ayuden a preguntarse con nosotros sobre dichos asuntos. Sabemos que una pregunta es la primera posibilidad del conocimiento –si acaso fuera posible-. No pretendemos de ninguna manera concluir los debates, a cambio ofrecemos el festín de la reflexión ociosa ¡Nos pondremos una divertida!


Las sobjetas y los sobjetos (chiquillos y chiquillas) del Departamento de Asuntos sin Importancia…


Sería falsa modestia decir que quienes conformamos el departamento somos gente humilde y sencilla. La verdad es que no lo somos. Tampoco somos unas lumbreras que pertenecen –desafortunadamente- al SNI; nadie nos ha citado en sus ensayos, ni cosas por el estilo. Pero eso sí tenemos algunas pretensiones y principios:


  • Compartir las dudas: son más que las certezas y esperamos que se sigan acumulando.

  • Privilegiar el diálogo sobre el choro mareador: bastante tenemos con las juntas, las clases y las campañas políticas.

  • Democratización de los conocimientos: esa que se da en la charla genuina y noapantalladora al compartir la sal y la mesa –que más aplauda-, en el sano convite de las chelas y las botanas y, sobre todo, en los mingitorios y los excusados.

  • No le sacamos a los desacuerdos, es más lo fomentamos porque estamos en contra del pensamiento unívoco y homogeneizante, ese contra el que todos luchan.

  • Ya lo dijo Marx: Y si estos no les gustan… tenemos otros (pero no Karl, sino Groucho).


Quienes conformamos el
Departamento de Asuntos sin Importancia somos y seremos los que tengamos que ser1. Así aseguraremos que las ideas que nos llevaron a formarlo sólo se modifiquen para enriquecerse, así las preservaremos de la burocracia. La realidad es que si somos más luego no podemos aplicar los principios atrás señalados, además de que la cuenta saldrá más cara. Otra cosa que nos llevó a trabajar juntos y solos es que, desde el kinder hasta ahora, nadie nos quiere en sus equipos ni nos invita a sus fiestas.


Departamento de Asuntos sin Importancia


Guadalajara, marzo de 2006,

Revisado en Barcelona en Febrero de 2008



1 En el texto original decía que seremos tres, pero como dijo Edwin; mas pronto cae un hablador cojo… que uno que no lo es, (pero también queda que cojo con un hablador, Chac dixit)



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