21 de mayo de 2009

Historia de una palabra: "QUEER"

por Beatriz Preciado
pirateado de Parole de Queer, 15 de abril-15 de junio 2009. Págs. 14-17.

Para aquellos que crecimos siendo niñas tortilleras en los años inmediatamente posteriores al franquismo es difícil acostumbrarse al éxito del artefacto ""queer"" y a su trasformación en "chic cultural". Quizás convenga recordar que detrás de cada palabra hay una historia, como detrás de cada historia hay una batalla por fijar o hacer mudar las palabras. A todo aquel que afirme una identidad sexual Mina le cantará al oido: parole, parole, parole...

Hubo un tiempo en que la palabra "queer" sólo era un insulto. En lengua inglesa, desde su aparición en el siglo XVIII, "queer" servía para nombrar aquel o aquello que por su condición de inútil, mal hecho, falso o excéntrico ponía en cuestión el buen funcionamiento del juego social. Eran "queer" el tramposo, el ladrón, el borracho, la oveja negra y la manzana podrida pero también todo aquel que por su peculiaridad o por su extrañeza no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer.


La palabra "queer" no parecía tanto definir una cualidad del objeto al que se refería, como indicar la incapacidad del sujeto que había de encontrar una categoría en el ámbito de la representación que se ajuste a la complejidad de lo que pretende definir. Por tanto, desde el principio, "queer" es más bien la huella de un fallo en la representación lingüística que un simple adjetivo. Ni esto, ni aquello, ni chicha ni limoná... "queer". Lo que de algún modo equivale a decir: aquello que llamo "queer" supone un problema para mi sistema de representación, resulta una perturbación, una vibración extraña en mi campo de visibilidad que debe ser marcada con la injuria.

Es necesario desconfiar del "queer" como se desconfía de un cuerpo que por su mera presencia desdibuja las fronteras entre las categorías previamente divididas por la racionalidad y el decoro. En la sociedad victoriana que defendía el valor de la heterosexualidad como eje de la familia burguesa y base de la reproducción de la nación y de la especia, "queer" servía para nombrar también a aquellos cuerpos que escapaban a la institución heterosexual y a sus normas. La amenaza venía en este caso de aquellos cuerpos que por sus formas de relación y producción de placer ponían en cuestion las diferencias entre lo masculino y lo femenino, pero también entre lo orgánico y lo inorgánico, lo animal y lo humano. Eran "queer" los invertidos, el maricón y la lesbiana, el travesti, el fetichista, el sadomasoquista y el zoófilo. El insulto "queer" no tenía un contenido específico: pretendía reunir todas las señas de lo abyecto. Pero la palabra servía en realidad para trazar un límite al horizonte democrático: aquel que llamaba a otro "queer" se situaba a sí mismo sentado confortablemente en un sofá imaginario de la esfera pública en tranquilo intercambio comunicativo con sus iguales heterosexuales mientras expulsaba al "queer" más allá de los confines de lo humano. Desplazado por la injuria fuera del espacio social, el "queer" estaba condenado al secreto y a la vergüenza.



Pero la historia política de una injuria es también la historia cambiante de sus usos, de sus usuarios y de los contextos de habla. Si atendemos a ese tráfico lingüístico podemos decir que al lenguaje dominante le ha salido el tiro por la culata: en algo menos de dos siglos la palabra "queer" ha cambiado radicalmente de uso, de usuario y de contexto. Hubo que esperar hasta mediados de los años ochenta del pasado siglo para que, empujados por la crisis del Sida, un conjunto de microgrupos decidieran reapropiarse de la injuria "queer" para hacer de ella un lugar de acción política y de resistencia a la normalización. Los activistas de grupos como Act Up (de lucha contra el SIDA), Radical Furies o Lesbian Avengers decidieron retorcerle el cuello a la injuria "queer" y transformarla en un programa de crítica social y de intervención cultural. Lo que había cambiado era el sujeto de la enunciación: ya no era el señorito hetero el que llamaba al otro "maricón"; ahra el marica, la bollera y el trans se autodenominaban "queer" aunciando una ruptura intencional con la norma. La intuición estaba presente desde las revueltas homosexuales de los 70. Guy Hocquenghem, por ejemplo, había desenmascarado ya el carácter histórico y construido de la homosexualidad: "La sociedad capitalista fabrica al homosexual como produce lo proletario, suscitando en cada momento su propio límite. La homosexualidad es una fabricación del mundo normal". Ya no se trataba de pedir tolerancia y hacer perfil bajo para poder acceder a las instituciones heterosexuales del matrimonio y la familia, sino de afirmar el carácter político (por no decir policial) de las nociones de homosexualidad y heterosexualidad poniendo en cuestión su validez para delimitar el campo de lo social. En esta segunda vuelta. la palabra "queer" ha dejado de ser una injuria para pasar a ser un signo de resistencia a la normalización, ha dejado de ser un instrumento de represión social para convertirse en un índice revolucionario.


El movimiento "queer" es post-homosexual y post-gay. Ya no se define con respecto a la noción médica de homosexualidad, pero tampoco se conforma con la reducción de la identidad gay a un estilo de vida asequible dentro de la sociedad de consumo neoliberal. Se trata por tanto de un movimiento post-identitario: "queer" no es una identidad más en el folklore multicultural, sino una posición de crítica atenta a los procesos de exclusión y de marginalización que genera toda ficción identitaria. El movimiento "queer" no es un movimiento de homosexuales ni de gays, sino de disidentes de género y sexuales que resisten frente a las normas que impone la sociedad heterosexual dominante, atento también a los procesos de normalización y de exclusión internos de la cultura gay: marginalización de las bolleras, de los cuerpos transexuales y transgénero, de los inmigrantes, de los trabajadores y trabajadoras sexuales...

Porque para retorcer el cuello a la injuria es necesario algo más que haber sido objeto de ella. El blabla de un marica conservador no es más "queer" que el blabla de un hetero conservador. Sorry. Ser marica no basta para ser "queer": es necesario someter su propia identidad a crítica. Cuando se habla de teoría "queer" para referirse a los textos de Judith Butler, Teresa de Lauretis, Eve K. Sedgwick o Michael Warner se habla de un proyecto crítico heredero de la tradición feminista y anticolonial que tiene por objetivo el análisis y la deconstrucción de los procesos históricos y culturales que nos han conducido a la invención del cuerpo blanco heterosexual como ficción dominante en Occidente y a la exclusión de las diferencia fuera del ámbito de la representación política.


Quizás la clave del éxito de lo ""queer"" frente a la dificultad de publicar o de producir discursos o representaciones que provengan de la cultura marica, bollera, transexual, anticolonial, postporno y del trabajo sexual resida desgraciadamente en su desconexión en castellano con los contextos de opresión política a los que la palabra "queer" se refiere en inglés. Si tenemos en cuenta que la eficacia política del término "queer" proviene precisamente de ser la reapropiación de una injuria y de su uso disidente frente al lenguaje dominante habrá que aceptar que ese desplazamiento no se opera cuando la palabra "queer", desprovista de memoria histórica en castellano, català o valencià, se introduce en estas lenguas. Escapamos entonces al brutal movimiento de descontextualización, pero nos privamos también de la fuerza política de ese gesto. Esto explica quizás que muchos de los nuevos adeptos que quieren identificarse como ""queer"" - como quieren estar en la red de amigos de Manu Chao o adquiriri el último e-book - no estarían dispuestos tan ágilmente a ser identificados como "transexuales", "sadomasoquistas", "tarados" o "bolleras". Será necesario en cada caso redefinir los contextos de uso, modificar los usuarios y sobre todo movilizar los lenguajes políticos que nos han construido como abyectos... de otro modo, la teoría "queer" será simplemente parole, parole, parole...


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Beatriz Preciado es filósofo y activista queer. Cursó sus estudios en diversas universidades de EEUU. Actualmente enseña teoría del género en diferentes universidades de España y del extranjero así como participa en el Programa de Estudios Independientes del MACBA. Es autora de los libros: Manifiesto Contrasexual, Testo Yonqui y de numerosos artículos publicados en Multitudes, Eseté o Artecontexto...

Fotografías de Lirba Cano

19 de mayo de 2009

Terapia planchera

por Diyei Broquen - Plancha Proyect Kolective, Bogotá.

Todo comienza en la mesa de un bar al calor de las cervezas heladas, la primera pregunta es: ¿el mejor concierto de tu vida? Portishead, Barcelona, Primavera Sound 2008; Pulse, Londres, 1994; Arcade Fire, en Toronto; Rocío Durcal, telonera de Marco Antonio Solis el Buki, Bogotá (risas, asombro, estupor), meses antes de su muerte. Siguiente pregunta: ¿el concierto que te falta? (responden en su orden): Bowie, Radiohead, Yes, Juan Gabriel (más risas, ya no hay asombro pero sí indignación).



Siempre me ha encantado la cara de éstos que se escandalizan cuando afirmo sin temor que los grandes compositores y temas de la música plancha merecen estar allá en lo más alto de los púlpitos de la mejor música del mundo mundial. A pesar que muchos piensan que la palabra plancha (al hacer referencia a la música romántica) es despectiva, es necesario aclarar primero de dónde surge y cómo se origina esta designación:

El término "música plancha" o "música para planchar" fue acuñado a finales de los noventa por una serie de DJ’s (léase ponedores de discos) de algunas emisoras juveniles de Bogotá que decidieron traer de nuevo a la vida (dada una alta dosis de nostalgia) los clásicos de la música, que según ellos (vaya uno a saber si es cierto), escuchaban sus nanas, amas de llaves, mucamas y empleadas del servicio mientras desarrollaban sus labores domésticas, especialmente la de planchar. En este sublime instante la empleada aprovechaba que el niño dormía o retozaba juicioso en su camita para entregarse a esta monótona y caliente actividad que le tomaba toda la tarde, mientras ella cantaba y/o tarareaba hermosas melodías. Estas arrullaban al infante quien subliminalmente era bendecido por las melodiosas voces de ídolos como José José o Ana Gabriel.





Eso era en el mundo de la gente que tenía empleada del servicio y esa es la música que estos personajes intentaron supuestamente recuperar. Entretanto, en otro lugar de la ciudad, la madre se levanta a las cuatro de la mañana, pone a hacer el tinto (café en el argot colombiano), prende el radio y ya a esa hora del día saluda a toda la familia con el rico olor del café fresquito mientras canta Juan Gabriel en emisoras como Acuario Stereo.

Siendo entonces rigurosos definiremos a la música plancha como el conjunto de sonidos que agrupa artistas surgidos entre las décadas del 60 y 80 cuyas temática central es el amor, entendido éste como término amplio y de extrema complejidad, que recoge una gran variedad de sentimientos y elevados objetivos: amor por un territorio (América de Nino Bravo), amor a los animales (El niño y el canario de Leonardo Favio), amor por un pariente (Amor eterno de Juan Gabriel), amor por los amigos (Un millón de amigos de Roberto Carlos) y obviamente el amor por la pareja, con toda la gama de sentimientos que de éste se derivan: odio (Fue un placer conocerte, Rocío Durcal), Celos (A esa, Pimpinela), dolor (Vestida de novia, Palito Ortega), tristeza (Se me fue, Myriam Hernández), alegría (Hagamos un trato, Amanda Miguel), lealtad (Jamás, Camilo Sesto), esperanza (Eres tú, Mocedades), pasión (Una noche de copas, María Conchita Alonso), etc.

Me divierte provocar a aquellos snobs y traer a su memoria canciones que una a una empiezan a animar la conversación, que terminan siendo cantadas por todos (porque todos se las saben) y que empiezan a arrancar declaraciones íntimas del tipo “yo no es que me considere romántico pero cuando escucho esa canción se me pone la piel de gallina”, luego empiezan a aparecer las referencias a las madres y padres que son los responsables, los culpables, la explicación racional al porqué estos melómanos de la vanguardia conocen inconscientemente canciones que jamás se atreverían a poner en una fiesta o a mencionar en sus detestables listados, estratificaciones y tops a los que están tan acostumbrados: “Uy, es que esa canción le encantaba a mi mamá, ella me contaba cuando niño que mi papá se la dedicó cuando ella tenía 16 años y él 17 … ella la tenía en acetato y cada vez que peleaban se sentaba en la sala y ponía su disco, yo sabía que estaba triste, iba y me le sentaba al lado, terminábamos abrazados y yo terminaba llorando sin saber porqué”.



Cuando aparece un nombre, una rola, inmediatamente hay una historia de vida, un episodio real, incluso en más de una ocasión en ésta, mi “terapia planchera”, he visto gente, que aparece siempre impenetrable, llorar a moco tendido cuando le toca el turno a la canción que le quiebra el alma, uno de los casos que más recuerdo es cuando esta frase “yo tenía mi vida llena, había dicha en cualquier rincón siempre estaba mi alma abierta por si ella quería amor, yo tenía mis manos llenas y vacías me las dejó …” derrumbó por completo a un hombre que no habían podido agarrar entre cinco un día en una pelea callejera.

Esta terapia también es polémica y agitada, decir "Juan Gabriel" por ejemplo exalta los ánimos, “maricón”, “es que es una loca”, “un día se cayó y casi se parte el culo”, pero cuando avanzamos y decir "Juan Gabriel" va acompañado de “no te guardo rencor eres libre de mi pero te pido un favor que no hables bien ni mal de mi olvidarnos tú y yo será mucho mejor fácil es para ti ya que tienes otro amor…”, cuando llegamos a “muchas gracias, te agradezco los momentos de felicidad te deseo buena suerte porque no me verás ya jamás…”, ya alguien de seguro (pero seguro, seguro) ha llorado y se está limpiando las lágrimas o es consolado por alguno que le conoce los más profundos secretos y al final de la canción “jamás, jamás, jamás” va acompañado de un suspiro laaaaaargo y de un “ah, es que ese man es un maestro”.

Así avanza la noche entre recuerdos que han estado guardados bajo llave en lo más profundo de sus corazones, todos se van nostálgicos y sé que de seguro al día siguiente sus escalas de valores musicales no apuntarán a atreverse a decir que el hijo de Paracuaro (Michoacán) es uno de los compositores más grandes de la música en habla hispana, pero no me importa porque yo me voy feliz, esperando que otros caigan de nuevo ante el poder de la “terapia planchera”.