16 de noviembre de 2009

El legado de Abraham

por Ricardo Quirarte

Me enteré recientemente de un suceso que pudo o no haberme traumatizado de por vida. Si tal vez debido a su contenido freudiano o a la pura esencia del acto en su estado más sensitivo no lo sé; quizá el daño se acerque más a un desplante de salvajismo que a una teoría psicoanalítica, dejo a discreción del lector el considerar ambos polos con una cercanía perturbadora entre sí.


Cuando uno es pequeño se arroja casi a ciegas a los brazos de sus padres, ni siquiera se cuestionan las decisiones que, tanto padre como hijo, saben de envergadura. Creo que en el fondo el niño sabe la diferencia entre “vete a dormir, porque yo lo digo” y “tómate esta medicina para que te alivies”. Hay decisiones inapelables y, cierto, a veces los mismos padres llegan a confundirlas pero en el fondo “no te tragues el amoniaco” puede fungir como verdad universal. Sin embargo, esta relación acarrea sus riesgos.



Así, para mí, cuando mis padres me dijeron a la temprana (o tardía) edad de seis años que me iban a quitar las amígdalas, yo sin reclamar, cuestionar o patalear me preparé para la operación como un niño de seis años puede prepararse para una intervención quirúrgica de la cual no sabe nada: disfruté mi día de asueto y me dejé consentir por aquellas ya-casi-culpables personas que poco a poco se mostraban más y más sospechosas.

Uno como padre repite discursos aprendidos por sus padres y los padres de sus padres, esperando que sus hijos lleguen a repetirlos también y sus hijos, y los hijos de sus hijos. Si escuchamos, por ejemplo, que un padre sólo quiere lo mejor para sus hijos, lo creemos y hasta sentimos ese calorcito de mi-papi-me-quiere-mucho y la vida es perfecta y uno respira tranquilo: puede pasar otro día. El problema con los discursos es que se interpretan. No existen si no hay siquiera el más mínimo proceso hermenéutico por parte del que se los apropia. Así pues, del querer hacer lo mejor para sus hijos al verdaderamente hacerlo o que se sienta como lo mejor, hay un gran tramo, casi siempre problemático. Por eso prefiero el lenguaje de la poesía, tanto más interpretativo cuanto más metafórico, porque si Alejandra Pizarnik dice “la jaula se ha vuelto pájaro y se ha volado” a mi no me cuesta una parte íntegra de mi cuerpo de infante. Sí, porque quizá si el discurso fuera más a la Sabines: “tu eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas, por eso es que este achazo nos sacude” entonces no nos sentiríamos tan condenados al “de tal palo tal astilla”. Son de cuidado esos discursos, uno ni se da cuenta y ya está abusando de ellos.


Al entrar al hospital tenía una ligera idea de lo que eran las amígdalas; habiéndome aclarado a grandes rasgos y omitiendo las partes sangrientas y extirpativas, todos nos sentíamos seguros y dispuestos para continuar. El problema fue que omitieron aclararme otros “cortes” elementales que se llevarían a cabo durante mi estadía en el quirófano. Cuando recobré conciencia me encontré ciertamente anestesiado en mi zona pélvica que en esos tiempos yo solía llamar “piri” y mi sorpresa al ver esa flagelación que se había llevado mi, de por sí enclenque, miembro pueril fue seguida por gritos y llantos. Había sido víctima de una violación, una perversión médica o un resbalón de bisturí desde la boca hasta ¿mi pene? Y como para aminorar el daño entró mi madre con dos automóviles de carrera para que yo jugara mientras me recuperaba; tratando, ella tan linda, de explicarme lo que era una circuncisión y por qué no me la habían hecho antes (si acaso las operaciones estaban al dos por uno). Para aunar a mi humillación de desentendido, la siguiente semana la pasé sin ninguna prenda que pudiera rozar las suturas, nada más que una camisa y mis dos carritos de carreras, y ni pensar en quejarme porque la operación de las amígdalas también me dolía como el carajo cada vez que hablaba.



Fue por eso que, en aras de lo mejor para mí, me circuncidaron a los seis años –por supuesto, el doctor también con su discurso médico de salubridad– pero ahí entra el problema con los discursos aprendidos hasta quedar bien grabados en la memoria: quien ya los tiene claros y brillantes como filo de bisturí se olvida de transmitirlos a segundos afectados, entonces el discurso sólo corta a discreción y uno no puede más que esperar que el que lo emite tenga buen pulso.


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Fotografías de Lirba Cano.