10 de julio de 2012

Narrar con los pies

por Bea Hermosillo e Iván Segura


Esto es un capricho, el capricho de andar, porque queríamos caminar, así nomás, por gusto, para
sentir las banquetas, para ver si de repente a un poste de luz le faltaba un foco, para ocupar los
pies; el capricho de perder una tarde entera pretendiendo que uno está haciendo algo cuando en
realidad está siendo. Y ser en la calle es acontecer, y para acontecer, hay que narrar, que es como
caminar entre letras, el capricho escrito cobra cuerpo a través de andar y viceversa, de ahí que
este texto sea desenfadado, mismo ritmo con el que se camina la calle, puede bien, como un
andante, pasar desapercibido. Ahora que si el lector considera ponerse serio tendrá que observar
el espacio que ocupa éste texto: el de las drogas, tema que por morbo, curiosidad o placer,
justifica detenerse a leer un par de párrafos. Y por tal, las siguientes líneas no pueden considerarse
serias, así que la recomendación que hacemos es la siguiente: relájese, navegue por las letras,
piérdase en las pausas, derive, que no venimos a quitarle su tiempo ni a convencerlo de usar
drogas con cualquier fin, sino simplemente disponemos nuestra experiencia porque si no se
cuenta esto, ¿para qué escribir?

Si después del primer párrafo ha decidido convertirse en cómplice habrá descubierto que el capricho que tanto se menciona es  disfrutar la ciudad bajo la influencia de drogas, específicamente alucinógenos, que potencialicen los sentidos, el capricho de vivirla a través de los lentes del extrañamiento, de la sorpresa y curiosidad por lo no-nuevo, es decir, por aquello que se presenta todos los días: casas, las formas de sus ventanas y sus puertas, caminares, esquinas y demás objetos y situaciones citadinos, a los que si se le prestan un poco de más tiempo, aparecen como objetos distintos, dicen lo que antes no les hemos escuchado decir. 


Si después del primer párrafo ha decidido convertirse en cómplice habrá descubierto que el capricho que tanto se menciona es disfrutar la ciudad bajo la influencia de drogas, específicamente alucinógenos, que potencialicen los sentidos, el capricho de vivirla a través de los lentes del extrañamiento, de la sorpresa y curiosidad por lo no-nuevo, es decir, por aquello que se presenta todos los días: casas, las formas de sus ventanas y sus puertas, caminares, esquinas y demás objetos y situaciones citadinos, a los que si se le prestan un poco de más tiempo, aparecen como objetos distintos, dicen lo que antes no les hemos escuchado decir.

Esta narración es el producto final de un recorrido corporal, no sólo del cuerpo individual sino también, del cuerpo de la ciudad; y de la relación que nace entre ambos: cómo es que se transgreden los límites del otro. La única pretensión es la de crear un objeto análogo a nuestra experiencia, por lo mismo, es un objeto que está atravesado por todo lo que compone nuestras subjetividades, a saber: un cariño por la ciudad y la gente, y una fascinación por lo que la alteración de los sentidos a partir de sustancias psicotrópicas produce: el asombro, el desaburrimiento de la cotidianidad. O dicho de otro modo, este relato está atravesado por nuestros cuerpos e ideas en tanto que fue a partir de ellos que nos aproximamos a la calle.

Atravesar la ciudad bajo la influencia de las drogas, nos ha permitido conocerla, resignificarla y descubrir en la aparentemente aburrida acción de caminar, una experiencia lúdica, un escape, un encuentro con desconocidos, la posibilidad de disfrutar banquetes callejeros, de fotografiar y conservar eso que no pasará de nuevo, ser extranjeros aunque sea por cinco minutos: “el arte es breve, la vida es larga”...

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