12 de octubre de 2008

La mentalidad de los barcos falsos

por Pablo Fernández Christlieb

De hecho, la mayoría de los barcos no flotan; es más, sólo lo hacen los peores, los buques mercantes de los negociantes, los acorazados de guerra de los norteamericanos, los cruceros de turistas que van a las Bahamas. Un barco no es algo que flota, aunque tampoco lo que no flota no es barco, porque, si fuera así, el Titanic no sería un barco, ni los cientos de galeones hundidos entre la España y la Nueva España cargados de tesoros, que para muchos son los más barcos de todos, y que jamás han visto; pero esto no quiere decir que lo que está en el mar pero no flota sea una barco descompuesto, porque entonces la Venus de Milo, a la que encontraron en el fondo sólo sería un barco descompuesto, aunque de repente da por pensar que la Victoria de Samotracia sí lo sería, ya que formaba parte de una proa de navío, y sería el más bonito barco de todos.


Los barcos fantasmas sólo flotan en la imaginación, como el barco de Loch Awe, que significa Lago del Temor Reverencial, o ése otro que se ve por el Mar del Norte lleno de gente vestida de fiesta que cruza silencioso en días de calma y bruma: quizá sea falso que es fantasma, pero no que es barco. O tal vez será que los barcos falsos están tan bien falsificados que sí flotan pero no son barcos, pero es difícil que una tina, o los lirios acuáticos, o las latas vacías de coca cola, o los veinte mil patitos de hule que en los años noventa en una tormenta cayeron de un carguero y que actualmente siguen flotando en algún lugar del Atlántico, salvo algunos cientos que alguna mañana, diez años después, aparecieron en las costas de Escocia, sean barcos falsos, porque no lo son ni verdaderos. Tampoco puede decirse que sean falsos los barcos que no llevan tripulantes o carga, porque el mayor número de barcos de este mundo no sirve para tales efectos, ya que, por ejemplo, de todos los barquitos de papel que han sido construidos a lo largo de la historia, en promedio uno por cada ser humano, solamente el de Hans Christian Andersen llevaba un soldadito de plomo, quién sabe si como tripulante o como carga...

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Gracias a Jahir Navalles por enviar este texto para la "pabloteca".
Fotografía: Memorial de Walter Benjamin, en Portbou, Cataluña. Foto de Lirba Cano.

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