21 de septiembre de 2008

Hojas sin arrugar

por Alberto García Lozano (Giirado del mundo)

Algunas veces he visto, en las películas, cómo un escritor toma una hoja blanca de un montón, la mete en la máquina de escribir, teclea la primera frase, no le gusta, saca la hoja de la máquina, la arruga, la arroja con muy mala puntería al cesto de la basura (close up al cesto, donde se nota que un montón de papeles han caído fuera); toma una nueva hoja y repite el proceso.
Se me pidió, entonces, que juntara en diez cuartillas todas esas frases que han sido arrojadas (o que han pretendido serlo) al cesto de la basura. Sin tirar una sola. Reunirlas aquí. Mirarlas escritas en una decena de hojas sin arrugar y sin lanzar.

Se podría pensar que el proceso que siguen los escritores es muy sui generis, ¿de dónde sacan la idea de que tras arrojar cierta cantidad de papeles con apenas una frase escrita, arrugados, a veces ni siquiera cerca del bote de la basura, surgirá por fin la novela genial que albergan dentro de sí? ¿Y si el orden fuera trastocado? Me explico: He conocido personas que en un momento de sus vidas deciden ser deportistas. Un caso típico: se levanta un buen día (o un jodido día, a propósito de lugares comunes) más temprano que de costumbre, se abrocha las agujetas de unos tenis que son, de plano, completamente inapropiados para la tarea del corredor olímpico en ciernes. Lo demás es: camisa de botones, pantalón con presillas, calcetines de vestir, cinturón con hebilla grande. No está dotado aún para la decisión que acaba de tomar. Sale a la calle y no sabe qué camino será el mejor. Camina como descubriendo el mundo por primera vez. En alguna esquina, donde cree que nadie lo observa, ejecuta mal algunos ejercicios de calistenia. Se anima y trota un poco. Su paso es torpe y se cansa enseguida. Alterna la caminata con el trote y, cada vez que siente el corazón en la garganta y es capaz de recuperarse, piensa que su espíritu le va ganando la batalla al cuerpo (noto aquí cierta formación maniquea en el neo-correcaminos).

Te encuentras dos años después con la misma persona y, en una de las posibilidades, te das cuenta que sus tenis ya no son de suela dura, ha invertido una cantidad de dinero en comprar ropa que lo haga ver como un verdadero deportista. Ya no usa pantalones vaqueros o acampanados, los ha sustituido por un conjunto deportivo. Y no sólo es la ropa, cuando inicia su rutina lo hace con la seguridad de quien sabe hacer lo correcto. Toma el camellón de una avenida que mejor estaría en una villa olímpica. Mira su reloj de pulsera para:
a) Ver la hora.
b) Tomarse el tiempo y saber si estableció un récord.

Corre. Ya no lo hace a brinquitos tipo Bambi, tampoco intercala momentos agachado, jalando aire hasta por las orejas y con los ojos tipo niño con síndrome de Down. Es decir, a fuerza de hacerlo, aprendió a correr. No desechó ningún paso, por muy caricaturesco que fuera, al bote de la basura. Si fuera película, hasta tendría una foto Polaroid del primer día que salió de su casa a trotar el mundo. No se avergonzaría de su indumentaria ranchera, ni de su corte de pelo, ni de sus lagañas (que no se alcanzan a ver en la foto).

Esa es la tarea que se me pidió. Que tras haber escrito la primer frase en la hoja, dominara mi impulso (muy de escritor) de poner cara de fuchi, arrugar la hoja y enviarla a las inmediaciones del cesto (pienso en un escritor con las expectativas muy altas o con la autoestima muy baja, que en lugar del tradicional cesto de papeles, se armara, antes de comenzar su obra, con un tambo de esos que se usan acá en Ciudad Juárez para sacar la basura a la calle).

Diez cuartillas. Lo que hice fue contar las hojas (no me fuera a pasar), apilarlas en mi escritorio y simplemente comencé a escribir. Sabedor de que nadie me veía, no tenía caso quedarme un momento viendo el papel con las manos en la cintura, como dispuesto a iniciar la batalla.

Apenas llevo dos y media cuartillas y ya me doy cuenta de dos cosas:
1) Me faltan siete cuartillas y media.
2) No es verdad que cada coma es la obra maestra en sí (cfr.: Ordaz, Axel.
Estratengaños Mercadoilógicos, Obra Negra Editores, 2007, p. 30).

El acto de escribir es la obra maestra en sí. Así como para nuestro corredor, caminar o trotar torpemente era el ejercicio en sí. No necesitaba hacerlo correctamente para entrar en la categoría de ejercicio. Hazlo mal y ve al doctor y dile que caminas diariamente media hora y ni te va a preguntar por la marca de tus tenis ni por lo ridículo de tu indumentaria. Probablemente salgas de la consulta con una estrellita en la frente y una etiqueta de “saludable” que no te quepa en el ego.


Así comprendí el acto de escribir. Empezar a hacerlo es ya estarlo haciendo.
Luego te puedes conseguir un erudito que te diga dónde va coma y dónde punto y coma. Si es de verdad profesional, no se va a detener en tus ideas, son irrelevantes. Para el profesional de escribir técnicamente bien, no hay ideas buenas o malas; hay ideas, incluso robadas, correcta o incorrectamente escritas. Todo es así para los profesionales. Por eso están, algunos, más allá del bien y del mal. Un da, da, da o un chacarrón, correctamente utilizados, son música y, eventualmente, pueden ser música buena; digo, es mi culpa elegir malos ejemplos. Pero lo importante es saber que no importa tanto la letra de la canción para que ésta sea cantable, pegajosa y capaz de hacerle cosquillas al corazón y sacudirnos la modorra y, a veces, los pies.
Luego vienen los que están o no de acuerdo con lo que escribiste. Los que deciden si lo tuyo es Literatura o si es una pena que no hayas procedido de acuerdo al cliché: escribir una frase, sacar la hoja, arrugarla, lanzarla. Nos hubieras ahorrado las siguientes nueve cuartillas de nada. Bueno, ya ahorita, cinco y media. Los que opinan que las bibliotecas bien pudieran ser menos y más pequeñas. Basta que tuvieran un estante con Spinoza, Ortega y Gasset, Niestché y alguno más. Pienso en lo que opina de esos expertos la mamá de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, o su editor, o tanta gente que sólo a él ha leído. La gente que de no existir Paulo Coelho no conocería un libro. Las personas que no se sientes desvalijadas al salir sonrientes de la librería del aeropuerto con su “cómo ser una perfecta cabrona” bajo el brazo y un buen baucher en la cartera.

Que conste que no es esto una invitación abierta a que los Masca brothers escriban su libro.

El corredor que encontramos dos años después sólo es mejor técnicamente. Se puede decir que el principiante le rebasa en algunos sentidos. Para el habituado es más fácil madrugar. Trae condición, respira adecuadamente para fatigarse menos y hasta se pone una muslera en caso de lesión. El de tiempo atrás sólo contaba con una férrea voluntad, sin ropa adecuada, sin prestigio de corredor y con muchos augurios de “no va a aguantar ni una semana”.

El escritor de oficio sólo tiene unos signos de puntuación más que el novel. Sus ideas no son mejores a fuerza de expresarlas. Quizás llegaron a ser más claras, más entendibles a los demás, pero igual de sorprendentes o de ordinarias que al principio. Y la originalidad de los pensamientos ni siquiera depende del propio escritor. Una sociedad determina qué le sorprende y que no. La nota roja puede ser sorprendente y, sin embargo, a veces parece que deja de sorprendernos.

Desde que era niño existían los corredores y también los periódicos amarillistas (¿han reparado en cuántas cosas, que aparentemente no tienen nada en común, coexisten, conviven, se rozan?). Yo nunca fui aficionado a este tipo de literatura especializada. Creía, tal vez por haberlo escuchado, que los reporteros gráficos de dichas publicaciones visitaban regularmente los anfiteatros de las ciudades y, mediante un soborno, tenían acceso a tomar fotografías a los cadáveres, mismas que, después, eran editadas y a las cuales se les construía una historia. Nada fantástico o imposible. Nada de increíble hay en que alguien resbale y, justo en ese momento, la llanta de un camión ruede por encima de la cabeza, provocando un crack, audible para dos o tres testigos, y una muerte instantánea. Eran, como dije, historias posibles pero que no tenían nada qué ver conmigo. Mis amigos no habían muerto aplastados, nadie de mi familia había sido torturado o ejecutado, nadie había desesperado al punto de ahorcarse. Pero, o los escritores de la nota roja se hicieron técnicamente mejores con el paso del tiempo o la sociedad decidió, un día, levantarse más temprano de lo habitual para comenzar a ejercer la violencia de manera tan sincronizada con los medios de comunicación que, ahora, dos realidades que para mí no se tocaban, comenzaron a hacerlo. O yo respondí que sí noto lo que pregunté diez y ocho líneas arriba. Que sí existen cosas disímbolas, contrarias, ajenas hasta hace poco, que se seducen, se tocan, cohabitan, se vuelven cotidianas, terminan por parecer rutina.

Comencé a comprar el periódico que, en cuestión de marketing, le da una lección a los que envían correos electrónicos invitándome a la presentación de un libro, editado por la Universidad. Y las notas parecían reales. Ya no creía que los reporteros sobornaban a los vigilantes del CEMEFO para retratar cadáveres viejos. Mis amigos dejaron de ser los que metían el gol gana en el partido de ayer, para convertirse en el “cuando llegues di esto para que te dejen entrar, porque si no, te van a decir que no estoy, es que he recibido amenazas de secuestro”.

La nota roja no tiene que gustarte. Es así, como la realidad. Porque si no es así, entonces los reporteros siguen creando ficción a partir de una foto. Y, entonces, los dos muertos que tiraron ayer, cerca de mi casa, o el estudiante de secundaria que fue victimado con arma blanca en una cancha de fútbol de un centro comunitario; o los helicópteros que llevan días pasando por el cielo de mi oficina; o los soldados que me detienen, me bajan del auto y me preguntan que a dónde voy; o los balazos a que juegan los adolecentes de mi colonia; o la esposa de mi compañero, que es atrapada en el puente internacional por intentar cruzar mariguana, y los otros que tú conoces, que de tanto repetirse, que de tanto ejercitarse, comienzan a hacerte sospechar que esta vida se trata de una ficción muy bien elaborada.

Hace una semana asistí a la presentación de una revista de “corte cultural”. Había vino tinto, canapés, poses, perfumes y, por supuesto, discursos. En el explícito alguien mencionó que los medios cometían un error al presentarnos las buenas noticias en un recuadro pequeño, lo que de bueno estaba sucediendo en la ciudad. La cultura, que también era una cara, una buena cara, de la realidad era relegada. Pinche realidad hipócrita, polifacética, acomodaticia. Cuando alguien quiere decir que en Juárez suceden cosas buenas, ahí está el Centro Cultural recién creado y sus múltiples actividades. Cuando otro cuenta que, en menos de nueve meses, en esta ciudad se han ejecutado más de mil personas, ahí también está la realidad que no lo deja mentir. ¿Por qué la realidad decide darles a ambos la razón? Tal vez el escritor de la vida opina también que no hay temas buenos y malos para escribir. Que da lo mismo hablar de la sopa de fideos o de los patrimonios culturales de la humanidad. Que, comas más, puntos menos, él escribe de ejecuciones, de narcomenudeo, de sobredosis, de muerte. O de aplausos, nudos en las corbatas, virtuosismo en la ejecución de algún instrumento, atardeceres multicolores. Y todo se junta, todo coexiste. En esta biblioteca el bibliotecario no discriminó. En el estante de la Literatura del Río Bravo, se encuentran, sin clasificar, los filósofos, los comentaristas de un equipo chafa de fútbol, los pelados que cuentan chistes obscenos en las presentaciones de revistas culturales, los moralistas, los a favor del toque de queda, los en contra. Es como muchas bibliotecas que conozco: ecléctica, no especializada.

¿Y si los medios procedieran al revés? Planas y planas de cultura, de gente que baila, se contorsiona, alcanza otra octava con la voz, se rompe la uña al rasgar la guitarra y, pese a ello, no deja de tocar. En Paquimé se hacen ollitas muy monas. Con todo y ser chueco, un tipo, originario del país más exótico, hace malabares con fuego. La nota roja quedaría relegada al cuadrito que hoy se le destina a la cultura. En vez de aparecer en primera plana, lo haría en página par y nunca en la sección de deportes, que es la que se lee primero. No cabrían fotos, únicamente los encabezados.

Tengo un corcho con una colección de encabezados del periódico. Muchos comienzan así: “Lo matan por” y a continuación se describe la variante del asesinato. Los motivos suelen de todo tipo, igual que en la literatura. La muerte no elige tópicos. Borracheras, paseos, negocios, amigos, amores. El recuadrito podría tener nombre, como las columnas editoriales. En la columna “Lo matan por”, cada día aparecería: por robarle, por infiel, por borracho, por diversión, por error, porque se parecía tanto a otro (¿su gemelo en el mundo, el que todos tenemos?). Lo matan por joto, por macho, por gandalla, por enojón, por soez. Sin descripciones, sin agrandar el dato, sin exagerar. Al final de la columna podrían decir: total = quince ejecutados. Pero sólo un cuadrito. Punto final, paso a la siguiente noticia: “Inaugura grupo de viejitas exposición de macramé en importante teatro de la ciudad”. Ahora sí, descripción detallada, quién patrocina, el pedigrí cultural de cada participante, fotos de los asistentes, la mejor vestida de la noche. Sólo los morbosos se detendrían a leer la mini columna amarilla.

No es que nadie crea que a fuerza de tapar el sol con un dedo (antes de ser arrancado como forma de tortura), un día el astro deje de salir. Pero puede suceder que, así como yo decidí tomar diez cuartillas y resistir a la tentación de arrugarlas a la primera frase. El gran escritor de la vida, tome su resma del paquete de Ciudad Juárez, saque de su pluma un montón de personajes siniestros, resista sus propias tentaciones (porque también él puede caer en el cliché de Dios todopoderoso y borrar a la gente de la faz de la tierra sólo porque no le haya gustado la primer frase escrita por esas incipientes vidas), termine sus diez cuartillas y, al final, se pregunte como me pregunto: ¿cuál era el objetivo de este ejercicio? Escribir. Ya lo hice. Ahora sí, con tinta encima, con historias contadas o esbozadas, meto las hojas al triturador de documentos como quizás lo esté haciendo él. Nos chingamos todos.

Fotografías de 1) Lirba Cano, 2) Chac

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