2 de mayo de 2008

Literatura mentira inquieta

por José Morales González

La verdad tiene un defecto: es un sustantivo que no puede ser verbo. Será un sustantivo muy prestigioso (hasta se ha asociado con Dios), pero nunca ha podido ponerse en acción. La verdad por eso es única, no es mutable.

La mentira tiene una cualidad: es un sustantivo que puede ser activado y volverse verbo, que es acción, que es movimiento. No puede ser estado. Si deja de mutar: muere. La mentira no es ni siquiera ella un sustantivo, no puede serlo. Si se sustantiva se petrifica convirtiéndose en verdad. Es verbo porque es verbosa, le encantan las palabras pues lo que tiene que decir parece no tener fin –Las truchas y las mentiras, cuanto mayores, tanto mejores–. Michel de Montaigne observó que la mentira, como la terquedad, crece. Sucede que está viva y por eso se desarrolla, se agranda, se multiplica, tiene cien mil caras, y hace y deshace muchas cosas. La verdad sólo hace una pinche cosa: desmentir, y eso quiere decir inmovilizar. Desmentir es quitarle el chiste a las cosas, es el aguafiestas de la discusión porque la detiene. Una verdad detiene la conversación hasta que se advierte que esta verdad puede tocarse, pincharla así, en la panza, para que se inquiete la haragana, para que se mueva un poco, dé de sí y deje hablar. En esto reside el placer de la mentira: es burlona a la verdad.

No tiene que ver con una correspondencia a las cosas, la verdad. Esta es una mentira mal hecha, porque, ya ves, se detuvo. Si la filosofía temió a la retórica por poder disponer de las palabras sin las cosas es porque no se daba cuenta de que ella lo único que hacía era cosificar la palabra. La retórica hacía malabares con las palabras, jugueteaba con las clasificaciones, así, mira: con las manos, revolviéndolas en el aire hasta la indistinción.




Aunque tenga muy buen puesto, la verdad no es lo opuesto a la mentira, es más bien una mentira que se avergüenza de serlo. Pero no hay porqué, si Dios dictó el octavo mandamiento, no dirás falsos testimonios ni mentirás, no fue para que la humanidad dejara de mentir, sino para que lo hiciera bien y con estilo. A Él le gustan las historias y mandó que el verbo se hiciera carne y habitara y contara cosas inquietantes. Si de por sí el verbo es acción, desde que encarnó se hizo perecedero; se consume preferentemente todos los días no parando de contar historias, aunque se repitan; ya se les cambia esto o aquello, ya se les agrega o se les quita, para adornarlas para que no aburran y sorprendan, para hacerlas publicables, pues. Los rumores lo saben y por eso se multiplican y desparraman, son incontenibles; no se aguantan las ganas y, como conocen la técnica, se mueven bien de boca en boca, llegan a los periódicos y a los telediarios en su vigésima tercera edición y mueren, finalmente, a manos de la palabra experta, esa que dice que sabe lo que está pasando; “no se hagan bolas, miren yo les explico: no se agredió a nadie, simplemente se reestableció el orden”; en fin, esa que arroja claridad al asunto y tranquiliza los ánimos. esa.

La mentira no hace eso, pues sabe que la claridad es una mentira menor. Quizá esa sea la razón de que en ocasiones se le huya a la mentira, porque no es que sea de por sí mala, sino que inquieta, desacomoda, crea inseguridad. Incomoda porque suele estar fuera de lugar. “Tan a gusto que estábamos...” Inoportuna e imprudente. Y es que piensa que el lenguaje no es para comunicarse efectivamente, sino para crear malos entendidos; entonces gusta aderezarse (es sabrosa), y le cuelga detalles a sus relatos hasta el barroco (es ostentosa); lenguaje ornamento extravagante tan visible que levanta las cejas a cualquiera (es obscena). Gusta de replicar y replicarse a sí misma, de enmarañar la comprensión, de olvidar las certezas para reinventarlas, de recordar las confusiones para tergiversar la versión oficial y contar algo distinto.

Si tuviera una arquitectura ésta sería el laberinto, lugar donde se enreda el sentido, donde la referencia (o la vida) se da por perdida, donde los lugares comunes no aparecen y el destino, el centro, es lo de menos, porque lo que hace al laberinto son sus paredes dispuestas hacia dilatarse en el enredo, no hacia el centro. En el laberinto perdido de Borges, ahí te quiero ver. El diccionario no
es más consolador:

Laberinto. m. 1 Construcción que engaña porque no lleva a ningún lugar y no es lugar alguno, pues no se está, sólo se anda, no en un espacio, sino en una especulación. 2 Cosa confusa y enredada. 3 ANAT. Parte interna del oído; su forma hace pensar que está hecha para escuchar mentiras.

Platón odiaba la mentira, cosa que no es discutible, y la reconoció como ajena a los dioses y propia de los poetas; esto sí es discutible, pero hay acuerdo, porque la mentira requiere creación, o más bien: invención, cuando se pronuncia se produce algo. La verdad, en cambio, dice que ya estaba ahí antes de que se llegara al lugar de los hechos. Pero es que, aquí entre nos, murmuran que es un poco pretenciosa.

Así es esta mentira, la que aquí se describe, aunque la mentira sólo pueda ser desescrita pues, como la literatura, no se está quieta.

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Este ensayito, generosamente donado por el autor, forma parte de su tesis doctoral Teoría narrativa de la psicología social en el modo de ser literario (Universidad Autónoma de Barcelona, 2005).

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