30 de abril de 2010

Masculino/Femenino - Producción/Seducción

por JESÚS IBÁÑEZ (1928-1992)
de su libro Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid: Siglo XXI, 1994. Págs. 64-66.


Si en el inconsciente no hay hombres ni mujeres, habrá que buscarlos en el imaginario social. Veremos cómo, lo masculino produce lo femenino, lo femenino seduce lo masculino.

La razón masculina tiene forma de razón (a/b). Esto es: de relación entre una mayoría dominante (numerador) y una minoría oprimida (denominador). Es una razón que no admite diferencias, sino ordenadas. Separa a los objetos (las mujeres) de los sujetos (los hombres), y pone a los hombres encima de las mujeres. Separa, entre los objetos, a las mujeres consumibles de las negociables (castas, cuya penetración sería un incesto), y pone a las negociables encima de las consumibles. Separa, entre los sujetos, los humanos (que deben cumplir la ley) de los divinos (que, para acceder a la divinidad, deben transgredirla) y pone a los divinos encima de los humanos.

Es una razón negativa, que organiza prohibiendo.

Lo que está prohibido --en el intercambio de sujetos-- es: la relación reflexiva (masturbación), la relación simétrica (amistad), las relaciones transitivas inmediatas por semejanza (homosexualidad) o por contigüidad (incesto). Lo mismo ocurre en los sistemas de intercambio de objetos o de mensajes. La función secundaria de las prohibiciones es positiva: así se ensancha el círculo social. Pero la función primaria es negativa: exterminar todo lo que no se deja intercambiar --lo que no circula--, lo sólido, lo que no se deja reducir a valor de uso o a valor de cambio (económico, semántico o libidinal). Lo que no sirve a nadie ni para nada. Lo impresentable: que, por eso, tiene que ser representado.

La dominación de las mujeres por los hombres es la matriz de todas las dominaciones: la primera y la más intensa. La mujer es el primer objeto producido. Y la producción es una actividad masculina.


Las mujeres --biológicas-- han sido feminizadas --socialmente--: transformadas en sexo dominado. Convertidas --anulando su subjetividad-- en reposo del guerrero. A través de los tiempos, la razón masculina (a/b) ha producido distintas aplicaciones: activo/pasivo, en Grecia; divino/demoníaco, en la Edad Media; razonable/irrazonable, en la Edad Moderna. Encarnan la razón las clases dominantes: varones, blancos, propietarios, heterosexuales, adultos, cuerdos, sanos, urbanos... Encarnan la sinrazón las clases dominadas: mujeres, personas de color, proletarios, homosexuales, niños, locos, enfermos, rurales... Como antes lo encarnaban, lo activo y lo pasivo, lo divino y lo demoníaco. Las ciencias sociales, las sociologías y las psicologías, son dispositivos de aplicación de esta razón falocrática. Siempre se trata de reducir lo irrazonable, lo que no se somete a la razón, el resto de la división a/b. Lo que no deja reducir a valor, lo que no vale.

Llamamos con el mismo nombre (hombre) al conjungo (especie) y al sexo masculino. La relación hombre/mujer encarna la razón a/b. Sólo los hombres son válidos: las mujeres, los homosexuales y los niños son inválidos o minusválidos (por eso son llamados con otro nombre). Son los restos de la división. Las mujeres son arrojadas al denominador: designadas como sexo sometido. Los homosexuales son expulsados de la realidad: son resto no reconocido. Los niños son recluidos en el limbo infántico --sin habla--, en espera del cielo apofántico: sometidos a un compás de espera (que, para las niñas, será eterno).

Las mujeres que no son sometidas constituyen restos de la división (como lo que no se deja someter en cada mujer: el inconsciente). La prostituta tiene valor de uso, pero no tiene valor de cambio (tiene valor de cambio económico y libidinal, pero no tiene valor de cambio semántico). La bruja está fuera de la esfera del valor: es el resto absoluto.

La rebelión masculina es luciferina. Lucifer dijo: no serviré (a nadie, para nada). Es un desafío frontal al poder: le costó el infierno. Muchas feministas sigue la vía de Lucifer: arriesgan el mismo destino.

Hay un feminismo converso: el de las mujeres que quieren ser iguales a los hombres --como las del PSOE-- (acceder al numerador de la razón). Hay un feminismo perverso: el de las mujeres que quieren dar la vuelta a la tortilla --como las reivindicativas del MC-- (invertir el numerador y denominador). Hay un feminismo subversivo: el de las mujeres que quieren abolir la dominación --como las anarquistas-- (borrar la barra que separa el numerador del denominador). Hay un feminismo reversivo: el de las mujeres que hacen girar esa barra hasta hacerla estallar.

(Los mismos tipos se encuentran entre los homosexuales: vergozante, marica, revolucionario o travestido).


Sólo el feminismo reversivo es seductor. Los otros son --en mayor o menor medida-- productivos. Intentan revalorizar a las mujeres. La estrategia de la producción es el deseo, la estrategia de la seducción es el desafío: desafiar a los machos a ser más machos.

Como ya vio Anaximandro, todo lo producido ha de ser destruido: todo lo que aparece debe desaparecer (dispersarse en las apariencias). La producción es acumulativa e irreversible, se inscribe en una economía restringida: avanza por la flecha histórica del tiempo, continúa --evolutivamente-- o discontinuamente --revolucionariamente--. La figura de su avance es la espiral dialéctica. La seducción no es acumulativa y reversible, se inscribe en una economía generalizada: es una perpetua oscilación del caos al orden. Su figura es el círculo vicioso. Es un desafío a la flecha histórica del tiempo hasta hacerla alcanzar el límite. La rebelión productiva es un enfrentamiento con el poder masculino. La rebelión seductora es un sobresometimiento al poder. Las rebeliones frontales refuerzan el poder: la conversa (que suplica al poder que sea menos poder) lo reforma, la perversa (que intenta que el poder sea otro poder) lo invierte, la subversiva (que exige al poder que no sea poder) lo revoluciona. La reversiva (que desafía al poder a que sea más poder) pone al poder en una tesitura imposible: pues le obliga a exacerbarse hasta extinguir la relación por exterminio de los términos. Ningún poder falocrático resiste a Cicciolina. Ningún poder político resiste al terrorismo. Son cánceres, pues aplican el paso de la metáfora a la metástasis.

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Fotos 1 y 3: Chac; 2: Lirba Cano.

23 de abril de 2010

La gorra en México: psicología social y lucha de clases

por Marco Antonio González
de su libro Voyeurismo psicosocial a la mexicana (en prensa)


Dedicado a Don Nacho Trelles.




I.- El mexicano actual y la gorra.

Sin duda el título de este artículo le pudiera parecer al desprevenido lector, absurdo o sin sentido pero, a decir verdad, el reflexionar en torno al uso generalizado de la gorra entre nuestros compatriotas pudiera llevarnos a encontrar graves síntomas de pérdida de identidad nacional y, aunque usted no lo crea, la reproducción simbólica de las clases sociales en el sentido que le daba Althusser.

La gorra es desde hace más o menos una década, un atuendo ampliamente difundido entre los mexicanos. El uso incontrolado de esta indumentaria, pasa desapercibido para la mayoría de la personas quienes no reflexionan en el absurdo, y mucho menos en el peligro, que este beisbolero atuendo representa.

II.- Diversos uso de la gorra.

La gorra que se usa en México sigue el prototipo de las que utilizan los peloteros de grandes ligas en los Estados Unidos. Su uso original está destinado a la práctica de un deporte que se juega en verano y su objetivo es evitar, con ayuda de la visera, que los traicioneros rayos del sol faciliten la proliferación de hits y errores en el terreno de juego.

Mi pregunta es ¿qué tiene que ver el espíritu original de la gorra, con el uso que se le da ahora?.

Ustedes, aunque no reparen en ello, han sido testigos de personas que entran al cine o que manejan sus camiones o vehículos con la gorra puesta. Es más, hay jóvenes que asisten o practican algún deporte y usan el atuendo referido ¡pero con la visera hacia atrás!, asemejando su función al que las madres, de hace treinta años, le daban a sus medias de nailon para dominar los “pelos necios” de sus vástagos mientras dormían.

Meditando un poco sobre los porqués de su uso, podemos concluir que por lo menos existen tres fuertes razones: una, la más obvia, para ocultar la falta de aseo del cuero cabelludo, encontrando una salida fodonga que evite el recomendable peinado; la segunda es para hacerse pasar por una persona moderna y globalizada y la tercera y última es para marcar claras diferencias entre las clases sociales.

III.- Implicaciones psicosociales del uso de la gorra.

Abordando las tres razones ocultas señaladas en el párrafo anterior, en las que por supuesto hemos obviado su uso legítimo para ayudar a atajar todo tipo de batazos en el terreno de juego, podemos encontrar lo siguiente:

a) El uso de la gorra es una manifestación de fuerte depresión e inseguridad. Desde una perspectiva psicoanalítica es un hecho conocido que el descuidar la propia imagen personal (como usar el mismo pantalón por semanas, dejarse crecer la barba y dormir con la gorra puesta como si fuera una extensión de la cabeza) es el preámbulo depresivo de la esquizofrenia.

b) El uso de la gorra es el resultado de un proceso inconsciente de transculturización. Es un hecho incontestable que si alguien le pide a usted que imagine a un "gringo", se lo representará güero, pecoso, mascando chicle y con gorra. La penetración de esta imagen y su transnacionalización está teniendo éxito en nuestro país. No resulta nada simpático, sino más bien triste, ver a cualquier nacional con una gorrita que dice: USA o Steelers, ya que hay una negación entre la cara del portador de ese tocado y el mensaje que se transmite a la altura de la frente. ¡Más respeto a nuestras raíces, por favor!.

Tal como los charros mexicanos modificaron y mejoraron el tradicional sombrero zaragozano, así se requiere que la insulsa y por demás antiestética gorra sea modificada para dar paso a un auténtico atuendo nacionalista. Se me ocurre que, ya que no se puede prohibir autoritariamente su uso, se comiencen a desarrollar prototipos autóctonos de la gorra: quizá con plumas alrededor cual penacho de Moctezuma o con alas tipo sombrero de charro.

c) La gorra como elemento de la lucha de clases. Cuando comenzó a generalizarse su uso, la gorra de producción nacional seguía un modelo un tanto grotesco: la parte de atrás estaba hecha de una incómoda red de plástico, mientras que el frente era amplio y cuadrado con mensajes de algún taller mecánico. Los agujeritos de atrás no embonaban con los broches llenos de rebabas. Estas gorras se siguen usando actualmente entre los trabajadores y jóvenes de las clases populares. Las gorras de tela tipo COMEX son modelos mejorados que se utilizan en ese estrato social.

Los clasemedieros por lo regular utilizan modelos menos feos, quizá comprados en algún tianguis o en la Plaza Meave, y que contienen el escudo de su equipo favorito de futbol soccer o de americano. Regularmente lo utilizan los fines de semana para ir a desayunar y procuran que haga juego con sus pans-pijama con el que se acostaron el día anterior.

Los que tienen dinero no usan cualquier gorra. La utilizan de piel o de algún material llamativo. Son gorras con medidas específicas y con mecanismos de ajuste que pueden llevar un zipper o alguna correa de piel. Seguramente la compraron en otro país, en su visita al MOMA en Nueva York o en el Museo del Prado en Madrid. La utilizan para ir al gimnasio o para asistir a algún partido de la Copa Davis.

La gorra es, pues, un elemento para identificar la clase social de la que uno procede: Sin embargo, independientemente de la persona que la porte, ya sea Adal Ramones o cualquier otro sujeto con menor salario, las consideraciones hechas anteriormente son aplicables: ambos personajes son víctimas de la transculturación y del sinsentido de usar la gorra cuando no se requiere, ya sea dentro de un set de televisión o dentro de un sala cinematográfica.

IV.- El gorronismo mexicano

Quizá la masificación en la utilización de la gorra se derive de la premisa cultural “A la gorra ni quien le corra” en el sentido que le da al término el fallecido psicólogo social Rogelio Díaz Guerrero: es decir hay refranes, dichos y dicharachos que explican la forma de ser del mexicano.

Nuestros compatriotas se sienten identificados con la frase y actúan en consecuencia. No hay mexicano que no sea gorrón o que no considere a los gorrones cuando está preparando algún festejo social. “Son cincuenta invitados más veinte gorrones, en total 70, los que vendrán a la fiesta de Panchito” escuché decir la semana pasada a mi tía Elsa quien preparaba la primera comunión de mi primito.

Son muchas las versiones sobre el origen de la palabra gorrón: una apela a la imagen del mendigo que pone en el suelo la gorra para limosnear, otra sostiene que la palabra se generó en los soldados españoles de principios del siglo pasado que utilizaban gorras y que se sentían con el derecho a comer en cualquier taberna sin pagar, y una última versión sostiene que el término se popularizó cuando un invitado a una fiesta en México fue cuestionado del porqué trajo a su compadre y contestó: “este viene como mi gorra, no va a comer”.

La confusión recae en que ser gorrón no necesariamente implica usar gorra. Según sabias fuentes consultadas la palabra correcta es gorrión y no gorrón (no sé qué hubiese dicho al respecto don Arrigo Cohen). Los gorriones operan de la siguiente forma: no piden permiso para entrar en algún lugar para alimentarse, comen hasta saciarse y ya con la panza llena, inmediatamente se van.

Quizá apelando a esta versión lingüística, sin dejar a un lado las implicaciones psicosociales y políticas presentadas, se podría lograr que los mexicanos dejaran de identificarse como gorrones, se aceptaran como gorriones y rechacen usar tan absurdo, antiestético, ideologizador y fachoso atuendo.


Don Nacho, pionero en el uso de la gorra que caracteriza al proletariado identificado con el Cruz Azul.

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Agradecemos al profesor Marco por rolar su texto por este blog.


16 de abril de 2010

La función de la psicología política

por Pablo Fernández Christlieb
publicado en Boletín de la AVEPSO. 1986. Volumen IX. Número 1.

I

Cualquier acontecimiento de la realidad, sea objetivo o subjetivo, conductual, cognoscitivo, intelectual o vivencial, pasa a formar parte de la experiencia social sólo cuando es capaz de encarnar en una palabra, gesto, marca, objeto, etc., mediante el cual se preserva y generaliza, esto, es cuando se estabiliza en un símbolo y, por lo tanto, forma parte de la comunicación de una colectividad.

Por acontecimiento se entiende: todo objeto de experiencia posible.

Los acontecimientos que por sus propiedades inherentes, así como por las propiedades de los símbolos en uso, son susceptibles de comunicación, se pueden considerar –atendiendo a su potencial- como comunicables.

Concretamente, el sentido común, los contenidos de la conciencia cotidiana, representan el acumulado de acontecimientos que son perfectamente comunicables, es decir perfectamente expresables, comprensibles, interpretables, reconstruibles.

En principio, por lógica, se puede hablar, asimismo, de una serie de acontecimientos que son, por el contrario, incomunicables: son todos aquellos para los cuales no hay símbolos que lo identifiquen, o incluso símbolos que los recreen, o más aún, símbolos que los provoquen. En general, son incomunicables todos los acontecimientos que no caben dentro del sentido común, por “extraños, ilógicos, irrealistas” o cualquier otro esoterismo.


II

En todo caso, y a todos los niveles, el desarrollo de las relaciones humanas, desde la aparición del lenguaje y la conciencia, pasando por los sistemas normativos diversos, hasta las grandes creaciones de la ilustración como, por ejemplo, la universalidad, la libertad o la individualidad, son actos simbólicos, frutos de la comunicación, que en sí mismo se hicieron comunicables.

El axioma que se desprende es: lo que es comunicable enriquece a la sociedad, la desarrolla. Por lo opuesto, puede argumentarse que la preservación del poder y sus derivaciones, por ejemplo el consenso conformista, se basan en la ocultación (v. gr. Canetti, 1961; Textos Situacionistas, 1963), o sea, en el manejo de lo incomunicable...


Descargar texto completo en PDF

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Gracias a Jahir por transcribir y compartir este texto.

1 de abril de 2010

Guerra contra el narco: hara kiri a la mexicana

por Horacio Espinosa

Cerca del final de la segunda guerra mundial, ocurrió un hecho extraordinario: en el desembarco de las tropas estadounidenses en el archipiélago de Okinawa muchos de los ciudadanos japoneses, prefirieron suicidarse antes que ser capturados por las tropas invasoras. Esto ocurrió de muchas maneras, algunos se hicieron detonar junto con su familia con granadas, los padres dispararon a sus familias antes de darse muerte, otros miles se arrojaron por alguno de los acantilados isleños, otros se hicieron el tradicional hara-kiri, entre muchos más escabrosos métodos que sirvieron para manchar con sangre las aguas de los mares de la China Oriental que rodean estos terruños.

Los soldados estadounidenses cuando presenciaron este espectáculo del horror -entre cien mil y doscientos mil nipones murieron en esta batalla- no daban crédito a lo que constataban sus ojos. Durante mucho tiempo esto fue considerado un acto de heroísmo por parte de la población de las islas. La verdad distaba mucho de eso. El genial escritor Kenzaburo Oé relata en “Notas de Okinawa” cómo las tropas japonesas habían adiestrado a la población para darse muerte antes que caer en manos de “los demonios de ojos azules”; para lograr eso había todo un plan para que los padres y abuelos fueran matando a todos los miembros de la familia, se entregaron granadas para ser usadas en cuanto fueran avistadas las tropas enemigas. Todo antes que ser deshonrados por manos extranjeras.

Lo jodido de todo aquello, es que la gente de Okinawa no era considerada “japonesa” y hasta la fecha siguen siendo discriminados por “parecerse a los chinos” al ser de “tez oscura”. Lo jodidamente absurdo de todo aquello es que Okinawa se volvió un sitio ocupado por bases estadounidenses en el 30% de su territorio y todo con la complacencia de Tokio. Así, la tragedia de Okinawa se transformó en teatro del absurdo: tantos muertos por un “ideal de honor” que nunca existió, tantos muertos “por la patria” para terminar pactando con el enemigo, tantos muertos que sirvieron tan sólo para oscuros intereses, tantos muertos que tan solo sirvieron para morirse. Algo así esta empezando a ocurrir en México respecto al narcotráfico.


Una de las prioridades del presidente electo Felipe Calderón ha sido la de recrudecer la llamada “Guerra contra las drogas”: el saldo desde que asumió la presidencia en el 2006 hasta julio de 2009, es de más de cuatro mil muertes (1), y recientemente se abrió un nuevo y tétrico escenario en el país a raíz de los primeros atentados en la historia del país que tuvieron como objetivo blancos civiles. Estos atentados aparentemente planificados por narcotraficantes, aunque en circunstancias bastante extrañas, han dejado más de una decena de muertos y alrededor de cien heridos. La denominada “opinión pública” se encuentra desconcertada. Lo más extraño es que casi ningún sector de esta “opinión pública” cuestione la “guerra contra las drogas” del señor Calderón y tan sólo se centren en descargar su enojo en contra de los narcotraficantes (2).

Por otra parte, diversas autoridades de diferentes signos políticos, han mencionado en distintas ocasiones que, a pesar de los muertos, no va a haber “un paso atrás” en el combate contra narcotráfico; en pocas palabras: mantener la guerra es más importante que detener la muerte de gente inocente. Esto es intolerable y lo es todavía más si le agregamos que, por un lado, esta “guerra” está perdida de antemano y por otro, esta “guerra” no es “nuestra guerra”.

Vayamos paso por paso, ¿por qué esta “guerra” está perdida de antemano? Simplemente porque no está dirigida en contra de las causas que originan el conflicto. El narcotráfico, recordémoslo, se vuelve un problema público debido al recrudecimiento de la prohibición en los Estados Unidos, del consumo de estupefacientes por parte de las políticas conservadoras del presidente Nixon durante los años setenta. Es decir, la causante del negocio ilegal de drogas es su prohibición: aquí se encuentra el origen de la consecuente persecución policíaca de narcotraficantes, el combate entre cárteles de la droga para asegurarse el negocio, la corrupción de autoridades, y lo más nefasto, la muerte de inocentes. Esto que es tan obvio se encuentra terriblemente obviado por la mayoría. En mi opinión, sin una reconsideración del narcotráfico como un efecto de la prohibición de las drogas, es imposible conseguir una afortunada solución al problema de la criminalidad derivada de la ilegalidad de este negocio.

En pocas palabras, seguirán habiendo muertes inocentes si no se considera una vía para la progresiva legalización del consumo e intercambio comercial de las drogas. Si no es así, esta “guerra” se encuentra pérdida de antemano.


Así como las familias japonesas fueron incitadas enviados a inmolarse por intereses que no eran los propios sino los de una monarquía, en el México contemporáneo las víctimas inocentes en este juego de policías contra ladrones son civiles y soldados caídos en representación de unos intereses que no son los propios. Por un lado, la “guerra contra la droga” no es de nuestro incumbencia como mexicanos en tanto que la mayor parte de los consumidores, a quienes supuestamente se les “protege” de la droga, son estadounidenses; tampoco es de nuestro incumbencia como ciudadanos en tanto la moral pública que el Estado enarbola para justificar la lucha contra “las drogas” se basa en la idea (falaz) de que los cuerpos de los ciudadanos deben estar bajo la tutela del Estado y por lo tanto “indicarnos” que es lo que podemos o no, consumir ; pero incluso, y de forma aún más elemental, tampoco es nuestra “guerra” como seres biológicos en tanto es ilógico sacrificar la propia vida con tal de que algunos sujetos -con voluntad propia- dejen de consumir ciertas sustancias.

En suma, que a todas luces es rídículo el sacrificio en vidas humanas a cambio de seguir manteniendo como ilegal la circulación de unas determinadas sustancias químicas que, además, son menos letales que las balas que se usan para combatirlas. Ya no se trata de la máxima estaliniana de “el fin justifica los medios” sino ¡aún peor! En el caso de “la guerra contra el narco” ¡ni el fin ni los medios son legítimos!

De hecho, si no es legítimo ni razonable pensar que el Estado mexicano moviliza una gran cantidad de ejército y policía, gastando millones y millones de pesos, con tal de que algunas personas dejen de consumir drogas, es necesario preguntarse ¿cuáles son las verdaderas razones de mantener en la ilegalidad el consumo de estupefacientes?, las razones sobran a este y al otro lado de la frontera: en México, las autoridades obtienen una gran cantidad de dinero debido a la corrupción; y en EUA, la industria armamentística recibe otro tanto por la venta de armas a cárteles y ejércitos mexicanos así como colombianos.

En este sentido, Gustavo de Greiff, ex Fiscal General de la Nación en Colombia, ex-embajador del mismo país en México y actualmente investigador en el Colegio de México, asegura que con la legalización de las drogas, más que producir un aumento en el número de consumidores se terminaría con “la violencia, la corrupción y la desestructuración progresiva de la sociedad que el narcotráfico trae consigo” (3). De hecho, así ocurrió al término de la Ley Seca en Estados Unidos: los cárteles que traficaban con alcohol se extinguieron a la par que la corrupción y violencia que ellos acarreaban.

El ex-fiscal afirma, incluso, que la mayoría de los gobernantes latinoamericanos están convencidos de que la legalización es la única vía para terminar con el narcotráfico:

Yo converso con muchos políticos y muchos me dicen que tengo razón, que esa es la única solución, pero que no se atreven a decirlo públicamente porque serían acusados de contactos con el narcotráfico, como me ocurrió a mí”

Ante tal panorama, nos encontramos como ciudadanos mexicanos en la misma situación que los habitantes de la Okinawa en la Segunda Guerra Mundial, obligados a colaborar en una guerra que está perdida y en la cual nadie cree: ni nosotros, ni las autoridades cuando se sinceran. Entonces, ¿por qué seguir sumando nuestro nombre a una guerra que no tiene fin?, por mi parte yo no sumo el mío y rechazo la granada que me intentan pasar, la misma granada que les fue dada a los padres de familia de Okinawa para que asesinaran a sus familias en nombre de un ideal falso, la misma granada que mató a civiles mexicanos por una causa no era la suya, la misma granada eterna que seguirá estallando, una y otra vez, hasta que sabiamente se asuma que sólo la legalización podrá sacarnos, a tiempo, de vivir en un país donde reine el terror.

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(1) RAMOS ÁVALOS, Jorge; Poniendo los muertos: Las drogas tienen en jaque a México”, en Univisión Online [www.univision.com]; Noticias: 28 de julio de 2008. Vínculo permanente: http://www.univision.com/content/content.jhtml?chid=3&schid=160&secid=3117&cid=1614222&pagenum=1

:(2) Periodistas de El Universal; “Por ahora, el gobierno de Felipe Calderón ha salido librado del ataque narcoterrorista en Morelia”, en Columna: Bajo Reserva, de El Universal (Diario), sección: Opinión; México, DF; 28 de septiembre de 2008. Edición digital: www.eluniversal.com.mx. Vínculo permanente: http://www.eluniversal.com.mx/columnas/73924.html

:(3) BOTEY PASCUAL, María; “Hacia una legalización de las drogas: Una plática con Gustavo de Greiff”, en The Narco News Bulletin; Issue 25, 14 de noviembre de 2002; [edición digital]: www.narconews.com. Vínculo permanente: http://www.narconews.com/Issue25/articulo537.html

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Imágenes de Teresa Margolles.

Cartón de Helguera.

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