19 de febrero de 2010

La inteligencia

por Pablo Fernández Christlieb,
publicado originalmente en Gaceta en Konstruxión, Num. 2-2006, Fac. de Psicología UNAM, Salón okupado 9.

Se necesita ser muy bruto para seguir viviendo con alguien que no lo quiera a uno. Hay algo de idiota en las envidias de los intelectuales a ver quién es el más inteligente. Adjetivos como menso se aplican a los que cometen imprudencias, indiscreciones y faltas de tacto. Quien se gana un infarto cosechando éxitos está imbécil. El que sistemáticamente sea infeliz ha de ser medio güey. Existe un acuerdo respecto a que los sangrones, los creídos y los prepotentes son unos babosos. Todos estos tarados pueden haber sacado puro diez en la escuela, pero eso no les quita lo tonto.

Es curioso que la cultura tenga más sinónimos para la tontería que para la inteligencia, lo cual parece significar que, en rigor, la inteligencia no existe, pero la falta de inteligencia sí. Y la mayor falta de inteligencia del siglo ha sido la de los científicos de la mente, quienes, para saber qué era, la sacaron, como si fuera pila de reloj, del paquete de la vida, y se pusieron a medirla: dicen que mide 100, aunque no saben cien qué: 100 de inteligencia, contestan los muy mensos, y hay que ser bastante bruto para creerles, cosa que ha sido la norma en todo el siglo; por eso a los niños modernos los saturan de cursos activos que les fuerzan el cerebro hasta dar la talla, y si después de eso la riegan en su vida por todas partes queda el consuelo de que tienen un I.Q. de 116. Pero una pila de reloj no da la hora.

Ciertamente la única definición correcta de inteligencia es no ser tonto. La inteligencia consiste en no regarla, en que la vida le salga bien a uno en la medida de lo posible, esto es, en que, con lo que uno tiene, con su cara y su cerebro y otros defectos, y en las circunstancias en las que se encuentre, y dándole un buen margen al azar, pueda ir acomodando las ilusiones, los recuerdos, las amistades, las desgracias, los talentos y los contratiempos para sacar lo más decoroso que se pueda hacer con eso. La inteligencia es un cierto arreglo entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que se puede. En última instancia, la inteligencia es una disposición para embellecer la vida.

Antes del siglo 20 no había nociones de inteligencia, y se hablaba más bien de personas “prudentes” o “discretas”. Las personas “inteligentes” aparecen cuando se hacen necesarias sus habilidades técnicas para obtener resultados contabilizables en el progreso, independientemente de si en el resto de la vida son unos mentecatos, y por ello se puede aislar a la inteligencia de cuestiones como la ética, los sentimientos, la estética, y de valores como la felicidad. La definición tonta de inteligencia solamente atiende a la habilidad de manipular palabras, números o cosas, y por eso un edificio que prende solo la calefacción o un coche que avisa que se le acabó el aceite ya son inteligentes; por eso las computadoras parecen tan inteligentes, aunque no sean capaces de entender un chiste, y quien no entiende un chiste es regüey aquí y en China. La computación es la inteligencia de los tontos.


Inteligencia no significa computar, sino inteligir, entender los factores sutiles de la vida y saberse mover con ellos; así que resulta menos tonto quien no se va con la finita de que querer ser inteligente es resolver acertijos varios, y en cambio mete consideraciones éticas y estéticas, afectivas y valorativas a la hora de hacer las cosas, en la inteligencia de que la vida viene toda junta, y de que si no mete todo junto, algo le va a salir horrible, y será por menso.

La sociedad nunca había tenido tanta inteligencia como ahora pero nunca había sido tan idiota, porque creyó que hasta le mente era un aparatito de la Hewlett Packard, y la imbecilidad se le nota en que quiere arreglar sus problemas con más inteligencia de la suya. Nunca había habido tanto tonto de alto cociente intelectual. Lo malo es que la estupidez se convierte en una realidad colectiva; de manera que se vuelve muy difícil para cualquiera no atontarse, según consta en el hecho de que a todo mundo se le va enchuecando la vida y por más que le haga no halla ni cómo enderezarla, y, sin embargo, permanece la obligación de ser inteligente con la tonteria de que se dispone, lo cual alcanza, hoy en día, al parecer, para echarle escepticismo, paciencia y humor a las idioteces propias y a las ajenas, y luego hacer lo que se pueda.

Actualmente la cara de la inteligencia no es la del ceño fruncido y concentrado, sino la del que sonríe de algo y no quiere decir de qué.

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Gracias a Olmo Navarrete por enviarnos este texto.

Fotos de Lirba Cano.

7 de febrero de 2010

Novelas y niños

extraído del libro de ROLAND BARTHES (1970), Mitologías.
Madrid: Paidós, 1999. Págs. 57-59.



Si uno creyera en Elle, que hace poco congregó en una misma fotografía a setenta mujeres novelistas, la escritora constituye una especie zoológica notable: da a luz, mezclados, novelas y niños. Se anuncia, por ejemplo: Jacqueline Lenoir (dos hijas, una novela)- Marina Grey (un hijo, una novela); Nicole Dutreil (dos hijos, cuatro novelas), etcétera.

¿Qué quiere decir esto?: escribir es una conducta gloriosa, pero atrevida; el escritor es un “artista”, se le reconoce cierto derecho a la bohemia. Como en líneas generales está encargado, al menos en la Francia de Elle, de dar a la sociedad las razones de su buena conciencia, hace falta pagar bien sus servicios: tácitamente se le concede el derecho de llevar una vida un tanto particular. Pero cuidado: que las mujeres no crean que pueden aprovechar ese pacto sin someterse primero a la condición eterna de la femineidad. Las mujeres están sobre la tierra para dar hijos a los hombres; que escriban cuanto quieran, que adornen su condición, pero, sobre todo, que no escapen de ella: que su destino bíblico no sea turbado por la promoción que les han concedido y que inmediatamente paguen con el tributo de su maternidad esa bohemia agregada naturalmente a la vida de escritor.



Sean atrevidas, libres; jueguen a ser hombre, escriban como él; pero jamás se alejen de su lado; vivan bajo su mirada, con sus niños compensen sus novelas;avancen en su carrera, pero vuelvan en seguida a su condición. Una novela, un niño, un poco de feminismo, un poco de vida conyugal; atemos la aventura del arte a las sólidas estacas del hogar. Uno y otro se beneficiarán enormemente con ese vaivén. En materia de mitos, la ayuda mutua se practica siempre con provecho.

Por ejemplo, la musa trasladará su sublimidad a las humildes funciones hogareñas; y en compensación, como agradecimiento por ese acto generoso, el mito de la natalidad otorga a la musa, a veces de reputación un tanto ligera, la garantía de respetabilidad, la apariencia conmovedora de una guardería de niños. Todo es inmejorable en el mejor de los mundos —el de Elle: que la mujer tenga confianza porque puede acceder perfectamente, como los hombres, al nivel superior de la creación. Pero que el hombre quede tranquilo: no por eso se quedará sin mujer; ella, por naturaleza, no dejará de ser una progenitora disponible. Elle representa con soltura una escena a lo Moliere; dice sí por un lado y no por el otro, se desvive por no contrariar a nadie; como Don Juan entre sus dos lugareñas, Elle dice a las mujeres: ustedes valen tanto como los hombres; y a los hombres: su mujer siempre será sólo una mujer.



El hombre, en una primera instancia, parece ausente de ese doble nacimiento; niños y novelas parecen venir tan solos unos como las otras, pertenecer sólo a la madre; a poco, y a fuerza de ver setenta veces obras y chicos en un mismo paréntesis, se podría llegar a creer que todos son fruto de imaginación y de ensueño, productos milagrosos de una partenogénesis ideal que daría a la mujer, en un acto, las alegrías y goces balzacianos de la creación y las tiernas alegrías de la maternidad. Pero ¿dónde está el hombre en este cuadro familiar? En ninguna parte y en todas, como un cielo, un horizonte, una autoridad que, a la vez, determina y encierra una condición. Tal es el mundo de Elle: allí las mujeres siempre constituyen una especie homogénea, un cuerpo constituido, celoso de sus privilegios y aún más enamorado de sus servidumbres; el hombre nunca está en el interior de ese mundo, la femineidad es pura, libre, pujante; pero el hombre está alrededor, en todas partes, presiona en todos los sentidos, hace existir; desde la eternidad es la ausencia creadora, como el dios racineano. Mundo sin hombres, pero totalmente constituido por la mirada del hombre, el universo femenino de Elle es exactamente igual al gineceo.

En toda la actitud de Elle existe un doble movimiento: cerrar el gineceo primero, y entonces, sólo entonces, liberar a la mujer dentro de él. Amén, trabajen, escriban, sean mujeres de negocios o de letras, pero recuerden siempre que el hombre existe y que ustedes no están hechas como él. El orden de ustedes es ubre a condición de que dependa del suyo; la libertad de ustedes es un lujo, sólo es posible si de antemano reconocen las obligaciones que les impone su naturaleza. Escriban, si quieren, y todas nos sentiremos orgullosos de ello; pero no por eso olviden de hacer niños, pues corresponde al destino de ustedes. Moral jesuíta: acomoden a su favor la moral de su propia condición, pero nunca duden del dogma sobre el que se funda.


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Gracias a Frank por la recomendación del libro del que hemos extraído este texto.