24 de enero de 2010

Tequila Sunrise & Social Action

por Camilo Aedo, Yann Bona, Raúl García, Víctor Hernández, Marcela Olivera y Héctor Robledo en Athenea Digital no. 7, primavera 2005.


Más allá de la koiné

La casa era agradable. Desprendía uno de esos aromas familiares que uno nunca acaba recordando dónde fue la primera vez que lo olió. Una invitación para aquellos a quienes les gusta la acción social.

Vaya par de idiotas habrán montado una fiesta como ésta ―pensó la primera vez que leyó la invitación.

Aún así, algo intranquilo y curioso, Mak decidió asomarse por si era cierto aquello que decían. O más bien, ver que es lo que toda esa gente reunida iba a hacer allí. Cierto es que no iban sólo a tomar tequila (desafortunadamente).


Había mucha gente y parece que algunos ya estaban más animados que otros. Tendría que ponerse a tono. La verdad es que no sabía cómo abordar a la prima. Parece que todo el mundo estaba haciendo méritos para seducirla. La última vez que la vio fue en la distinción entre movimiento y acción. Pues el movimiento como un acto reflejo no se suele considerar como acción. Así que, ¿qué es lo que la hace acción y qué es lo que la hace llamarse social?, ¿cuáles fueron sus padres y a qué se dedica ahora? Se moría de ganas por preguntárselo pero antes tenía que examinar el territorio. Ver quién estaba en la fiesta y cómo iba a presentarse. Le llevaría algún tiempo emborracharse así que pensó que mientras estaba sobrio, le daría vueltas a algo que Ricoeur le confesó a medias sobre ella y el texto:


La historia narrada dice el quién de la acción. La identidad del quien no es, pues ella misma es más que una identidad narrativa. Sin el recurso de la narración, el problema de la identidad personal está, en efecto, condenado a una antinomia sin solución: o bien se piensa un sujeto idéntico a sí mismo en la diversidad de sus estados, o bien se sostiene que este sujeto no es sino una ilusión sustancialista.

El mundo del texto es una trascendencia en la inmanencia del texto, un fuera intencionado por un dentro.

Los textos abren mundos posibles, nos proyectan más allá de las condiciones que pretendían describir y de las condiciones en los que surgieron.


Por cierto, Ricoeur aún no había aparecido entre las decenas de piernas y brazos que se tambaleaban agitándose al ritmo de la música.

Pasar de sobrio a ebrio era toda una transformación. Como si el gesto de alzar el vaso y llevarlo hasta la comisura de los labios fuera algo repetido una y otra vez en la historia de miles de adoradores etílicos. Uno se siente repitiendo la misma acción que en fiestas anteriores. Deleuze nos hablaría de una transformación incorporal al hablar del paso de pasajeros a rehenes en un avión dada la acción de un pirata del aire. O más que acción física, acción verbal. La declaración de alguien que proclama que esto es un secuestro. Un acto de habla, a la Austin, que transforma incorporalmente a los pasajeros en rehenes. No se sabe hasta que punto el alcohol puede considerarse un actante, algo que acciona algo para que alguien pase a ser alguien ebrio. ¿Una transformación corporal? Quizás.

Mak tenía que aclarar o aterrizar todo esto en un plano más concreto para poder hablar con la prima. Aunque quizás en la fiesta encontrara a otras personas que también la conozcan y puedan intercambiar opiniones y licores. Por lo pronto podía verse a Shütz bailoteando distendido mientras removía su trago con un mezclador con forma de paragüitas. Incluso pudo verse cómo Max Weber llegó a la fiesta.



Like a virgin

Max Weber llegó a la fiesta con cierto escepticismo. Adusto y discreto se dirigió a la barra y pidió un Johny Walker etiqueta negra que empezó a degustar lánguidamente.

Qué tal Max ―le dijo Alfred Schütz, que ya disfrutaba de su piña colada mientras movía su cuerpecillo al ritmo del mambo number five―. Pensé que no vendrías.

―Sí, lo sé, pero ya ves ―contestaba Weber acariciándose la barba blanca―. El llamado de la acción siempre me ha cautivado. La verdad es que sigo extrañándola mucho.

Schütz miró hacia la puerta de soslayo.

Tremenda tipa la tal acción ―dijo como recordando viejos agravios―. Yo también quiero ver si le puedo hacer algo, espero que aparezca pronto. Mientras tanto bailo un poco.

La música resonaba con fuerza, había globos de colores en las paredes y un cuadro de Mark Ryden al pie de la escalera.

¿Sabes? Yo me resisto a pensarla fuera de alguna racionalidad ―dijo Max Weber interrumpiendo la indolencia de Schütz―. No sé que es lo que estuvo mal, mira que lo he pensado. ¿Acaso la acción se aburrió por haberla tratado así? Primero con arreglo a fines, luego con arreglo a valores ―continuaba recapitulando Weber―. La acción propiamente afectiva para mí está claro. Y la acción que podríamos llamar tradicional, es decir los hábitos, las costumbres, incluso tuve el cuidado de diferenciarla de la simple conducta reactiva. ¿Te acuerdas Alfred? Aquella de tan mala reputación.

Schütz había dejado de bailar y fruncía el ceño.

Sí; la verdad es que lo único que le admiro a Durkheim, (por cierto, ¿no sabes si vendrá a la fiesta?), es haberla tratado con aquel magistral menosprecio y con aquella simplicidad tan especialiv. Claro que la acción siguió haciendo de las suyas, ya sabes cómo es.

Pero tampoco es necesario que seas tan rudo Alfred, pareces resentido con ella ―afirmó Max, mientras daba otro trago a su whisky con deliberada lentitud.

Yo creo que lo que la acción no me perdona a mí es haberla llevado a la vida cotidiana, haberla querido involucrar en las experiencias del sentido común, y claro, haberle presentado al hombre olvidado.

Sí Alfred. Creo que exageraste.

Le decía: mira querida, tú estás emparentada con las pre-interpretaciones del mundo; tú eres hermana de las construcciones de sentido común. Sí, déjate llevar por la experienciav.

Weber escuchaba con media sonrisa y miraba a Schütz por encima del hombro.

Me lo imagino Alfred, pero fíjate ―y su voz obtuvo un tono más grave― yo le llegué a conceder (porque entendí que era preciso hacerlo así) el privilegio de apoyarse en procesos reflexivos y de relacionarla con determinada significación de los resultados. Recuerdo que una vez le dije, con toda solemnidad: acción, tú serás la orientación subjetivamente comprensible de la conducta, el sentido será tu brújula. Y desde entonces no la he visto más.vi

¡Desgraciada! ―murmuró Schütz, y casi al instante levantó la mano sonriendo para saludar a Giddens que pasaba del otro lado del salón luciendo un gorrito de spider-man en la cabeza. Anthony Giddens también había tenido experiencias interesantes con la acción, pero tampoco la dominaba. Sus amigos lo habían rescatado de una crisis alcohólica después de fracasar con la absurda empresa de asignarle su apellido a un par de pequeñas acciones secundarias.

Oye Max, ¡vamos a ver qué nos cuenta Anthony! ―dijo Schütz mientras comenzaba a bailotear de nuevo.

Max Weber suspiró con cierto desdén.

¿Con ese mentecato? ―preguntó.

Sí hombre, ¡vamos! ―exhortó Schütz mirando con impaciencia el rostro de Weber.

Está bien, pero no me pidas que hable mucho.

Para ese instante ya sonaba en el ambiente Like a virgin de Madonna. El salón se llenaba de voces y exclamaciones pero no todos los presentes se conocían entre sí. Por ejemplo, alguien tenía curiosidad por un sujeto llamado Talcott Parsons y un tal voluntarismo, lo cual generaba ciertas expectativas y alguna mirada indiscreta. Había humo de pipa y en el comedor, junto a los canapés y las croquetas, dos hombres se besaban. La gente se sentía bien, pero a la vez, muchos anticipaban inevitablemente una sensación de incompletud y de nostalgia.

¡Zopenco! ―le gritó cariñosamente Vattimo a Jürgen Habermas.

¡Hola mequetrefe! ―contestó el alemán con alegría.


Un desconocido comentaba de su último congreso en Londres. Al fondo del recinto se podía ver, ya muy anciano, a Wilhelm Wundt, apoyado en su bastón, con sus ojillos muy abiertos. En el techo se encendían luces verdes, rojas y amarillas. Al fin ya en el otro extremo de la sala, Weber y Schütz saludaron a Giddens.

¡Hola muchacho! Veo que has mejorado bastante ―dijo Schütz con cierto aire de mofa en sus palabras.

Max Weber miraba hacia otro lado. Giddens arqueó los labios en un gesto de aprobación un poco tímida. Movió la cabeza afirmativamente y balbuceó:

Sí, ahora estoy más tranquilo.

¿Quieres decir que ya abandonaste tus preferencias por la estructura?

¡Yo nunca he tenido preferencias por la estructura ―replicó Giddens con sorprendente energía― ¡Y tú deberías saberlo!

Vamos viejo, no te pongas así ―dijo Schütz que otra vez ya no bailaba.

Lo que yo decía era que cualquier investigación en ciencias sociales habrá de preocuparse por la relación entre acción y estructura; y que en ningún caso, óyelo bien, en ningún caso, la estructura determina la acción; claro que viceversa tampoco. Y afirmé también ―continuaba Giddens que al hablar miraba hacia arriba con los ojos fijos― que todo análisis social tendría que partir de las prácticas sociales recurrentes. Ya sabes, no absolutizar ni la experiencia del actor individual ni la existencia de cualquier forma de totalidad social sino las prácticas sociales ordenadas en tiempo y espacio, ¿me explico? Se trata de atender las prácticas sociales; se trata ―y su voz parecía más eufórica― de establecer una teoría de la relación entre acción y estructura, imbricadas, intrincadas en toda actividad humana.

Me voy a mear ―dijo Max Weber.


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16 de enero de 2010

Sobre "Psicologías Inútiles"

A finales del año pasado fue publicado el libro Psicologías inútiles (UAM-I/M. A. Porrúa, 2009), editado por el profesor Juan Soto Ramírez, quien tuvo la amabilidad de enviarnos un ejemplar. Se trata de un encuentro en el que distintas voces de la psicología social proponen que, por una vez, conocer el pensamiento de la sociedad no sirva más que para entretenerse con él, siendo ésta una tarea que bien puede dar sentido al mundo. Jahir Navalles, uno de los congregados, nos hace la presentación.


Sobre Psicologías inútiles
por Jahir Navalles Gómez


Pese a lo que se
pudiera pensar, pese a lo que cualquiera pudiera decir, éste no es un libro de “cuates”. Aunque esa sea –irremediablemente- la primera impresión al abrir sus páginas, y por descontado coincidir con el índice y los nombres de los autores, con los títulos correspondientes a cada uno de los capítulos y con los subtítulos sugeridos, que pretenderían desplegar los intereses y aficiones de cada uno de los presentes convocados.

Los libros de “cuates” en nada se parecen al aquí presente, sea porque en aquellos, ser “cuate” significa no ser criticado sino simplemente alabado, significa no poner en tela de juicio los pre-juicios y los pre-textos que en el escrito se manifestaron, los escritos de “cuates”, las convocatorias entre “cuates” son parte de los lastres que cualquier escenario conlleva, sea el de las artes, el de la política, el de la familia y parentela, y por supuesto, también incluye eso que regularmente conocemos como el escenario de la investigación y la academia.


Eso es lo que hacen los “cuates”, y más –insisto- si son “cuates” enquistados en la academia, cuya dinámica es una donde se encubren mutuamente y se cobijan aunque descobijen al prójimo, dónde no se dice nada, donde todo se sabe pero todos se callan, ya que sólo así la inercia sigue, y se justifican las próximas convocatorias a seguir juntándose académicamente con los “cuates”, asegurándose un lugar nomás por ese simple hecho, el de seguir la corriente, el de callarse o mantener el pico cerrado según convenga, y el de ser nulamente autocríticos a eso que con cara de plural y democrático, sin intenciones y abierto a cualquiera, a los que demuestren ser “cuates” les permite seguir “en el ajo”, y es que con tal de que el nombre propio aparezca continuamente en las marquesinas, en los titulares de los periódicos o de los semanarios universitarios, con tal de ser famoso más allá de los 15 minutos, cualquiera hace mutis ante esa dinámica de “cuates” y de compadrazgos.

Esa dinámica tan hecha en las universidades y en los centros académicos de auto-entretenimiento erudito, dónde se gastan los presupuestos que justifiquen las vanidades intelectuales de cada cual, y donde para hacer como que se interesan por “la realidad” se hacen invitaciones donde los “cuates” hagan o piensen lo mismo, dando salida a esa hoguera de vanidades y de proyectos tutorales donde la friega se la llevan los estudiantes y los créditos se los llevan los otros, donde ese trabajo hecho se menosprecia o se entinta y maquilla a partir de los intereses y las políticas institucionales –al fin y al cabo quien manda es quien da los recursos. Y los “cuates” son los que saben que así es la cosa, y que para los que quieran quejarse deberán acudir a otra ventanilla. Burocracias al fin y al cabo.

Con respecto al libro que hoy nos convoca, éste es más que un pretexto para brindar e intercambiar miradas, ya que no es un libro que justifique ningún compadrazgo o nepotismo, claramente, la convocatoria, si mal no recuerdo fue extremadamente abierta desde el principio, cada vez que se hablaba del tema ya fuera en un pasillo, una cantina o en algún lugar donde se coincidiera con el editor, un posible nuevo autor se incorporaba, para sorpresa de muchos y porque no también decirlo, para molestia de pocos –pero de eso el editor nos podrá hablar (sí quiere) mejor.


Algo sucede con Psicologías Inútiles, es un conjunto de textos muy peculiares, desde los más serios hasta los más irreverentes y coloquiales, lo cuál no significa que tengan más o menos seriedad, o sean artículos “de medio pelo” como corrientemente podría decirse, todos están sustentados y acabados más no finiquitados con base en cierta rigurosidad, y sí no habría que preguntarles a esos misteriosos dictaminadores que lo evaluaron, quienes de manera puntual y por demás educada acotaron algunos sinsentidos de los textos aquí convocados, algunos corrimos con buena venía, y otros no tanto, ya que no llegaron al final de la publicación, y no lo digo para que esto se entienda como una carrera bien lograda, con primeros y terceros lugares, si no porque eso significa que los dictaminadores nunca fueron “cuates” ni “cuatitos”, si no que ante todo podrían leerse o comprenderse como “colegas”, esa alusión pseudo-intelectual con la cual se reconocen entre parias que hablan el mismo lenguaje, aluden a los mismos autores y pueden exhibir en algún escaparate sus puntos de vista, y eso podría imputársele a Psicologías Inútiles, que si no es un libro de “cuates” es muy posible que pase por ser un libro de “colegas”, y es que, como bien señala el editor, todos los convocados son “psicólogos sociales”, aunque sea de muy diferente tesitura su reconocimiento como tales, algunos lo son de grado, de oficio, de buenas a primeras, o porque por algo había que empezar (y como la psicología social es tan “abstracta”, desacreditada o tan en desuso, caben bien todos aquellos que se “inscriban” en esta); como sea, existe un hilo conductor en todo esto, los autores, bajo su propia responsabilidad, convocaron la inutilidad supuesta de la vida social, de la realidad, de lo académico, de lo intelectual, de lo científico, del pensamiento que piensa la sociedad y de esa sociedad que parece que no piensa mientras no hace nada.

Y para eso se requiere ser más que “cuates” y que “colegas”, para dejar de lado las consideraciones y los halagos mutuos, las palmaditas en la espalda y las tautológicas felicitaciones, y es que ni una ni otra de las citadas personificaciones están dispuestas a discutir, mucho menos a polemizar, ¿por qué? por la misma parsimonia en la que están inmersas, para eso se requiere convocar otras escenas, unas donde el intercambio y la evidencia de los puntos de vista se torne manifiesta, donde cada cual hable, con sus argumentos, prejuicios, pretextos y frontalidades, y que no las esconda bajo la manga o detrás del rebozo, como se hace entre “colegas” que se patean por debajo de la mesa y por encimita sonríen, firman y hacen como que les interesa lo que dice el otro.

Para ello, se requiere dejar de lado lo políticamente correcto, porque sólo así se pueden cambiar las cosas, las maneras de hacerlas y de pensarlas en consecuencia, y eso es lo que caracteriza a Psicologías Inútiles, el hecho de que todos los autores dan sus nombres y nadie se escuda en nadie más, cada cuál escribió con una velada intención, pasarla bien, hacer ácida la realidad, enseñarnos a escribir bonito, según “bien y bonito”, o mínimo con “estilo”, criticar el dónde se está parado, mofarse de sí mismo o justificar sus excesos. Y eso lo logran hacer aquellos que se pueden reconocer como “interlocutores”.

Y para eso, y sólo por eso, Psicologías Inútiles, cuenta con un apartado correspondiente con las referencias bibliográficas, y que en lo personal me gustó mucho, y al que acudiré para ilustrar el sentido de éste libro, por dos razones, una, porque pareciera que en la actualidad se desdeña ese espacio de evidencias y de rastros que son parte fundamental de cualquier libro, en específico de éste libro, ahí mismo se ubica la interlocución que podría buscar el lector, ya que las referencias, aún cuando uno de los autores diga y escriba que no las necesita o cuando otro más presumió de sapiencia erudita, despliegan otras lecturas, otros horizontes y otros paisajes, porque en las referencias no sólo se encuentran autores, libros y artículos de determinadas disciplinas, sino que son aristas de distintas procedencias, que hacen notar las preferencias y las muletillas, los “estilos” tan cacareados y las intenciones de los autores, y eso remarca que el libro que nos está convocando intenta desprenderse de esas maneras enquistadas de publicar en el país (México), aquí cada quien hablo de lo que le pareció relevante, inútilmente relevante, y no de lo que sus “cuates” y “colegas” podrían hablar, de lo que las sociedades y asociaciones nacionales e internacionales de psicólogos de alto pedorraje dirían, y donde la única intención posible que se despliega a través de éste libro es una donde el posible lector podría identificarse.

La segunda razón por la cuál el apartado bibliográfico se torna interesante es por la diáspora de lecturas y sugerencias que los autores y el editor comparten, porque ahí mismo se reconstruyen discusiones entrecruzadas, se percibe cierto halo, o se puede imaginar el lector, un probable diálogo entre los más diversos interlocutores, e inmiscuirse en ello, y su misión, sí es que decide aceptarla, y nada más por el puro ocio, sería la de ver los prejuicios y pre-textos de los autores, para después cuestionarles y confrontarles con su escrito, algunos harán mutis o intentarán pasar desapercibidos, otros podrán decir que qué afán por molestar, algunos serán extremadamente recursivos, como si la vida se les fuera en ello, y crearán historias alternas que finalmente los distraigan de su pregunta inicial, pero de eso trata Psicologías Inútiles, de dejar de lado la solemnidad académica, intentando ensayar la sociedad, con sus dimes y diretes, sus contradicciones y sus paradojas, no en pequeñas partes o conceptos aislados como lo intentan los manuales académicos, más bien reconociendo que se es parte de esa sociedad que se cita, reclama y propone, donde la confrontación de ideas lleve la batuta, dónde pisar esos callitos intelectuales se vuelva divertido y no una reprimenda por parte del gremio o la comunidad (y que para éstas alturas poco importan), de descreer que lo dicho formal y utilitariamente es lo que más cuenta y que hacer las cosas de manera distinta es un error del cual hay que arrepentirse o disculparse.

Y de los autores que en Psicologías Inútiles escriben ninguno tiene la mínima intención de disculparse, tal vez de arrepentirse pasados los años, y no por lo que escribieron, si no porque no lo pudieron decir mejor, con más ahínco, ánimo o con otras ideas, porque se les pasó una coma o una anécdota más graciosa, pero les confortará saber que así tal cual como quedo, los lectores fortuitos, esos únicos “interlocutores” para los cuales vale la pena bosquejar algún libro, se enojaron, se indignaron, hicieron muina, patalearon y a la vez se divirtieron con lo que hace años unos “inútiles” escribieron. Por ellos vale lo que desde ésta “trinchera” se ha hecho. Salud por ellos.

3 de Diciembre de 2009

***

A la distancia, pasado algo más de un mes, mis impresiones de la citada presentación se complementan con los comentarios que de la misma se desprendieron, los de Pablo Fernández ese mismo día, quien –gentil como siempre- tomando notas al vuelo compartía el hecho de tal vez en esas páginas lo que se desplegaba era un proyecto conjunto de una psicología propia y original gestada en estas latitudes, cansada de lo mismo y de los mismos, de lo que se hace y del cómo un libro hecho con tiempo, con mucho tiempo y paciencia, es un libro que vale la pena… sino comprarlo, sí leerlo aunque sea para entretenerse un rato, y con ese comentario me quedo; Martín Mora (Plektopoi para los amigos), con su labia característica puso al librito “pinto y barrido”, pero no tanto al libro, si no a los autores quienes cuando lo pensaban y platicaban se quejaban de esa “perra malagradecida” que es la psicología social (sí desean leer completo lo que dijo, búsquenlo en facebook), de sus desplantes e hijos mal paridos, de los engendros que en su nombre salen y de las quejas y quejas que algunos hacían y hacemos sobre la psicología social, honesto y beligerante como siempre, nos hizo la sugerencia de que ojalá y ninguno mencione su contribución “inútil” en sus CV, estoy seguro de que nadie le hará caso, y por eso sus comentarios se agradecen. Finalmente el editor, Juan Soto, “psicólogo social aficionado”, nunca contó los chismes sobre la construcción del libro, jamás contó quienes hablaron mal de quien, ni las presiones de algunos por ver publicado su texto, ni los que decían “ya… ya…”, ni de los que pidieron constancias pa’ sus pilones y ridículums vitae, e hizo bien, pero como ya pasó, pues para que vean que en todos lados se cuecen habas. Mi reconocimiento a Juan, por su paciencia, por la confianza al invitarnos, por la otra confianza para comentar el libro aquel día y porque sé que no le molestará que ahora lo comparta con ustedes (y si sí, pos ¡ya ni modo!).

6 de enero de 2010

6 de enero de 2010

El lenguaje cotidiano como dato empírico y la teorización como investigación científica en la psicología social

por Pablo Fernández Christlieb


Admitir hablar de datos empíricos y de investigación científica, como manera válida de decir las cosas, es una concesión a la psicología social standard, a cambio de la cual el presente trabajo pretende argumentar que el lenguaje cotidiano, el que usa la gente no especializada, que no es lenguaje técnico o matemático o científico, el que está al uso en las calles, funciona como dato empíricamente verificable de la realidad y se sostiene mediante la investigación teórica.



Por lo general, los psicólogos sociales tienen sus datos en la forma de números: mediante técnicas de experimentación, observación controlada, sondeos y participación, extraen tasas de respuesta, porcentajes de conducta y frecuencias de comportamiento vaciados en tablas o gráficas, con todo lo cual comprueban que lo que estaban investigando existe fehacientemente en la realidad. Un dato (datus, pl. data) es lo dado (datum). Kant dice que un dato es la presencia del objeto a la intuición sensible, de modo que este no es la realidad, porque la realidad siempre queda un poco más allá, pero se le parece mucho, porque es lo primero y lo último que se puede saber de ella, de suerte que el dato es el concepto de “realidad”...

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Fotos Fisheye2 por Chac