16 de marzo de 2009

La ciudad del necio deseo 1: Walter Benjamin

por Niza Cassián


Italo Calvino que ha escrito una de los análisis más certeros y más exquisitos de la ciudad contemporánea, su libro Las Ciudades Invisibles, hace una introducción a su relato preguntándose, preguntándonos ‘¿Por qué nos gusta tanto habitar las ciudades?’. Siguiendo el hilo de su pregunta, podemos aventurar que la ciudad es el lugar de los significados intensos, de la densidad, de la soledad, del abigarramiento. La ciudad es sucia, caótica, imposible, la ciudad es cruel, fugaz, angustiante. Qué maldita manía la nuestra de seguir habitando las ciudades. Ha habido en la historia del último siglo una serie de personajes necios que se han empeñado en afirmar y vivir la ciudad no desde su negatividad, sino desde sus posibilidades. No son santos, ni mártires, son cínicos, exiliados, ociosos, son necios. Para ellos la ciudad no es el espacio de la observación, de la intervención, ni de la planeación, ni del diseño. La suya es la ciudad del necio deseo lúdico, el deseo estético de deambular. Entre ellos se cuenta una panda de malosos: dadaístas, surrealistas, situacionistas y a la cabeza el mayor y más sublime de los necios, Walter Benjamin.


La ciudad de Walter Benjamin

Walter Benjamin (1892-1940) fue un hombre fundamental. Benjamín sabía que el lugar de la modernidad era la ciudad, por ello centrar su análisis en la urbe parisina, su configuración, sus destellos, su atmósfera, significaba revelar algo que estaba contenida en ella pero que la trascendía. Con su siempre discreta genialidad, la de quien hace de su pasión un oficio, sugirió la comprensión de todo el siglo XIX a partir de Francia, de su capital. ¿Por qué París?

A partir de París, Benjamin ensaya la comprensión de los mecanismos estructurantes de la modernidad, este es su logro aventurado, toda la modernidad a partir de París, de sus alegorías. Imagina por un momento, desde 1935 cuando se exilia en esta ciudad, Benjamin abre una ventana a un siglo atrás y a su sorpresa. Ahora cierra los ojos y juega a olvidar esta ciudad que hoy conoces, vuela hasta ahí: los años de mil ochocientos ven nacer la iluminación a gas, el sistema ferroviario, los pasajes, la electricidad, la fotografía, los grandes almacenes, las angostas calles medievales son demolidas para dar paso a los portentosos bulevares.


Benjamin es un amante de la calle, de la vida cotidiana, de sus pequeños resquicios. Benjamin también es un exiliado, de la patria, de la academia, es el extranjero, el extraño, ese visionario de Simmel que desde su exterioridad es capaz de ser proximidad y distancia, de ser el ojo que contempla pero también el paso que arraiga.

Permíteme ser tendenciosa y contarte una historia a la antigua, una de esas donde no se había inventado el recato relativista y uno podía decir tranquilamente que los buenos eran los héroes y los malos eran los malos. Esta es mi interpretación de Benjamin: el flâneur, el paseante, ese personaje anónimo que recorre incansablemente las calles es el héroe. Haussmann, el hombre que en la década de 1850 realiza una destrucción y remodelación radical de Paris, es el villano.


Hablemos del héroe. El paseante es aquel para quien la ciudad se “abre como paisaje, le rodea como habitación”, es el “ocioso soñador”, marcha por la ciudad y se nutre no sólo de lo que se le presenta sensiblemente a la mirada, sino que se apropia del saber, aun de los datos muertos “como de algo experimentado y vivido”. La dialéctica de su callejeo es sentirse mirado por todo y por todos y a la vez ser “el absolutamente ilocalizable, el escondido”, es el sujeto de la multitud. La ciudad es el territorio sagrado del paseante, el andar es la técnica para habitar sus calles. He aquí la gloria de héroes y heroínas deambulantes: el que anda hace de la calle un interior. Para el colectivo vagabundo y errante “los muros con el «Prohibido fijar carteles» son su escritorio, los quioscos de prensa sus bibliotecas, los buzones sus bronces, los bancos sus muebles de dormitorio, y la terraza ‹del› café el mirador desde donde contempla sus enseres domésticos.”

La academia de aquel momento no supo abrir los ojos y la de hoy los abre, pero ve borroso. El paseante, el flâneur, es el observador del mercado, del capitalismo, del reino del consumidor, el explorador que desde su ociosidad inútil (improductiva) se manifiesta contra la división entre el trabajo y la vida. Benjamin es hoy una moda que no es llevada hasta la última de sus consecuencias, de ser así la academia renunciaría a sus afanes de producción, de certeza, de diagnóstico, de intervención, dejaría de aventar engañosamente sus motivos a una supuesta sociedad que la requiere y reclama. Si la academia pudiera ver claro entendería que lo que mueve al flâneur es la duda y que eso es suficiente para mantener su paso.

Hablemos del villano. Se llamaba Haussmann y fue contratado en las décadas de 1850 y 1860 para inaugurar lo que se denominó ‘destrucción creativa’, un modelo que influiría radicalmente en el resto de ciudades europeas y posteriormente en América. El nombre lo dice casi todo, la destrucción creativa confinó todo lo oscuro y laberíntico de la ciudad a su destrucción o a su lanzamiento a los márgenes del desperdicio periférico.

Haussmann y sus amigos los burgueses tuvieron la astucia de hacerse amigos de otros, las disciplinas de la época que con una serie de prácticas y discursos médicos, jurídicos, económicos y arquitectónicos, armaron una sólida retórica que desdeñaba a la ciudad del pasado calificada de enferma, peligrosa y antiestética. La urbe debía ser curada, disciplinada y embellecida (aquí es donde la academia creyó escuchar su llamado), en Paris y en otras ciudades de la época los barrios antiguos fueron los principales afectados, las zonas del centro se volvieron prescindibles, residuales, urgentes de un nuevo diseño que las salvara de la oscuridad y encierro de sus murallas. Ya desde aquel momento los conflictos entre ‘modernidad’ y ‘tradición’ o entre ‘ciencia’ y ‘sentimiento’ fueron los debates que reestructuraron el espacio urbano en concordancia directa con la circulación de las mercancías y el comercio; con la ‘destrucción creativa’ se inauguraba una larga historia de generación y marginación de desperdicios desde el diseño urbano. Benjamin lo vio y supo que las calles no estarían hechas a la medida del pie, vio venir que los bulevares de Hausmmann tendrían el ancho de los batallones, medida precisa para evitar la construcción de barricadas. Benjamin, tan fundamental, lo vio venir todo, la muerte del aura, del ritual, de la ciudad como interior y como casa. El signo de la modernidad sería nuestra incapacidad para dejar huella.

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Imágenes: 1 y 2 El flaneur; 3 Bulevar de Haussman; 4 Tumba de Walter Benjamin en Portbou, Cataluña.