11 de junio de 2008

Diálogos No. 5: Psicología social y escuela cotidiana







Diálogos para repensar la psicología

No. 5: Psicología social y escuela cotidiana
Guadalajara: Departamento de Asuntos Sin Importancia
Mayo de 2007. 64 págs. (Edición de aniversario).

Editorial
Nos tocan las chiquipsicologías (que es un decir, pues criterios para ponerle adjetivos y prefijos a la Psicología hay muchos: área de aplicación, método, perspectiva teórica, objeto de estudio, filiación comercial, etc.) Decidimos comenzar con la Psicología Social porque hay mucha gente cercana a la mesa editorial de esta revista, incluso infiltrados, que dan mucha lata con que la dichosa no es meramente un área de aplicación de la Psicología, sino una disciplina emergente en cuanto a su concepción del devenir psíquico, que además se planta ética y políticamente en dirección opuesta a la concepción individualista tan sacralizada en la sociedad contemporánea, y reproducida con mucho gusto por los profesionales de la Psicología. No más para que se den un quemón, a ver luego si es cierto.



Pero aquello también es un decir, pues al interior de la Psicología Social existe también la rebatinga por definir sus objetos a estudiar y con qué métodos, que para eso es necesario, como nos dice Dani Reyes, revisar su devenir histórico; que ahí sí que se las apaña don Raúl García, historizando una noción –o concepto- que a esta revista tanto interesa: el diálogo, objeto filosófico que ha venido girando en el ideal de las ciencias sociales, y que en la Psicología Social ha encontrado concreción en análisis discursivos y conversacionales. Esto es, que el meollo está en las relaciones, y lo que ellas generan, mentalidades dirá Héctor Robledo, que no ceja en buscarle los tres pies al gato. ¿Y el método? Hasta la pregunta ofende, que esta revista no está para mostrar resultados y justificarlos con metodologías complicadas (eso queríamos pero los colaboradores nos llevan la contraria) sino para que den ganas de leerla, y si hace falta argumentarlo de nuevo se nos cuela –muy oportunamente- la literatura, ahora en lápiz de Iraam Maldonado. Luego vienen las preocupaciones más puntuales de los y las psicólogas/os sociales: el estado actual de las relaciones humanas, sus quiebres, como nos alerta Erika González Flores, y sus posibilidades, en las cuales aparece como constante la afectividad, esa materia o proceso del que está hecho todo lo que pasa a nuestro alrededor, que posibilita e imposibilita la comunicación. Cómo no, si el término afecto viene de afectar, o sea que cada vez que nos encontramos con algún otro salimos raspados, y así es como se va haciendo la vida. La afectividad del siglo XXI innova en cuanto a espacio, Internet, que ya nos explicará Maya Ninova, pero aun en ese ámbito sigue tomando formas milenarias como son la masculinidad y la feminidad, en emotivas palabras de Candi Uribe. Estas relaciones-afectaciones-formas van tejiendo, tal cual, éste mundo que conocemos, las atmósferas en las que nos movemos a diario, al subir al autobús, al perdernos en la ciudad, pero también cuando tristeamos en nuestra
habitación o chismeamos por el chat. En estas atmósferas se entretejen los sentimientos de identidad, saberse mexicano, tapatío, estudiante, psicólogo, mentalidades complejas que nos contienen como sujetos, pero que a veces no, como enérgicamente denuncia Raquel Ribeiro, y lo peor es que a este juego se prestan las universidades. Como se ve, hacer Psicología Social apunta a una práctica metodológica constante, aguzar los sentidos mientras la vida cotidiana acontece implacable.

Por otra parte, un contexto donde la sociedad sabe moverse y colectivarse, resulta ser la escuela, o al fin el aula, es por eso que también le entramos a eso de los sentimientos, pensamientos y acciones que se funden de y dentro de las relaciones escolares, de ahí que el trabajo trastornante de Lidia Macias nos alerte de los excesos que más que educativos resulten destructivos, de la mano le acompaña la reflexión de Leonardo García sobre el contrato escolar, aquello que le desvirtúa y lo que podría reivindicarle, le siguen Ángeles Hernández picando la curiosidad de saber la Psicología y su formación como Vocación o Profesión y Alejandra González hablando del alumno que al final quien sabe si es simulador o es que le tienen saturado y Gabriela Gómez nos cuenta un poco de la docencia foránea. Claro que no faltaron nuestras ya acostumbradas secciones, Mucho gusto recomendando sonidos y letras y Esta flor ya se rompió, siempre innovando ideas.

Se aprovecha también para reconocer y recomendar la labor académica de dos instancias
generadoras de muy interesante psicología social: la Maestría en Psicología Social de la Universidad Autónoma de Querétaro y el Departamento de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona, en cuyos espacios se ha gestado buena parte de las reflexiones que aquí se presentan.


Artículos

Motivos de la psicología social
por Daniel Reyes. P. 4-7.

¿Dialogar o conversar? La noción de diálogo ante las perspectivas discursivas en psicología social
por Raúl Ernesto García Rodríguez. P. 8-11.

Esa fuerza ciega de la naturaleza (psicología social a la deriva)
por Héctor Eduardo Robledo Mejía. P. 12-17.

La psicología social y la literatura

por Iraam Maldonado Hernández. P. 18-20.

Del rompimiento de los lazos afectivos
por Érika Elizabeth González Flores. P. 21-23.

La afectividad en la red virtual
por Maya Georgieva Ninova. P. 24-27.

Femenino y masculino: una psicología social de las formas

por Candi Uribe Pineda. P. 28-34.

Efectos ¿desubjetivantes? del conocimiento en las universidades contemporáneas
por Raquel Ribeiro Toral. P. 35-40.

Que vengan los bomberos que me estoy quemando

por Lidia Karina Macías Esparza. P. 41-45.

Entre reglas y reglazos... el asunto de la escuela
por Leonardo García Lozano. P. 46-50.

Vocación o profesión. Mi experiencia en la universidad
por María de los Ángeles Hernández Martínez. P. 51-53.

¡Se ve, se siente, la juventud no está presente!
por Alejandra González García. P. 54-55.

Gargantas con arena
por Gabgot. P. 56-57.


Secciones

Esta flor ya se rompió
La cordura no hace historia
por Félix Fernández Reyes. P. 58-59.

Mucho gusto
Una invitación al mundo de Horacio Quiroga
por Karla Preciado Mendoza. P. 60.

Pudo el amor ser distinto...
por Gabriela Belén Gómez Torres. P. 61.





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6 de junio de 2008

Escribir

por Pablo Fernández Christlieb

Se puede empezar a escribir por muchas causas. Por ejemplo, porque uno ya había terminado lo que tenía que hacer y todavía no tenía permiso de levantarse del escritorio, y sin nada más que un lápiz y un papel para pasar el tiempo apunta algo que se le ocurre, y nota que el tiempo pasó más rápido, y en una de esas le empieza a gustar no tanto lo que escribió como el descubrimiento de que estando así uno parece ocupado y eso le sirve como coartada para que nadie lo venga a molestar, y le sirve también para ponerse a hacer lo que se le antoje, al menos por escrito, aunque, para qué más que la verdad, lo que más le ocurre, más nota y más descubre es el tedio, horas muertas hojas blancas, cosa horrible, y así no tardará en darse cuenta de que la clave para escribir no está en tratar de desentenderse del hastío sino de entenderse con él, o sea que quienes escriben prefieren volverse aburridos que aburrirse.




















Ciertamente, uno busca qué escribir; pero eso no funciona porque siempre lo encuentra, pero se acaba pronto, y así es nada más un entretenimiento; en cambio, quien logra volverlo una dedicación no es el que busca qué escribir, sino el que "encuentra qué buscar", asunto de largo plazo que ya no se acaba, que ya no aburre, nada más angustia, y que es cuando a los que escriben les comienza a interesar grandemente, supersticiosamente, qué significa escribir, cómo se hace, para qué se escribe. Básicamente, a los que leen, y a los demás también, les vale gorro enterarse por qué escriben los que escriben: ni los arquitectos, ni los dentistas, ni los actuarios se la pasan explicando cómo le hacen, y a lo mejor la razón es que les encantaría decir cómo hacen lo que hacen, pero la diferencia es que los que escriben pues escriben, y entonces son los únicos que lo pueden decir sin salirse de lo que hacen, decir lo que hacen y con eso ya estar haciéndolo, puesto que ambos son lo mismo, lo cual implica que, mientras las muelas no, mientras los ladrillos tampoco, las palabras sí son autorreflexivas; esto es, que, digan lo que digan, siempre están hablando de sí mismas, pero también que los que escriben nunca podrán saber cómo se hace, y, por lo tanto, cada vez que se ponen a hacerlo no saben si les va a salir, y eso es lo que los tiene nerviosos, siempre como aprendices primerizos inseguros tratando de averiguar de una vez por todas en qué consiste un método que no existe, de encontrar lo que buscan cuya esencia es que se busque pero que no se encuentre. Por eso es tan natural escribir sobre escribir, y por eso los que lo hacen quedan como atrapados en su dedicación, empeñados en ella.

Pero no muy divertidos porque, dados los sinsabores, en secreto todos los que escriben buscan cómo hacerle para ya no hacerlo, pero ya no pueden evitarlo, porque están hechos de eso mismo, aunque los pretextos no faltan: así como ir a comprar libros es un pretexto para no leer, leerlos es un pretexto para no escribir (ése es el drama de las tesis de doctorado). Uno de los mejores trucos para ya no hacerlo es convertirse en "escritor", o sea que deje de ser una dedicación para que se vuelva una carrera o profesión que consiste ya no en escribir sino en conseguir contactos, asistir a presentaciones, codearse con los indicados y dedicarle su libro a alguna vaca sagrada para que se vea a qué niveles se mueve ("a mi amigo Ernesto Sabato"); los escritores son aquéllos para los que es más fácil publicar que escribir. Y es que para escribir no hay que ser escritor, sino pasársela de incógnito buscando algo que hay en el fondo de las palabras y que se sabe que no se va a encontrar sino sólo a buscar porque sería encontrar aquello mismo con lo que se busca -el lenguaje, el pensamiento, uno mismito, etcétera- y eso es por definición inencontrable; para los que escriben lo difícil es publicar, porque no han ido a las fiestas donde están los contactos, pero no obstante lo intentan, no para volverse escritores sino para ver si se entiende lo que escribieron. Y están por todas partes, en chambas disímbolas, y no sólo en los lugares muy editoriales.

No existe eso de que alguien escribe bien, porque eso es una manera de decir que al que lo hizo no le costó trabajo, y escribir es trabajoso, y agotador, y siempre se anda medio rendido, y en tales circunstancias uno sigue escribiendo porque cree que, ahorita no, pero más adelante sí, puede escribir algo mejor que lo que ya escribió, lo cual no sucede ni entre los que escribían tan mal que cualquier cosa sería mejor, hasta que, finalmente, se concluye que uno ya hizo todo lo que razonablemente podía hacer. Que ya escribió todo lo que tenía que escribir, pero el problema es que todavía no se muere, y entonces se topa con que otra vez le queda el mismo tiempo ocioso de cuando no tenía permiso de levantarse y ya había acabado la tarea.
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Publicado originalmente en la columna El espíritu inútil del periódico El Financiero, el 28 de diciembre de 2006.


Fotografía de Lirba Cano